¡Al fin! A los perros los dejan pasear desde el primer día y de nosotros nadie se acuerda”. La reflexión sale de boca de Benicio, de 10 años, al enterarse de que –tras seis semanas de aislamiento social, preventivo y obligatorio– le permiten circular entre la casa de su mamá y su papá, separados hace algunos años.
Las restricciones impuestas para frenar el avance del covid-19 en el país complicaron la vida de todos, pero la situación se volvió particularmente compleja para las familias en las que los padres no conviven. La normativa inicial, que se conoció el 20 de marzo, indicó que los hijos de padres separados debían permanecer en el domicilio que fuera su “centro de vida, o el más adecuado al interés superior del niño, niña o adolescente”. En otras palabras, se suspendían hasta nuevo aviso los regímenes de visitas. Un día después, se difundieron las excepciones: podrían trasladarse si habían quedado en una casa que no fuera su centro de vida, si sus padres debían trabajar o si la persona responsable de su cuidado estaba enferma. Cada familia debió entonces organizarse como pudo. La nueva rutina se armó en base a una serie de piezas clave, como la edad de los chicos, la profesión de los padres, si alguno de ellos era trabajador esencial, las características de cada hogar y hasta la distancia entre los domicilios de los progenitores.
Finalmente, este sábado 2 de mayo –seis semanas después de aquel decreto presidencial inicial– comenzó a permitirse que hijos de padres separados cambiasen una vez por semana de hogar. No solo los continuos reclamos de familias empujaron el anuncio: hubo un fallo judicial que declaró inconstitucional la resolución que dejó a los chicos en uno sólo de los domicilios familiares durante toda la cuarentena. La Justicia entendió que la alternancia de hogares era lo mejor porque la normativa de aislamiento chocaba con las directivas de la Convención de los Derechos del Niño y el artículo 652 del Código Civil y Comercial de la Nación, que reconocen el derecho y deber a una fluida comunicación entre el padre no conviviente y su hijo menor de edad. Lo cierto es que, en la práctica, muchas familias ya habían interpretado lo mismo y habían comenzado a flexibilizar sus esquemas iniciales.
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¿Cómo vivieron esas madres, padres y niños estas largas semanas de aislamiento? Aire Digital hizo una ronda de consultas para conocer diferentes experiencias de familias con padres separados en esta cuarentena. En sus relatos se mezcla la alegría inicial de recuperar la convivencia compartida con el agobio posterior al acumularse días de encierro, también la angustia por los esquema alterados con la resignación de tener que cumplir las reglas en pos del bien común. Si bien todos acataron de arranque las disposiciones oficiales, hubo muchas familias que con el correr de las semanas fueron encontrando la forma de acomodarse en la letra chica de las excepciones de circulación, siempre limitando los traslados y reforzando las medidas de higiene. Más allá de las diferencias de cada caso, en algo coincidieron todos: para grandes y chicos, estos 42 días -desde que comenzó el aislamiento hasta que se legitimó la vuelta al esquema repartido entre dos casas- se sintieron eternos.
“A medida que pasaba el tiempo, la situación se volvía cada vez más insostenible. Todas las familias de padres separados tienen desafíos en su organización, pero esto las llevó al límite”, resume Claudia, profesional a cargo de dos hijas, de 5 y 7 años. Agotada, admite estar feliz ante la perspectiva de volver a cierta rutina con el padre de las nenas. “Él es un trabajador esencial, nunca dejó de salir a la calle, decidimos que era más seguro por la salud de todos que suspendiera el contacto con las nenas”, argumenta. Reconoce que es muy difícil responder sola a las demandas del teletrabajo y al mismo tiempo la de sus hijas, angustiadas porque extrañan al padre. “Es un alivio que haya llegado esta decisión”, celebra.
Aire Digital registró al menos otros tres casos de trabajadores esenciales que tomaron con sus exparejas decisiones similares a la de Claudia: el cuidado de los chicos quedó bajo responsabilidad exclusiva del progenitor que no trabajaba o hacía teletrabajo. Quien salía a trabajar -y tenía más riesgo de contagio- quedó vinculado a sus hijos a través de videollamadas diarias o eventuales visitas al hogar que oficiaba de “centro de vida”. En todos los casos, los nenes son menores de edad.
