El crimen deJeremías Monzón, un adolescente de 15 años torturado y apuñalado por otros tres menores, sacudió a Santa Fe y volvió a instalar preguntas incómodas. ¿Qué pasa con chicos tan jóvenes que cometen actos de violencia extrema? ¿Son “recuperables”? ¿Alcanza con discutir la baja de la edad de imputabilidad? ¿Dónde está el Estado antes, durante y después?
Para Laura Bravo (Mat. 2177), psicóloga, integrante de Ágora y responsable de la Secretaría Científica del Colegio de Profesionales de la Psicología de Santa Fe, el primer gesto necesario es frenar la tentación de las respuestas rápidas.
“Este es un caso excepcional, extremo. Justamente por eso no puede usarse para generalizar ni para justificar medidas simplistas”, advierte.
Bravo no esquiva el impacto emocional del crimen. Dice “horror” y lo repite. Como profesional, como madre y como ciudadana. Pero insiste en que el espanto no puede reemplazar al análisis. “Se está hablando muy livianamente de un tema que es profundamente sensible. Hay familias detrás, adolescentes, comunidades enteras atravesadas por esto”, dice.
La trampa de buscar una explicación única
Una de las preguntas que más circulan es si adolescentes de 14 años que cometen un crimen así “ya son psicópatas” o si la violencia es algo que se adquiere. Para Bravo, ese enfoque reduce un problema que es mucho más complejo.
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El crimen de Jeremías Monzón, un adolescente de 15 años torturado y apuñalado por otros tres menores, sacudió a Santa Fe.
“No hay una sola causa. Hay determinantes sociales, biológicos, familiares, subjetivos. Incluso la carga genética depende del ambiente en el que se desarrolla una persona”, explica. "La violencia —agrega— también forma parte de la condición humana. La diferencia está en cómo se aprende, o no, a ponerle límites".
Esos límites son lo que la psicología llama “diques”: la vergüenza, la culpa, la compasión, la moral. “Eso se construye. No nacemos sabiendo que ante el enojo no se responde con un cuchillazo. Eso se aprende en vínculos, en instituciones, en contextos que contengan”.
Caso Jeremías Monzón: cuando la violencia es grupal
El crimen de Jeremías no fue cometido por una sola persona. Y ese dato no es menor. Bravo remarca el peso del llamado “fenómeno de masa”: cómo el actuar en grupo modifica la percepción de los límites y de la responsabilidad.
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Tras la viralización en redes sociales del video del crimen de Jeremías Monzón, familiares y allegados se manifestaron en Santa Fe.
“No somos iguales cuando estamos solos que cuando estamos en grupo. En la masa se potencian cosas. A veces la alegría, a veces la violencia”, explica. En ese contexto, ciertos frenos subjetivos pueden debilitarse. Eso no significa que “el grupo invente” la violencia, pero sí que puede facilitar que se crucen límites que individualmente no se cruzarían.
De todos modos, la psicóloga es clara: nada de esto borra la gravedad del acto. Quitarle la vida a otra persona no es comparable con otros excesos grupales. “Hay límites que, cuando se atraviesan, dejan marcas muy profundas. Por eso hablar de ‘volver atrás’ no es sencillo”.
¿Se puede “recuperar” a alguien que hizo algo así?
La pregunta aparece una y otra vez en el debate público. Bravo se muestra especialmente prudente. “No podemos hablar de recuperabilidad en abstracto, como si las personas fueran máquinas a reparar”, dice.
En la práctica clínica, señala, personas con problemáticas aparentemente similares responden de maneras muy distintas. Todo depende de la singularidad, de los recursos subjetivos, del contexto y, sobre todo, de algo clave: la voluntad de apropiarse del tratamiento.
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Bravo advirtió que el caso de Jeremías es "excepcional y extremo". Justamente por eso no puede usarse para generalizar ni para justificar medidas simplistas.
Por eso, responder con un sí o un no rotundo sería irresponsable. “Hay casos en los que se puede hacer algo, otros en los que es mucho más difícil. Y eso no se decide desde un estudio de televisión ni desde las redes”.
El Estado que llega tarde
Más allá del caso puntual, Bravo pone el foco en lo estructural. Desde el Colegio de Psicólogos realizaron relevamientos sobre la situación de la salud mental en la provincia y el diagnóstico es preocupante: desmantelamiento de políticas públicas, áreas de niñez y adolescencia debilitadas, sistema de salud colapsado.
“Se discute la edad de imputabilidad porque hay una sensación real de desamparo social. Pero la respuesta del Estado no puede ser sólo represiva”, sostiene. Mientras bajan algunos índices de homicidios, aumentan los suicidios y los intentos de suicidio en niños y adolescentes, junto con los consumos problemáticos.
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La familia de Monzón reclama justicia por el crimen del adolescente.
La prevención, para Bravo, es la palabra clave. “Llegar antes de los estallidos. Con propuestas culturales, deportivas, educativas, con salud mental en serio, con acompañamiento a las familias”.
Más preguntas que certezas
El caso de Jeremías Monzón expone una herida abierta. Interpela al sistema judicial, a las políticas públicas, a las familias, a los medios y a la sociedad en su conjunto. Para Bravo, la salida no está en buscar culpables únicos ni soluciones mágicas.
“Horror y complejidad son las dos palabras que me acompañan todo el tiempo cuando pienso en esto”, dice. Tal vez asumir que no hay respuestas simples para problemas extremos, sea el primer paso para no repetirlos.