La cosa es más o menos así: uno puede hablar del fracaso de Juntos por el Cambio y los 1.423.660 votos perdidos entre las PASO 2019 y las de 2023. También podríamos regodearnos con el hecho de que han sido desplazados como oposición del gobierno nacional, si se olvida el detalle de que todavía La Libertad Avanza no ganó nada concreto y que funge como opositor habilitado por el voto popular por cuatro meses más, pero –si el 30,2% no es techo sino piso e ingresa al balotaje– puede convertirse en la fuerza política que haga realidad desde el gobierno el sueño húmedo de Mauricio Macri, Patricia Bullrich y también Horacio Rodríguez Larreta: desarmar el estado de bienestar peronista que no pudieron consumar ni la proscripción, la dictadura militar, el fracaso de los dos primeros gobiernos radicales (Alfonsín y De la Rúa), el menemismo y el macrismo como tercer gobierno radical fallido.
Unión por la Patria perdió 5.745.249 votos, prácticamente la mitad de los obtenidos en las PASO 2019, no puede contravenir los mandatos del FMI (de hecho devaluó en plena campaña un 22% y subió la tasa de referencia para depósitos a 30 días en 21 puntos) y tardó casi 72 horas en mostrar a su candidato y ministro de Economía dando las explicaciones pertinentes –por TV y en A Dos Voces, para el voto larretista, la cosa sana– sobre una decisión que disparó los dólares paralelos, agrandó la brecha con el oficial contra lo que anunciaba el FMI, disparó las naftas un 12,5% (inflación de segunda vuelta) y amenaza con tener un impacto en precios que llevaría la inflación de agosto por encima de los dos dígitos (entre un 11% y un 15%).
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Así las cosas, el pedido a la militancia sería “redoblar esfuerzos en el uno contra uno o contra varios votantes libertarios, cambiemitas o los 11 millones de abúlicos y desertores, explicando los costos del modelo de Javier Milei, contando historias de terror realistas y para grandes” para descontar una desventaja de 500.000 votos y darla vuelta recuperando algunos de los millones que desesperan al consultor Antoni Gutiérrez Rubí: “¿Hasta cuándo van a castigarnos, estaremos midiendo bien o faltan mejores focus, cuánto enojo hace falta para justificar un voto prácticamente suicida?”.
Hasta que Sergio Massa les dio algo, a les militantes del peronismo y a quienes –considerando los cinco puntos adicionales perdidos con la devaluación– vienen perdiendo 8 puntos sólo considerando los últimos cuatro años y 28 desde 2016.
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El ministro volvió a plantear una suma fija para trabajadores registrados, recomposición para la AUH y bonos para jubilados, pero ¿de cuánto deberían ser para que tengan impacto real en el bolsillo y en las urnas?
Desobediencia o derrota: devaluación, anticipo de fondos y salariazo
En la nota anterior decíamos que con Cristina Kirchner ausente, ajustando (a julio son 12 meses de ajuste ininterrumpido del gasto público), con una inercia inflacionaria indetenible y sin salariazo, no había mucho que esperar de octubre.
El urnazo de Javier Milei aceleró un borrador que el equipo económico venía discutiendo con la ministra de Trabajo Kelly Olmos y la CGT, que ya había suscitado el rechazo de la Unión Industrial Argentina y que la CTA venía orejeando por filtraciones y trascendidos.
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Veamos algunas cifras. Antes del primer anuncio de suma fija, el Observatorio del Ministerio de Trabajo elaboró un promedio salarial para todas las categorías (formal, informal y monotributistas) que conformaba un salario bruto de 303 mil pesos.
Pero luego el gobierno devaluó en campaña reduciendo un 5% el poder de compra, por lo que ese salario nacional promedio quedó en 287.500 pesos, apenas por encima de una Canasta Básica (232.427) y muy por debajo de la Canasta Familiar (363.570).
Pero esa cifra es –como todas– dinámica y se atrasa con una inflación semanal del 1,7%, acelerándose luego de una devaluación, que fue insólitamente defendida con el argumento de que “el pueblo debe valorar que el Fondo nos pedía mucho más y esto nos va a permitir no tener que volver a devaluar antes de octubre”.
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Un gran problema en ese borrador y con la inflación corriendo, es el número de la suma fija y el punto de corte que varían continuamente, mientras lo que hay es un anuncio del anuncio. La primera cifra fue de entre 25 mil y 30 mil pesos, retocada en alza en 45 mil pesos la semana que pasó.