El caso de Camilo es diferente, él tiene de 19 años y tomó solo la decisión de quedarse en la casa de su mamá durante la cuarentena. Suele instalarse allí los días de semana, pero va los fines de semana a zona sur, donde vive su papá. “No me da para ir a visitar a mi papá. No hubo ningún problema con eso. No debatimos ni hubo discusión con él, entendimos todos la situación”, resume. Su mamá, Verónica, cuenta que disfruta de la cotidianeidad no interrumpida. “Hacía años que no convivíamos todo el tiempo, incluso los días que él estaba antes en casa siempre tenía muchas actividades y casi que venía solo a dormir. Valoro mucho este tiempo”, remarca.
La cuarentena de la mayoría de las familias con padres separados comenzó igual, por lo general con los nenes instalados en casa de sus madres y con padres presentes a través de videollamadas. Pero, conforme pasaba el tiempo, la mayoría de los chicos empezó –lógicamente– a extrañar. Algunos lo expresaron abiertamente, otros como pudieron: mostraron problemas de conducta, dejaron de comer, comenzaron a hacer berrinches o sufrir pesadillas. A eso se le sumaba el agotamiento de las madres, afectadas tiempo completo a la crianza y muchas además teletrabajando, y la angustia de los padres, quienes sentían la ausencia del vínculo cotidiano con sus hijos. Cada vez que hablaba el presidente, estas familias esperaban que se anunciaran excepciones pero no llegaban. Hubo entonces puntos de quiebre al sentir que la normativa vigente -tal como luego establecería la Justicia- chocaba con el interés y la salud de los chicos.
Juan tiene un hijo de diez, que suele vivir la mitad del tiempo en su casa y la otra mitad en lo de su ex. “Los jueves a la tarde me toca llevarlo a lo de la mamá, así que la primera parte de la cuarentena mi hijo estuvo con la madre. Consensuamos que debíamos respetar la normativa, coincidiendo no sólo en lo sanitario, sino también en el sentido político, una vocación por la defensa de la salud pública”, plantea. Su postura cambió cuando llegó el segundo anuncio del presidente. “Vimos que no existía ninguna consideración a la situación de los hijos e hijas de madres y padres separados”, se indignó. “Pensamos que lo mejor para el nene era que pudiera compartir con ambos, respetando las medidas de prevención. Así que la ‘segunda cuarentena’ la pasó conmigo”, remarca. Tras el tercer anuncio presidencial y aún sin novedades, decidieron que el nene pasara una semana con cada uno. Juan aclara que para cada traslado firmaron la declaración jurada correspondiente, porque su profesión está dentro de las exceptuadas.
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El proceso fue parecido al de Carolina y Francisco, padres separados de dos varones preadolescentes. Comenzaron el encierro de manera estricta pero luego fueron incorporando algunos traslados excepcionales. Ninguno de ellos es trabajador esencial, como Juan, pero tienen la geografía a su favor: viven en el mismo barrio, extremadamente cerca uno del otro.
Realizadora audiovisual, Jimena arrancó la cuarentena atrincherada con su hijo de 8 años en casa, mientras su ex continuaba trabajando. “Nuestro régimen habitual es un día con cada uno, salvo cuando tengo rodaje o alguno viaja. Pero esas primeras semanas nos abastecimos en el súper y nos quedamos los dos guardados sin salir para nada”, recuerda. Al pasar los primeros diez días comenzaron los problemas. “Se puso mal, empezó a llorar que extrañaba al papá. Charlamos entre los tres para ver qué hacer y decidimos imprimir los permisos para que él lo viniera a buscar”, cuenta. Desde entonces, se queda una semana en su casa y va cuatro días a lo del padre (que ya no sale a trabajar), para después volver a su casa. “La idea siempre fue reducir traslados. Pasa más tiempo acá porque tengo patio y terraza, el papa está en un departamento sin balcón”, aclara.
