Conducir a alguien a través de diversos paisajes fue argumento de películas exitosas como Driving Miss Daisy y The Green Book. La trilogía podría completarse en escenarios del sur santafesino: en vez de una historia de contrastes, una travesía solidaria por una ciudad dormida que comienza a despertarse mientras pelea contra un temible virus.
“Cruzar calles desoladas puede sonar apocalíptico pero lo disfruté mucho esas primeras semanas de encierro estricto. Sentía que tenía toda la ciudad para mí”, confiesa Cristian Lois, rosarino que desde el inicio del aislamiento obligatorio maneja 60 kilómetros para acompañar a su suegro Cecilio a diálisis, tres veces por semana. Hasta mediados de marzo, se organizaban entre su esposa y sus tres hijos para acompañarlo. La llegada del coronavirus alteró el arreglo familiar. El problema no era, como para la mayoría, las restricciones vehiculares, ya que los pacientes de diálisis están lógicamente habilitados para circular. El problema era que dos de los hijos de Cecilio son médicos y el tercero es farmacéutico. Cristian se ofreció a reemplazarlos.
“Soy el único de la familia que no está en contacto con enfermos y además, a diferencia de quienes trabajan en el área salud, en esta pandemia tengo tiempo libre porque mi trabajo se vio afectado desde que comenzó todo”, resumió. Cristian es diseñador y community manager. Su labor diaria está vinculada a comercios y espacios gastronómicos, algunos de los cuales recién ahora comienzan a activarse con delivery y comercio electrónico. Así fue que acordaron entre todos una nueva rutina. Eva, la mujer de Cecilio, lo llevaría a diálisis y, cuatro horas más tarde, Cristian lo buscaría para llevarlo de regreso a su hogar. Suena a un favor simple, pero en la práctica implica un largo viaje. Dos horas para explorar y transitar una ciudad que durante semanas pareció estar deshabitada y ahora, lentamente, mientras se levantan algunas restricciones, comienza a poblarse nuevamente. Todo esto pudo ver Cristian en sus viajes, que se convirtieron en una rutina que nunca es la misma.
Dos horas para explorar y transitar una ciudad que durante semanas pareció estar deshabitada y ahora, lentamente, mientras se levantan algunas restricciones, comienza a poblarse nuevamente.
Para entender la complejidad de la ruta, hay que marcar un triángulo en el mapa del sur santafesino cuyos tres vértices son el hogar de Cristian (en el norte rosarino), el centro de diálisis (en la zona del macrocentro pegada al inicio de zona sur) y la casa de su suegro (en la comuna de Álvarez, a unos 40 minutos en auto de Rosario).
Cristian vive con su esposa y sus hijas en barrio La Florida. Los días que busca a Cecilio sube a su Ford K pasado el mediodía y baja hacia el centro rosarino acompañando la curva de tierra que encaja como pieza de rompecabezas con el borde del río Paraná. Pasa por Puerto Norte, una de las zonas más nuevas de la ciudad que por sus torres altísimas y coquetos hoteles algunos bautizaron como “Puerto Madero rosarino”, hasta llegar al Parque España. Luego dobla por Entre Ríos hacia el sur hasta el bulevar 27 de Febrero.
“Siempre hago la misma ruta, podría tomar por abajo Circunvalación, pero prefiero cruzar el centro, me encanta, más cuando está todo tan tranquilo”, explica Cristian. “Estos días cualquier trayecto me toma poco más de la mitad del tiempo que me tomaba siempre, porque agarrás onda verde y seguís, seguís, seguís”, comenta fascinado. Hubo algunas postales que lo impactaron en sus primeras travesías. “Lo más raro fue que a plena luz del dia fuese el panorama propio de una noche. Sentía como si fueran las cinco de la mañana pero con tremendo sol, nadie en la calle en horarios donde siempre está lleno. Lo más cercano era pensar en domingos o feriados, pero era aún más calmo. Te hacía preguntar dónde estaban todos, aunque ya sabías la respuesta: todos estaban guardados”, reflexiona.
En los viajes siguientes comenzó a notar más cosas. "Me impresionaban los espacios verdes, no había chicos en las plazas. Una esquina donde siempre hay mucha gente esperando colectivos ahora estaba vacía. La peatonal Córdoba desolada fue lo que más me llamó la atención porque es un lugar que siempre ves lleno de gente”, subraya. Persianas bajas en comercios históricos y bares populares con las puertas cerradas se intercalaban en la principal arteria comercial de la ciudad.
El centro de diálisis está ubicado en La Paz y San Martín, al límite entre la República de la Sexta y el barrio del Abasto. “Es una zona donde abundan los negocios de repuestos de autos, siempre es difícil estacionar pero no estas semanas. En el principio del aislamiento obligatorio noté que las calles se ensanchaban por falta de autos circulando y también porque en cinco cuadras apenas había uno o dos estacionados”, recuerda.
Cristian cuenta que flota en el aire una sensación de camaradería con el resto de los familiares que esperan pacientes a la salida de diálisis, ya casi se saludan. “La única vez que me llevé libro para esperar no pude leer nada, no me concentré, así que no lo llevé nunca más”, confiesa. Escucha radio y mira su teléfono si tiene que esperar.
Flota en el aire una sensación de camaradería con el resto de los familiares que esperan pacientes a la salida de diálisis, ya casi se saludan.
