Juremos con gloria morir: la crónica de una Argentina que fue feliz sufriendo y cayó de pie

El dolor de la copa esquiva y la certeza de no querer haber nacido en otro lugar que no sea Argentina. La lección de un Messi eterno en la tarde más digna.

Quizás, con el correr del tiempo, cuando el escozor de esta final se transforme en una dulce melancolía, volveremos a contar esta misma historia en la mesa del domingo, tan nuestra. 

Quizás, con el correr del tiempo, cuando el escozor de esta final se transforme en una dulce melancolía, volveremos a contar esta misma historia en la mesa del domingo, tan nuestra. 

(Photo by Pat Isaacs/MI News/NurPhoto) (Photo by MI News / NurPhoto / NurPhoto via AFP)

El himno nacional de Argentina nos ofrece dos formas de grandeza: "Coronados de gloria vivamos, o juremos con gloria morir". Esta vez, nos tocó la segunda. No es la primera ni será la última vez que los argentinos caen envueltos en gloria; desde el sargento Cabral hasta nuestros días, la historia sabe bien de estas gestas.

Perder la final contra España duele, y mucho. Y el dolor nunca se marcha rápido. Nos va a costar sanar, pero, después de todo, una derrota jamás será el punto final para un argentino. Borges, en uno de sus tantos escritos, decía: "Los hombres siempre han buscado la afinidad con los troyanos derrotados, y no con los griegos victoriosos. Quizá sea porque hay una dignidad en la derrota que a duras penas le corresponde a la victoria". Algo de eso habita en el sentir amargo de hoy. Empatizar con el que lucha, incluso cuando parte del destino parece ya estar escrito, es un rasgo que nos hace irremediablemente distintos.

Cuando empezamos a teclear estas crónicas mundialistas, jamás pensamos que terminarían siendo ocho. Messi había marcado tres goles cargando 38 años sobre sus espaldas, y un cúmulo de sentimientos necesitaba ser plasmado, no vaya a ser cosa que un milagro así no sucediera nunca más. Todo lo que vino después fue, sencillamente, inesperado.

Argentina, una vez más

Y aquí vamos nuevamente, pero esta vez para hablar únicamente de nosotros.

Nos queda una antología de momentos que recordaremos con una sonrisa cuando la herida cicatrice.

Hubo un veranito de tres partidos cómodos, sin apremios. Hasta raro nos parecía. Fueron días en los que Messi le ganaba la batalla al tiempo; no solo por sus goles, sino porque nos encandilaba del mismo modo en que lo hace una estrella a punto de apagarse: brillando en su máximo y más puro esplendor.

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Hubo un veranito de tres partidos cómodos, sin apremios.

Hubo un veranito de tres partidos cómodos, sin apremios.

Luego, el "Cabo Verde de los milagros" nos dio el primer cachetazo. "¿Qué pasó?", fue una pregunta que hasta el día de hoy sigue sin encontrar respuesta. El horizonte se volvió incierto. Muchos decidieron bajarse del barco; otros tantos, tercos, siguieron creyendo.

Con Egipto llegó la resurrección. Esa tarde, hasta el ateo tuvo fe. En términos futboleros, estábamos muertos; pero en términos argentinos, todavía quedaba esperanza. Otra vez el reloj, siempre tirano, hizo que en esos doce minutos finales viéramos el que, probablemente, sea el último gol de Messi en la historia de los mundiales. El sol resplandeció de nuevo, es cierto, pero traía consigo los colores de un atardecer.

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El sufrimiento no iba a detenerse. Dicen que de eso estamos hechos los argentinos, y contra Suiza quedó demostrado. Era el primer partido después de revivir, y la muerte nos volvió a respirar en la nuca. Pero ganamos. Y por delante asomaba una cita ineludible con la historia.

"Le ganamos a los ingleses"

Este párrafo cuesta escribirlo. Para los argentinos —esos a los que de niños nos castigaban con la terrible condena de no poder "ir a jugar a la pelota"—, no era un partido más. Simplemente porque, en estas latitudes, el fútbol siempre es algo más.

El llanto, el enojo, la alegría, la desazón y la esperanza se cruzan en la vida de nuestras madres, padres, hermanos, amigas y amigos, cada vez que rueda una pelota. Por un momento, la noche era inevitable, pero una nueva demostración de carácter nacional estaba a punto de surgir. Toda una generación que no pudo vivir el 86 con plena conciencia se abrazó y gritó desde el alma: "Le ganamos a los ingleses". Pasó, una vez más. Y también lo cantaron ellos, desafiando toda regla: "Las Malvinas son argentinas".

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Pasó, una vez más. Y también lo cantaron ellos, desafiando toda regla: "Las Malvinas son argentinas".

Pasó, una vez más. Y también lo cantaron ellos, desafiando toda regla: "Las Malvinas son argentinas".

Y después... perdimos con España.

Todo eso sucedió mientras miles, a lo largo del mundo, hablaban mal de nosotros. Mientras tejían teorías conspirativas que nos enardecían la sangre. Mientras otros, simplemente, "boqueaban". Nunca nos causó gracia, pero seguimos adelante. Siempre empujando con el corazón.

No hubo cuarta estrella. Pero sí nos quedó algo que, aunque no reemplace el vacío lacerante de la derrota, vale oro. Nos quedó una certeza inquebrantable: el orgullo inmenso de ser argentinos.

Messi y un tiempo que fue hermoso

Mañana, o cuando sea que la efervescencia baje, el sol volverá a salir, aunque nos cueste un poco mirarlo de frente. Ver a nuestro capitán con la mirada perdida en el verde césped, asimilando la amargura de lo que no pudo ser, es una imagen que nos estrujará el pecho durante un buen tiempo.

Sin embargo, cuando la perspectiva que otorgan los años haga su trabajo, entenderemos que este grupo no nos dejó con las manos vacías. Nos regalaron un refugio emocional, temporal y necesario. Nos confirmaron que, en un país donde casi todo suele costar el doble, la tozudez de intentarlo una y otra vez es nuestro patrimonio más lindo y sagrado.

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Diremos, paradójicamente, que fuimos inmensamente felices sufriendo.

Diremos, paradójicamente, que fuimos inmensamente felices sufriendo.

Quizás, con el correr del tiempo, cuando el escozor de esta final se transforme en una dulce melancolía, volveremos a contar esta misma historia en la mesa del domingo, tan nuestra.

Diremos, paradójicamente, que fuimos inmensamente felices sufriendo. Que cruzamos océanos de angustia, que la vida nos dio la revancha de volver a ganarle a Inglaterra y que caímos de pie, mirando a los ojos, en el último suspiro frente a España. Nos secaremos las lágrimas, guardaremos la camiseta celeste y blanca cerca del corazón y, al día siguiente, como hacemos siempre, saldremos a pelearle a la vida otra vez. Porque la gloria, después de todo, no es exclusividad de los que levantan la copa. A veces, la gloria suprema es poder mirar al que tenemos al lado, darle un abrazo interminable y saber que jamás, bajo ninguna circunstancia, elegiríamos haber nacido en otro lugar.

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