"¿Por qué sentirte en infracción cuando es un derecho de niñas y niños estar con sus padres y madres aún en casas separadas?"
También Valeria, empleada estatal y mamá de un varón de 9, se refugió con su hijo apenas comenzó la cuarentena y el padre quedó en contacto virtual aunque permanente. “Acordamos con el papá sostenerla de acuerdo al decreto, sin traslados porque ambos hacíamos teletrabajo. Lo cierto es que al día diez estalló un poco la cosa y por el bien de todos, pero sobre todo de mi hijo, tomamos la decisión de trasladarlo a lo del padre con una declaración jurada de asistencia familiar”, explica. El nene estaba acostumbrado a intercarlar sus días entre madres y padre. El nuevo régimen alteró a los tres integrantes de la familia. “La decisión funcionó, descomprimió el malestar de mi hijo y me permitió descansar a mí y no cortar el vínculo con el padre, que también extrañaba esa rutina”, resume. “El anuncio de excepción llegó después de 40 días, es un montón. No era tan difícil incluirlo como excepción. ¿Por qué sentirte en infracción cuando es un derecho de niñas y niños estar con sus padres y madres aún en casas separadas?”, critica Valeria.
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Tanto Mariano como su ex mujer, quienes tienen un hijo de 10 años, comparten esa opinión. “La resolución me sorprendió porque me parecía que con la declaración jurada ya estaba bien. Al menos los que tenemos conciencia a la hora de criar a nuestros hijos ya habíamos flexibilizado la situación, por sensibilidad propia y de los hijos también. No nos imaginábamos un escenario de no vernos más de diez días. Esta última normativa no hizo más que legitimar la forma en que nos veníamos manejando”, resume el hombre, comunicador social. La madre de su hijo aporta fundamentación teórica a la hora de explicar el ajuste de esquema: “La ley de protección integral de los niños, niñas y adolescentes dice que no hay nada sobre el interés superior del niño. Y uno de los derechos que responden a este interés superior es la alternancia de convivencia entre madre y padre. Es una necesidad del niño de poder estar con ambos”, resume.
Martín es papá de dos varones de 14 y 17 años, con quienes pasaba algunas noches en la semana e intercalaba fines de semana. A mediados de marzo el más grande volvió de un viaje al exterior y debió hacer cuarentena obligatoria en lo de la mamá. En ese proceso se encontraba cuando comenzó el aislamiento para todos. “La primera semana fue dura, pasé muchos días solo”, recuerda angustiado. Luego se organizaron para repartirse días sin que hubiera demasiado traslados. Martín cuenta que los busca en su auto, que los chicos lo esperan en la puerta y que cumplen todas las rutinas de cuidado: barbijo, lavarse las manos, dejar los zapatos fuera. “No sé qué hubiese pasado si hubiese vivido en otra ciudad. No está bueno pasar la cuarentena solo sabiendo que tenes tus hijos”, analiza.
"Recién ahora dejan que salgan los chicos una vez por semana para ir a la casa de su papá pero tres veces por día podés sacar al perro. De locos"
Cecilia comparte con su hija de 9 años la cuarentena de manera exclusiva y no tiene perspectiva de cambio en el corto plazo. El padre de la nena vive en otra provincia. El aislamiento interrumpió la posibilidad de cualquier viaje, solo les queda tener paciencia y esperar. “Tener al papá viviendo en otro lugar es difícil, se ven poco”, reconoce, una realidad que excede la pandemia. “Pero esta experiencia siento que de algún modo los acercó. Al haber más disponibilidad de tiempo de los dos lados, se encuentran virtualmente y hacen juntos la tarea, tienen algo cotidiano que los vincula”, destaca. Al igual que otros padres y madres, la mujer también se enoja con las decisiones tomadas en cuarentena vinculada a los más chicos. “No termino de entender, es algo extraño lo que pasa a nivel normativa con los perros y los niños. Recién ahora dejan que salgan los chicos una vez por semana para ir a la casa de su papá pero tres veces por día podés sacar al perro. De locos”, concluye.
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