Las razones de la caída del uso de preservativos y su impacto sobre la salud sexual
La caída del uso del preservativo, el retiro del Estado, la falta de campañas públicas y las transformaciones culturales en los vínculos configuran un escenario complejo.
El uso de preservativos es esencial para la salud sexual.
¿Por qué aumentan las infecciones de transmisión sexual? ¿Los preservativos dejaron de usarse? ¿Es solo un problema de los jóvenes? ¿Quién se ocupa de la salud sexual colectiva? Es difícil encontrar una única respuesta a estas preguntas.
Sin embargo, algo está claro: sin políticas públicas, campañas de prevención ni presupuestos adecuados, la sífilis y el VIH, entre otras ITS, tienen el camino despejado para crecer. Y eso es lo que está ocurriendo.
Así lo afirma el médico infectólogo Sergio Maulen, integrante de Casa FUSA: “La caída en la tasa de uso de métodos de barrera, y especialmente del preservativo peneano, se viene viendo en el mundo desde hace bastante tiempo, por lo menos desde hace diez años”.
Lo que ocurre va más allá de decisiones individuales. “Ante la caída que viene teniendo el uso del preservativo, que es una preocupación mundial, si desaparecen las políticas públicas, el problema se vuelve mucho más pronunciado”.
Para el especialista, el fenómeno combina dimensiones conductuales y estructurales. “Hay una cuestión que tiene que ver con lo conductual, que venimos viendo hace rato, pero también hay una cuestión que tiene que ver con cómo se desarrollan las políticas sanitarias”.
El retroceso que sí se puede ver
Y las políticas públicas básicas se interrumpieron. “El Estado nacional hace dos años que no compra preservativos y no se distribuyen. Eso queda en manos de los distritos”, es decir, de las provincias.
Santa Fe es una de las que sí realizó compras. Según datos oficiales, entre 2024 y 2025 la provincia adquirió casi 5.200.000 preservativos masculinos y vaginales como parte de las compras de salud sexual. En dos años, la inversión superó los $4.425 millones.
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La prevención en salud sexual ha sido abandonada por el gobierno nacional.
Para Maulen, la situación “es difícil no enmarcarla en esta política de desmantelamiento del Ministerio de Salud” nacional.
Y eso termina convirtiéndose “en una carga para las provincias y los distritos, que tienen que comprar aún cuando esa previsión no estaba originalmente en sus presupuestos”.
“Esto generó bastante caos y claramente quienes terminan perdiendo son las personas, especialmente aquellas con mayores dificultades para acceder al sistema de salud o con menores ingresos como para poder comprar preservativos, en un contexto además de crisis económica”, sigue Maulen.
Tampoco ayuda, advierte, cierta banalización del riesgo: “Algunas ideas de que, total, infecciones como la sífilis son fáciles de curar y en algunos círculos de gente sexualmente activa parece que no pasa nada, porque se toma una pastilla o una inyección y se cura”.
Para el profesional, el otro gran problema es la falta de una adecuada educación sexual integral. “Son todos esos escalones”, resume.
“Los adolescentes ya entran en la vida sexual sin información de calidad y con muchos prejuicios o con información que circula entre pares”, plantea. En algunos estudios con chicos gays, por ejemplo, se detectó que se informan en aplicaciones para conocer gente, espacios donde “no hay mucha garantía de calidad en la información”.
Sin información ni insumos, el contexto global se vuelve aún más complejo en el plano nacional. “Estamos en el peor escenario”, concluye.
Cambian las prioridades
Cuando se habla de uso de preservativos y de ITS, casi siempre el foco se coloca en las adolescencias. Pero no todo pasa por ahí.
Juan Carlos Escobar, médico pediatra, especialista en salud adolescente (Casa FUSA) y ex director de Adolescencias y Juventudes del Ministerio de Salud de la Nación, sostiene que “una de las razones de la baja del uso del preservativo tiene que ver con las normas sociales y de género: todavía persiste cierto machismo y cierto ejercicio de poder por parte de los varones y las masculinidades”.
“En determinados contextos, que una mujer quiera usar un preservativo puede ser visto por su pareja como un signo de infidelidad. No usar preservativo se convierte, de alguna manera, en una prueba de fidelidad”, señala.
No sólo de los embarazos
Pero no es el único factor. “Otra de las cuestiones tiene que ver con el relajamiento del cuidado frente a la tecnología anticonceptiva”. La ampliación de la oferta de métodos —implante subdérmico, dispositivo intrauterino, métodos hormonales, anticoncepción de emergencia— “ha hecho que, de alguna manera, se relaje el uso del preservativo”.
Esto deja en evidencia que la principal preocupación en la edad reproductiva es el embarazo no intencional, antes que una infección de transmisión sexual. “Siempre la prevención de las ITS vino muy de la mano con la prevención del embarazo. Entonces, si ya me cuido del embarazo, me relajo con lo otro”, explica.
Lo mismo ocurre con quienes utilizan medicación preventiva para el VIH: “Se utiliza con el objetivo de no usar preservativo en las relaciones sexuales”. A eso se suma “cierta pérdida del temor al VIH”, producto del desarrollo de tratamientos que, aunque no curan la infección, la transforman en una enfermedad crónica.