Nota técnica no menor: establecer el punto de corte en base a un promedio, con un país con una enorme dispersión de niveles salariales (pocos salarios altos, muchos bajos y hasta miserables), lo más lógico y ajustado a la realidad sería establecer una media aritmética de los salarios, para evitar la distorsión que implican un puñado de “aristócratas por ingresos”, es otra cuenta y es otro número.
Pero el hecho es que el piso de ingresos establecido para la prometidísima suma fija (que viene un año demorada y acumulará apenas dos sueldos mejorados antes de sufragar en octubre) sería de 232 mil pesos, es decir que luego de su aplicación nadie debería ganar menos que una Canasta Básica.
Allí es donde la CTA arrima sus propios números y sostiene que luego de la devaluación la suma debería ser de 75 mil pesos y llevar el piso salarial a 362.500 pesos, en línea con la Canasta Básica Total; en la CGT, la única central obrera convocada a la mesa de discusiones y opositora férrea a la medida desde siempre, desestiman esa cifra por “excesiva”.
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Desde el Centro de Estudios Sociales Scalabrini Ortiz, aportan para AIRE el dato de que “para igualar el poder de compra de los salarios de 2015, la suma fija debería ser de 60 mil pesos, pero eso calculado para junio/julio, para absorber el impacto devaluatorio y compensar una inflación para agosto que se promete en dos dígitos, debería rondar los 75 mil pesos”.
La consultora EcoGo, que dirige la economista y habitual columnista de La Nación Marina Dal Poggetto, anunció esta semana que “esperamos una inflación del 13% en agosto y setiembre, la acumulada podría llegar en octubre al 160% y la anual en casi 200%”.
Hay estimaciones mejores, pero siempre de dos dígitos, como la de Econometría (Orlando Ferreres) con un 11% para agosto y 12% para setiembre.
Porque lo cierto es que la apreciación del 21% del dólar oficial relanzó la inercia inflacionaria que parecía moderarse en mayo/junio; fue una decisión forzada pero también autoinflingida, bajo la premisa de que “nosotros no trajimos al Fondo y pudo ser peor”, pero sigue transmitiendo una imagen de impotencia y desvarío ideológico, habla de un peronismo sin herramientas ni relato para “enamorar”, para entusiasmar a los 13 millones de electores que no votaron o votaron en blanco, para recuperar mística y potencia electoral.
Lo que nadie parece relevar –en Unión por la Patria, porque Juntos por el Cambio está para otra cosa– es que para les argentines está claro que si la discusión política y el horizonte de promesas se debate en torno de más o menos ajuste, “salimos ajustando menos de lo que el FMI pide o ajusto más, explota todo y el mercado seleccionará a los sobrevivientes”, nadie se movilizará a favor de nada ni el amor le ganará al odio, porque la eficacia de Milei (diga el disparate que diga) está denunciar que hay un puñado de burócratas de la política que no aciertan en solucionar los problemas de la gente mientras solucionan los propios.
Dicho de otro modo: los votantes de Milei tienen razón, aunque él no la tenga, aunque su plan de gobierno no resista el menor análisis, ni haya país que pueda soportarlo por un semestre; por eso es vital revisar los tiempos para hacer realidad algo de lo que Milei detesta y el peronismo tiene en su ADN: la justicia social.
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Llegamos hasta aquí, ya no importa de dónde provengan los candidatos, el famoso archivo, sus historias de militancia, las citas de autoridad en las redes ni los cuadros que cuelguen en sus despachos ni sus derroteros ideológicos: si no hay efectos prácticos, esto es una anécdota biográfica sin importancia política ni traducción electoral.
Suma fija y paritarias compensando la deriva mensual inflacionaria, bono para jubilados y por qué no para informales y monotributistas, que hoy representan el 42,4% de la fuerza laboral. Sin eso no habrá efecto y se torna peligrosamente inminente una sentencia del gran analista político Alejandro Horowicz, hablando de los dos frentes hasta ahora mayoritarios: “En política, para que haya entierre no alcanza con que haya cadáver, hace falta un enterrador”.
Aún depende del gobierno nacional, de sus reflejos políticos y de una campaña con otros ritmos y contenidos, que ese momento no haya llegado con Javier Milei.
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