El día que el reloj se rindió ante la fe: Argentina, Inglaterra y la rebeldía de un país que no se deja vencer

En una tarde cargada de historia y mística, Argentina revirtió el destino frente a Inglaterra. La fe de un Messi interminable nos lleva a una nueva final.

Argentina le ganó 2 a 1 a Inglaterra, y Messi jugará una nueva final del mundo.

Argentina le ganó 2 a 1 a Inglaterra, y Messi jugará una nueva final del mundo.

(Foto de Odd ANDERSEN / AFP)

Cuando contamos nuestras cábalas, cuando nos encomendamos a cualquier vestigio de fe, cuando pedimos por favor que se nos dé, e incluso cuando pensamos que un partido de fútbol es mucho más que un partido de fútbol, desde afuera nos miran y descubren algo: es irracional. Ese sentimiento es tan irracional como el amor por nuestra patria; no puede explicarse y, seguramente, no podremos hacerlo nunca. Argentina le ganó 2 a 1 a Inglaterra, y Messi jugará una nueva final del mundo.

Hasta el final, Argentina: la irracionalidad de la pasión en un triunfo de pura memoria.

Hace tres partidos que el reloj nos viene demostrando lo tirano que puede ser, y esta vez volvió a intentarlo, no sin antes chocarse de frente con una demostración nacional. Hay relojes que se limitan a anunciar la hora, como el Big Ben en Londres. El fútbol, en cambio, a veces anuncia otra cosa: que todavía queda tiempo para creer. Y una vez más, cuando parecía que la derrota era un hecho, Argentina demostró que cree. No hay mejor definición que esa para un compatriota. Difícilmente un argentino se deje vencer; siempre habrá un halo de esperanza para sostenernos ante cualquier adversidad de la vida.

El tiempo, una vez más, fue simplemente eso que pasa mientras un argentino pasional lucha hasta el último minuto en cualquier batalla. Como San Martín y el sargento Cabral en el combate de San Lorenzo. Como los 649 héroes que dejaron su vida en la Guerra de Malvinas. Como los argentinos que pasan hambre, pero salen a trabajar todos los días para poder llevar al menos un pedazo de pan a la mesa. Con humildad, sí, pero con la certeza inquebrantable de que nunca nadie nos regala nada.

Como Messi, que jugará su tercera final del mundo. El mismo que alguna vez dijo que la Selección no era para él. El que amagó con abandonar, pero que finalmente impuso su esencia; esa misma esencia que lo llevó a rechazar a España —el país que lo vio crecer— para defender los colores del lugar donde nació: Argentina.

El tiempo, una vez más, fue simplemente eso que pasa mientras un argentino pasional lucha hasta el último minuto en cualquier batalla.

El tiempo, una vez más, fue simplemente eso que pasa mientras un argentino pasional lucha hasta el último minuto en cualquier batalla.

Hay otra cosa más que sigue sin tener explicación: sus 39 años. Isaac Newton explicó, en algún momento, por qué caen los cuerpos. Messi, en cambio, sigue sin explicar por qué algunas pelotas parecen negarse a caer, o por qué nunca elige arrodillarse para el lamento, incluso cuando el cielo se nubla y las tormentas acechan como en Manchester.

Queda un partido más, de esos que para los argentinos son mucho más que un partido. Porque quizás sea la última de Leo, porque quizás sea la que le robaron a Diego, o por esos pibes de Malvinas que jamás olvidaremos.

Una vez más, y hasta el final, Argentina.

Las más leídas