La socialización sexual que avanza
Otro factor central es la pornografía como parte de la socialización sexual de jóvenes y adultos. “Genera un imaginario de las relaciones sexuales en el que se promueven determinadas prácticas, la mayoría de las veces sin uso de preservativo”, advierte.
Escobar también subraya que el aumento de casos “no se da solo en jóvenes”. Aparece con fuerza en personas mayores de cincuenta años, especialmente en parejas heterosexuales, donde el abandono del preservativo se vincula con la ausencia de riesgo de embarazo.
La respuesta, señala, es clara: “Hay que trabajar fuertemente en educación, tanto desde salud como desde educación, con acciones de promoción conjuntas”.
Una educación sexual irremplazable
El pediatra refuerza la centralidad de la educación sexual integral: “Es clave redoblar la apuesta, sobre todo en un contexto donde sectores conservadores atacan la ESI bajo el discurso de la ideología de género”.
Porque la ESI, remarca, no solo previene enfermedades, sino que brinda herramientas para “vivir una vida libre de violencias, con una sexualidad plena, donde podamos elegir cuándo y con quién tener relaciones sexuales, sin presión ni coerción”.
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La prevención en salud sexual ha sido abandonada por el gobierno nacional.
Varones heterosexuales: el sujeto ausente
Raquel Tizziani, médica clínica y sexóloga, docente de la Facultad de Ciencias Médicas e integrante del Área de Géneros y Sexualidades de la Universidad Nacional de Rosario, también advierte que la situación tiene “muchas aristas”.
“Es un poco adultocéntrico preguntar por qué los jóvenes no están usando preservativo”, plantea. Y vuelve a señalar la ausencia de campañas de prevención por parte del Estado y la falta de financiamiento sostenido para las instituciones dedicadas a la promoción de la salud.
“Cuando se relajan las campañas de cuidado, promoción y prevención, la información empieza a circular por otros lugares. Hay poca difusión de estrategias de cuidado y prevención”, señala.
El riesgo del desconocimiento
Desde su experiencia clínica y docente, Tizziani observa que muchos jóvenes siguen creyendo que la ausencia de síntomas implica ausencia de riesgo. “Todavía piensan que si la persona con la que se vinculan no tiene síntomas o lesiones, no hay posibilidad de transmisión”.
Pero las ITS pueden ser asintomáticas durante largos períodos. “No saben que son infecciones con las que se puede convivir mucho tiempo sin ningún tipo de sintomatología. Incluso las lesiones iniciales de la sífilis son muchas veces asintomáticas y pueden pasar totalmente desapercibidas”.
También cuestiona una mirada reducida sobre las estrategias de cuidado. “El preservativo para pene se considera el único método de prevención, y no alcanza si pensamos en la diversidad de prácticas sexuales”. Por eso, señala la falta de difusión de otros métodos de barrera: “Campo de látex, preservativo para vulva, guantes, dediles, otros elementos de látex o de polipropileno, especialmente para personas alérgicas”.
A eso se suma el problema del acceso. “Un adolescente que quiere usar preservativo, ¿dónde lo consigue? ¿Cómo accede desde el centro de salud? ¿Hay disponibilidad real?”, pregunta.
Enfocarse en los varones
Desde el dispositivo de testeo gratuito de la Universidad Nacional de Rosario, Tizziani observa una tendencia clara: quienes más percepción de riesgo tienen son mujeres heterosexuales que inician vínculos y la población LGBT+. En esos grupos persisten la conciencia de riesgo, la autopercepción y el autocuidado, incluso en ausencia de campañas masivas.
“El gran ausente en estos espacios son los varones heterosexuales cisgénero”, señala. “Si no hay síntomas, si no hay lesiones, si la pareja es conocida, no hay percepción de riesgo ni compromiso en el inicio del vínculo ni en el uso de métodos de barrera”.
Para Tizziani, allí está uno de los núcleos más críticos del problema. “La estrategia de cuidado tiene que estar focalizada en esa población. Hay que pensar cómo construir percepción de riesgo, compromiso y responsabilidad afectiva en los varones heterosexuales, que son quienes menos acceden a los dispositivos de prevención”.
Los viejos modelos
La médica describe una convivencia de modelos culturales: por un lado, parejas heterosexuales monógamas donde persisten lógicas del amor romántico, con una distribución desigual de las responsabilidades de cuidado, anticoncepción y prevención; por otro, generaciones que construyen vínculos no monogámicos, no heterosexuales, con mayor responsabilidad afectiva y conciencia sanitaria.
“En la pareja heterosexual siguen operando las lógicas donde la mujer es la responsable del cuidado y la anticoncepción, mientras el varón descarga esas responsabilidades. Esa desigualdad estructural también se traduce en el aumento de las infecciones de transmisión sexual”.
Lo que queda claro es que cuidarse no es sólo una cuestión individual: en una relación sexual, el preservativo de barrera requiere de una negociación, a veces ardua. Sin campañas de prevención, ni cuestionamiento de los estereotipos de género, las cosas sólo pueden empeorar.