Un oasis de fútbol y fe: la tarde en que Argentina encontró el agua en medio del desierto

Cuando todo parecía seco, Argentina midió su fe y no el reloj. Una remontada histórica para abrazar la vida y la vigencia eterna de Lionel Messi.

Cuando todo parecía seco, brotó la vida. Cuando parecía no quedar nada, volvió el agua. Volvió el fútbol. Volvió Argentina. Y volvió él, Messi, otro argentino que se niega a rendirse.

Cuando todo parecía seco, brotó la vida. Cuando parecía no quedar nada, volvió el agua. Volvió el fútbol. Volvió Argentina. Y volvió él, Messi, otro argentino que se niega a rendirse.

(Foto de Odd ANDERSEN / AFP)

A Messi lo dieron por muerto. Miles de veces. Fuimos nosotros mismos, los argentinos. Pero no solo respondió él; también respondió el tiempo. No está en esa condición, y no por el simple hecho de que no ocupe una tumba, sino porque uno muere de verdad solo cuando es olvidado, y jamás podríamos olvidar a un tipo así. Argentina le ganó 3 a 2 a Egipto, clasificó a cuartos de final del Mundial 2026 y lo divino del cielo celeste y blanco nos iluminó otra vez.

El Nilo en el desierto: la milagrosa remontada ante Egipto que transformó los segundos en fe

En el Antiguo Egipto, a los monarcas y reyes absolutos se les otorgaba el título de faraón. Eran considerados figuras semidivinas, un puente místico entre los dioses y su pueblo. Ese mismo puente es el que construyeron Diego Maradona y Lionel Messi, con destellos de divinidad capaces de hacer que hasta el más necesitado olvide el hambre que tiene al presenciar semejante belleza. El mismo puente que logra que áquel que es más pudiente se sienta en casa cuando está en otro rincón del mundo y extraña hasta el guiso de su abuela.

Es una sensación de plenitud, como hallar agua en medio del desierto; un abrazo infinito, como el del mar en su inmensidad. Esa misma sensación de desahogo que brinda la compañía en el peor momento, la de aquel que no te deja solo en las malas, que no te suelta la mano cuando la muerte ronda.

Leo Messi ante Egipto y sus lágrimas. El oasis en el desierto. 

Leo Messi ante Egipto y sus lágrimas. El oasis en el desierto.

Otra vez el sufrimiento y otra lección de vida y resistencia. El tiempo repartió cachetazos a los incrédulos y abrazos a los que confiaron. Lo cierto, esta vez, es que hay construcciones que tardan siglos, como las pirámides de Guiza, pero también existen batallas con remontadas épicas de apenas veinte minutos que son capaces de cambiar la historia.

Argentina encontró al Nilo en el desierto. Esa agua, muchas veces bendita, a la que nos abrazamos en los peores momentos, finalmente apareció. Un equipo la encontró. Durante miles de años, el Nilo fue considerado el río que le daba vida a la aridez. Hoy, este equipo le dio vida a millones de argentinos que estamos acostumbrados a aferrarnos a cualquier cosa antes de claudicar. Somos un país construido por inmigrantes que escapaban de la guerra; mirá si una desventaja de dos goles nos iba a hacer abandonar. No, nunca.

Cuando todo parecía seco, brotó la vida. Cuando parecía no quedar nada, volvió el agua. Volvió el fútbol. Volvió Argentina. Y volvió él, Messi, otro argentino que se niega a rendirse.

LEER MÁS ► Argentina no se rindió jamás: una remontada con el corazón que la mete entre los ocho mejores del mundo

Es un capítulo más, aunque no escrito sobre piedra. Una página de algo mucho más frágil que el fútbol se empecina en demostrarnos: el tiempo. Ese tiempo que nos enseña que, como dice la canción, tarda en llegar, pero al final hay recompensa. O como rezaba esa frase que decía mi abuela —y la abuela de tantos— frente a un mate lavado o en el medio de una racha mala interminable: «largo, como esperanza de pobre».

Dice un viejo proverbio árabe que el hombre le teme al tiempo, pero que el tiempo le teme a las pirámides. Argentina, en cambio, nunca le tuvo miedo al reloj. Cuando el equipo reaccionó, el partido dejó de medir los segundos y empezó a medir la fe.

Los argentinos creen. Los argentinos tienen esperanza. Siempre. Por algo será.

Las más leídas