Una vez que termina el procedimiento médico, comienza la segunda parte del viaje. Cecilio vive en Álvarez, a unos 40 minutos en auto de Rosario. Para volver, Cristian toma avenida Circunvalación, de ahí engancha la ruta que va hacia Pergamino, que lo lleva hasta el pueblo donde vive su suegro. Pero el triángulo aún no se cierra: le queda al final un largo tramo para volver a casa. Debe atravesar la comuna de Soldini y la ciudad de Pérez, para tomar avenida Godoy y después a toda velocidad por Circunvalación hasta llegar a La Florida. “En los primeros días era muy fuerte la soledad en la ruta y también en Circunvalación”, sostiene. Apenas veía algunos autos de policía y unos pocos camiones.
“En total son unos 60 kilómetros, unas dos horas de viaje”, explica Cristian. Por la forma en que pronuncia las palabras queda claro que lo disfruta. Cuenta que en sus viajes aprovecha además para ejercitar uno de sus hobbies: la fotografía. En sus recorridos va registrando desde el auto lo que ve. Primero postales de desolación, ahora fotos que comienzan a poblarse de gente con barbijo. En el medio, busca joyitas. “Hoy encontré una casa que tenía una ventana circular, pude parar el auto y tomar la imagen. Eso hubiera sido imposible en un día normal en Rosario, pero ahora tenés toda la tranquilidad del mundo para hacerlo”, remarca. Hace poco, comenzó a subir algunas de sus fotos a su cuenta de Instagram La cuenta es @no_arte
El primer día que fue a buscar a Cecilio fue una fecha que la mayoría de los argentinos tiene marcada a fuego en el almanaque: el inolvidable 20 de marzo, viernes que comenzó el aislamiento social, preventivo y obligatorio. “Silvana, mi mujer, tuvo guardia la noche del jueves 19, estaba sin dormir. Y yo ya estaba trabajando poco. Le dije que iba yo. A la semana siguiente ya me ofrecí a hacerlo siempre”, cuenta.
Recuerda sensaciones extrañas esos primeros días. “No estábamos seguros aún de qué se podía hacer y qué no. Me sentí un voluntario ofreciendo un servicio, en mi caso desde el amor. Hace veinte años que estoy en pareja y siempre tuve una muy buena relación con mi suegro”, sostiene. Por supuesto, el tema sanitario y de prevención estuvo siempre muy presente. “Cumplo con todos los protocolos de higiene. Limpiamos el auto, si bajo me limpio con alcohol, dejo los zapatos a la entrada de casa. No me relajo con ese tema. Cuidamos muy bien todos los detalles”, asegura.
Desde el día uno hubo además que pensar cómo justificar el traslado, en momentos en donde aún no se conocía la letra chica del decreto presidencial que dejaba a todos en casa. “Nos manejamos con un papelito que armamos nosotros. Cecilio armó el texto junto a su médico de cabecera aclarando quiénes eran las personas que estaban autorizadas a transportarlo. La lista era larga: la mujer, mi esposa, los hermanos y al final de la lista estaba yo. También un certificado hecho por el centro de diálisis”, precisa.
Desde ese momento hasta ahora cuenta que lo detuvieron muchas veces. “Muestro ese papel y con la policía provincial no hay problema, nos dejan pasar. Con Prefectura y fuerzas federales pasa distinto, me piden la declaración jurada, pero les cuento que aunque cargué varias veces mis datos y me avisaron que a las 24 horas me enviaban el certificado aún no me llega nada. Prefectura una vez me tomó una foto del auto y del permiso provisorio, pero igual me dejó pasar”, aclara.
Cuando está con Cecilio casi no le hacen preguntas. "Apenas miran los papeles cuando voy acompañado. El tema es cuando voy solo. Cada vez que me paran tengo que explicar que estoy trasladando a un paciente y entonces se agachan y miran a ver si está atrás del auto, pero no está. Me dicen 'Pero si no hay nadie'”, ríe. “Y es verdad, no hay nadie, pero les cuento que lo dejé en su casa y me vuelvo a la mía”, señala. Diálogos que, más largos o más cortos, se repiten cada tantos días con integrantes de la guardia urbana de Solidini, Álvarez y Pérez.
“Hace unos días nos pararon en el ingreso a Alvarez, me preguntaron si tenía domicilio en Álvarez y les dije que sí, pero después aclaré que en realidad hablaba de Cecilio, que yo era de Rosario. Entonces me dice 'Ah, Cecilio, pasen'”. Porque mi suegro es muy conocido en su comuna”, se enorgullece. Es que además de pediatra, fue director de la escuela local, también del hospital y hasta hizo parte de las canchas de fútbol infantil del club.
“En un primer momento, momento tomaba postales de calles desoladas, pasaban muchas cuadras sin que nos cruzáramos a nadie. Ahora la actividad se fue volviendo cada vez más parecida a la normalidad, aunque igual el paisaje es raro porque todos van con barbijo”, analiza Cristian.
Hay otras postales que no registra con su cámara, pero también disfruta. Son las internas. "Siempre tuvimos muy buena relación con Cecilio, así que vamos charlando y riendo en el auto. La pasamos bien, no es que soy el chofer. Hablamos de la actualidad, de sus nietas, de comida y recetas", enumera. Cristian cree que "en tiempos de crisis uno reflexiona mucho y valora cosas que antes daba por sentado, valora hasta dar una vuelta a la manzana”. Los viajes de Cristian son mucho más que una simple vuelta a la manzana. Son travesías que, aún si no encuentran su lugar en Hollywood, se traducirán en anécdotas que contarán junto a Cecilio en sus encuentros familiares, esos que se disfrutarán el doble una vez que termine la pandemia.
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