Los faros de la resistencia: Argentina, Cabo Verde y el arte de encender la luz en la oscuridad

Argentina ganó 3-2 en un mar picado. Cuando la luz se apagaba, los vínculos funcionaron para demostrar que Messi nunca juega aislado en su grandeza.

Toca frenar, levantar la cabeza y seguir. A lo argentino: sufrido y terco. Pero siempre, invariablemente, mirando hacia el frente.

Toca frenar, levantar la cabeza y seguir. A lo argentino: sufrido y terco. Pero siempre, invariablemente, mirando hacia el frente.

Foto de CHANDAN KHANNA / AFP

Sufrir está en nuestro ADN y en nuestra historia. Lo inesperado a veces nos encuentra, y no hay palabra ni ruido que logre explicarlo. ¿Qué pasó? Nadie parece saberlo con certeza, pero aquí vamos, intentaremos contarlo. Argentina se cruzó en el horizonte de Cabo Verde, un país integrado por tantas islas como estrellas brillan en su bandera: diez.

Y, aunque costó, la nación que llevaba el color del cielo en su camiseta terminó ganando. Lo hizo con la señal de siempre, con la marca de un estandarte que no se oxida, incluso cuando por un instante todo se oscureció y el único sonido que quedaba eran los latidos del corazón, tan secos como el rumor del mar.

Messi, Borges y la luz en la oscuridad: la eterna travesía argentina hacia un horizonte inabarcable

Argentina ganó 3 a 2. La luz se apagó mil veces, pero allí apareció él, secundado por un faro llamado Lisandro y con la ayuda de un Borges que, esta vez, no era el nuestro.

Al haber sido un punto inevitable de la navegación atlántica entre los siglos XV y XIX, las costas de Cabo Verde quedaron regadas de faros históricos. Esa función de guiar embarcaciones a la deriva es un concepto que hoy define a la perfección a Leo Messi; y no específicamente porque ilumine —aunque lo hace—, sino porque permanece inalterable mientras todo a su alrededor cambia.

Más allá del sufrimiento y de esa lágrima contenida que no quería salir, hubo algo que nos hizo mantener la esperanza. Aunque veíamos acercarse un iceberg del tamaño del que destruyó al Titanic, nos mantuvimos de pie y elegimos no abandonar el barco. Sabíamos que, aun con el mar —o el partido— picado, él era capaz de hacer algo. La confianza ciega en Messi, incluso cuando no transita sus mejores días, nos tomó de la mano y nos pidió que aguantemos. Esta vez, volvió a salir bien.

Argentina ganó 3 a 2. La luz se apagó mil veces, pero allí apareció él, secundado por un faro llamado Lisandro y con la ayuda de un Borges que, esta vez, no era el nuestro.

Argentina ganó 3 a 2. La luz se apagó mil veces, pero allí apareció él, secundado por un faro llamado Lisandro y con la ayuda de un Borges que, esta vez, no era el nuestro.

Fue también la insularidad. Ese concepto que define a los territorios rodeados de agua. Cabo Verde levantó un país sobre diez islas volcánicas, sin inmensos recursos naturales y con el océano como única frontera. Aprendió hace tiempo que la dignidad no siempre nace de la abundancia, y su juego habló de esa obstinación propia de los pueblos que saben hacer mucho con muy poco. Así fue como ganaron: no el partido, pero sí el inmenso respeto de quienes los recordaremos por intentar apagar la luz de nuestro faro cada vez que quisimos hacer pie en tierra firme.

Pero esa insularidad también fue nuestra durante más de veinte años. Aunque rodeadas de agua y casi aisladas, las islas logran sobrevivir gracias a sus puentes y vínculos. Y lo cierto es que Messi nunca ganó solo. Él mismo lo deja claro cuando le resta importancia a los premios individuales o cuando repetía que cambiaría todos sus trofeos por levantar una copa con la Selección Argentina. Nunca jugó aislado. La grandeza solo emerge cuando los vínculos funcionan.

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Después de la turbulencia, llegará el momento de la calma. Toca frenar, levantar la cabeza y seguir. A lo argentino: sufrido y terco. Pero siempre, invariablemente, mirando hacia el frente. Como si estuviéramos parados en cualquiera de las diez islas de Cabo Verde, desde donde, miremos hacia donde miremos, siempre termina asomando el horizonte. Ese horizonte inabarcable que nunca se alcanza, pero que jamás se deja de perseguir.

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