La preocupación llegó a Unicef y Unesco, que en mayo pasado publicaron "Niñas, niños y adolescentes conectados. Informe general de resultados. Encuesta Kids Online Argentina. Buenos Aires, Unicef Argentina".
“El teléfono celular es el dispositivo más utilizado para acceder a Internet (88 % de los chicos y chicas lo usa todos o casi todos los días para conectarse)”, señala el reporte.
“Estas pantallas que hipnotizan a los chicos, que los sobreestimulan, estos contenidos cortos e hiperestimulantes son los que más nos preocupan, ya que son justamente los más eficaces cuando las familias necesitamos cortar la demanda”, dice la especialista, cofundadora de la consultora Bienestar Digital y autora del libro Cuidar las infancias en la era digital (Noveduc).
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Justamente, en su libro, plantea por qué es tan importante el juego para las infancias: “Durante la primera infancia y la niñez, los niños y niñas juegan para comprender, asimilar, imaginar, procesar y construir el mundo. Juegan lo vivido y lo inexistente. Juegan lo dicho y lo no dicho. Porque les gusta y porque lo necesitan”.
En su trabajo en territorio encontró que "chicos y chicas que no saben jugar a juegos de mesa clásicos, como el de la oca, el truco, la casita robada, el dominó, etcétera. ¿La razón? No comparten momentos lúdicos con su familia".
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La infancia está expuesta a contenidos cortos e hiperestimulantes, pensados para generar cada vez mayor permanencia en la pantalla.
La infancia es el tiempo del juego
Y no es lo mismo jugar con la familia, o con pares que jugar con el celular, una actividad solitaria (aunque se trate de juegos en red). “Las plataformas —redes sociales, juegos online o aplicaciones de contenido— están diseñadas bajo recomendación algorítmica y tienen como objetivo principal maximizar el tiempo de permanencia de sus usuarios, incluso a costa de monopolizar sus momentos de ocio”, sigue Fainboim en su libro.
En diálogo con AIRE, abunda: “Si yo le pongo una pantalla hiperestimulante, sé que es probable que ese niño me deje trabajar o me deje hacer mis actividades en tranquilidad”.
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La especialista no culpabiliza a las familias, pero sí alerta sobre una acción necesaria: “Entendemos que a veces también la demanda infantil interfiere en las exigencias que hoy tenemos desde el mundo adulto, que son muchas. Quizás como nunca, se nos exigió productividad constante, rendimiento constante”.
La consecuencia es que las personas adultas tienen “muy poco tiempo de ocio, muy poco tiempo para jugar y estar tranquilos con hijos, hijas, sobrinas, nietos; y entonces esta sociedad que le exige tanto al mundo adulto también le propone pantallas para cortar la demanda. O sea, es un círculo vicioso”.
Natalia Palma es psicóloga. Antes de hablar del juego, sitúa la problemática que viven las personas adultas: “El multiempleo, el desempleo, la precarización laboral, el miedo a la pérdida del trabajo son conflictos diarios en los que los adultos muchas veces quedan devastados”, dice la presidenta del Colegio de Psicólogos y Psicólogas de la provincia de Santa Fe, docente de la UNR e integrante de los equipos socioeducativos del Ministerio de Educación.
En ese sentido, “la resolución de todo en la urgencia, y la demanda que reciben las madres, los padres, para responder en los trabajos inmediatamente, van modificando los ritmos cotidianos. Se produce cierta desorganización, y esto repercute en las infancias y en las adolescencias”.
Como profesional, Palma sostiene que “lo que une a la madre y al niño en este primer momento del desarrollo es el juego, es el espacio potencial que existe entre la madre y el bebé o el adulto que está a cargo de la crianza”.
La necesaria asimetría protectora
Y en ese sentido, ve preocupante lo que llama “procesos de simetrización” entre personas adultas con niñas y niños. “Lo que los une en ese primer momento tiene una asimetría protectora, un lugar de cuidados”.
Aunque desde otro recorrido, puede situarse en esa misma línea la propuesta de Fainboim sobre la necesidad de regular el acceso de niños y niñas a las pantallas, en lugar de confiar en que se regulen solos. El límite debe venir de las personas adultas.
Desde su experiencia en Bienestar Digital, afirma: “Todavía rige mucha naturalización en torno al uso de pantallas en la infancia; incluso a veces pareciera que es beneficioso que estén lo más insertos posibles en las pantallas, cuando ya sabemos que esto no es así”.
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No niega los “beneficios claros en la alfabetización digital, en la inserción en habilidades digitales”, pero advierte que “cuando hay un uso prematuro y muy solitario, lo que rige es un scrolleo sumamente pasivo y el consumo de contenido corto e hiperestimulante”.
Por eso, llama a “guiar ese uso” y a “pensar estratégicamente cómo, cuándo y de qué manera introducir a los niños a las pantallas, y cómo seleccionar qué pantallas sean”.
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La función de establecer un límite, aunque sea trabajosa, es necesaria y ordenadora.
“Es importante entender que cuanto antes podamos establecer una estrategia criteriosa, más fácil de sostener va a ser. Por eso, desde la primera infancia está bueno priorizar las pantallas grandes, evitar el contenido corto e hiperestimulante, y evitar el uso solitario de dispositivos”, señala Fainboim.
Justamente, el lugar del adulto no es simétrico. “Yo sé que soy la ogra, pero cuando mi hijo de 10 años me pide el celular, ya sabe que son dos horas, nada más, porque tiene que haber tiempo para el deporte, para la música, para el juego”, dice Rosi, docente, en una reunión familiar. “Y cuando viene mi sobrina a casa, también se respetan esos límites”, agrega.
Los límites ordenan
La función de establecer un límite, aunque sea trabajosa, es necesaria y ordenadora.
“Hay niños, niñas que quieren ubicar ese lugar de la función del adulto, pero se desdibuja por todas estas demandas de la urgencia, el correr, los miedos, las ansiedades de los adultos, las cuestiones del estrés, situaciones de depresión… o sea, muchas situaciones que se vienen complejizando, y sobre todo pospandemia”, sitúa Palma.
La especialista dista mucho de culpar a las familias. “Hay una complejidad presente en la situación social: la desorganización de los lazos familiares, la desorientación, la desilusión, las pérdidas de la construcción de proyectos. Los adultos están tomados por la inmediatez; o sea, se suma toda una confusión de la vida misma”, describe.
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Y señala que las personas adultas “están criando en este contexto, en este mundo, en estas urgencias y en otras situaciones más complejas aún, con procesos de supervivencia donde no se pueden ubicar proyectos de vida”.
Por eso, señala la necesidad de políticas públicas sostenidas que posibiliten espacios de juego, lugares de esparcimiento. Los Estados pueden ofrecer espacios colectivos y accesibles donde niñas y niños puedan jugar con pares y olvidarse de las pantallas.