Argentina, con lo bueno y lo malo: el triunfo ante Suiza de un país que prefiere el desorden a la indiferencia
No somos lo que nos dolió, somos lo que elegimos ser. Una victoria nacida en las entrañas de una Argentina exagerada que juega con el corazón en la mano.
Argentina siempre fue eso. No es simplemente el equipo que estuvo dos veces al borde de la eliminación. Es el equipo que eligió seguir jugando.
Somos desordenados, agrandados, irreverentes, pasionales, egocéntricos y mucho más. "Qué país de mierda", se habrán animado a decir algunos, alguna vez. Y sí, somos todo eso. Pero por eso mismo, no nos aburrimos nunca. "En Suiza esto no pasa", solemos decir cuando alguna locura nos desata tantas risas como asombro. Somos distintos. Cruzamos la calle por donde queremos, nos saludamos con un beso en la mejilla —a veces con dos—, nos amontonamos de a miles para gritar por un partido de fútbol, y nos motiva cruzarnos en una semifinal con el país que nos dejó nuestra herida más grande. Vamos a seguir siendo todo eso, y muchas otras cosas más. Argentina le ganó 3 a 1 a Suiza y el mundo repite: "Otra vez, los argentinos".
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Quizás la connotación negativa en el inicio de este texto suene poco amigable, pero allí, en esa misma "mierda", radica también todo lo bueno que tenemos. Podemos enojarnos entre nosotros y, a los pocos segundos, perdonarnos con un abrazo. Podemos insultarnos de vereda a vereda por el tránsito, pero si un auto se queda parado, nos bajamos a empujar.
De la prolija Suiza a la terca identidad argentina: el país que elegimos ser, con lo bueno y con lo malo
Podemos vivir años en el exterior y seguir cantando el himno a los gritos, como Messi. Podemos ser reyes en Mallorca y volver a tomar mates a una vereda de Pujato, como Scaloni. Podemos tener unas ganas terribles de ganarle a Inglaterra, como si fuese una cuestión de vida o muerte. Podemos ser exagerada y, a veces, innecesariamente pasionales. Podemos, simplemente, porque somos argentinos. Hay algo que nos distingue del resto: nos mueve el amor y el orgullo por lo propio. Y una cosa más, que contaré más adelante.
Aunque algunos a veces lo intenten, la neutralidad no comulga con nuestra identidad. Para los argentinos, ser neutrales no es normal. En Suiza, en cambio, eso sí es la norma; es hasta política de Estado. Argentina es exactamente lo contrario, sobre todo si rueda una pelota. Amor y críticas, discusiones encarnizadas, defensas u ofensas cuando se trata de Messi o de Maradona; pero jamás indiferentes.
Por eso el mundo se sorprende. Porque nos encuentran diferentes y, en esa unión tan diversa, fue que este país se construyó. Fíjense si seremos así, que aun cuando intentan imitarnos, les sale mal: por primera vez un suizo quiso hacerse el pícaro, y el resultado fue dejar a su equipo con un jugador menos.
Esa es la irreverencia que nos identifica, incluso cuando nos encontramos en la cúspide de lo divino. Solo a un argentino podría ocurrírsele romper las reglas de una institución con más de quinientos años de historia. ¿Saben quién lo hizo? El Papa Francisco, ni más ni menos que para matarle el hambre —como decimos nosotros— a un guardia suizo que lo custodiaba en el Vaticano. Ocurrió durante una madrugada, cuando el sumo pontífice salió de su departamento en la residencia de Santa Marta y se encontró en el pasillo con uno de los guardias de turno. Al ver que el soldado había estado en servicio toda la noche, le acercó una silla y le llevó un sándwich.
—¿Qué hace usted aquí? ¿Estuvo despierto toda la noche? —preguntó Francisco al guardia.
—Sí —contestó el soldado.
—¿Parado? —volvió a indagar.
—Reemplacé a mi colega —explicó el guardia.
—¿No está cansado? — consultó el papa.
—Es mi deber, Su Santidad. Por su seguridad —argumentó.
El papa lo miró, volvió a entrar al departamento y regresó un minuto después con una silla.
—Por lo menos, siéntese y descanse —le ofreció.
Perplejo, el guardia contestó:
—Lo siento, pero no puedo. Las reglas no lo permiten.
—¿Las reglas? —preguntó Francisco—. ¿Ah, sí? Bueno, yo soy el papa y le pido que se siente.
El guardia hizo caso. Y se comió un sándwich de jamón que Bergoglio le entregó con un simple: "Buen apetito, hermano".
Después de todo, elegimos eso. Elegimos ser argentinos. Lionel Messi lo resumió una vez: "Con lo bueno y con lo malo, Argentina, te amo". Sobre este libre albedrío de la identidad, el célebre psicólogo suizo Carl Jung escribió alguna vez: "No soy lo que me sucedió. Soy lo que elegí ser".
Argentina siempre fue eso. No es simplemente el equipo que estuvo dos veces al borde de la eliminación. Es el equipo que eligió seguir jugando. Y Messi tampoco es solamente el futbolista de casi 39 años que desafía al tiempo. Es el hombre que, una vez más, eligió no darse por vencido.
Más que un partido: el fútbol, Malvinas y la tristeza de un abrazo que no volverá
El cierre de esta crónica exige una referencia inevitable a esa herida abierta de la que hablé al principio: Malvinas. Enfrentar a Inglaterra, para millones de argentinos, es muchísimo más que un partido. Y ante esa innecesaria rebeldía de querer explicar lo que muchas veces resulta inexplicable, vale una reflexión. Claro que Jude Bellingham no es Margaret Thatcher. Claro que el cuerpo técnico de Thomas Tuchel no dio la orden de hundir el Crucero General Belgrano. Claro que los hinchas ingleses que estarán en Atlanta no son los que nos mataron a 649 pibes.
Claro que un partido de fútbol es, al final del día, solo un partido de fútbol. Pero, ¿saben por qué queremos ganarles como si en ello se nos fuera la vida? Porque lo que va a pasar nos pega de lleno en la memoria. Porque si hay un gol de Argentina el miércoles, habrá alguna madre, algún hijo, alguna hermana o algún amigo que lo va a gritar con todas sus fuerzas, pero con la inmensa tristeza de un abrazo que nunca más pudo volver a dar. Por eso queremos ganar.
Porque todo eso es Argentina. Es Messi y es Maradona. Es el fútbol y es Malvinas. Es Francisco.
"Mierda", qué país.







