La curva de la demanda de productos alimenticios de cercanía se aceleró en las últimas semanas en los grandes centros urbanos argentinos de la mano de la búsqueda de mejores precios y mejor calidad. Son muchas las organizaciones que ya venían trabajando en este sentido y que, con la cuarentena y el aislamiento, vieron como los pedidos a productores locales (muchos de ellos agroecológicos) se multiplicaron en ciudades como Santa Fe y Rosario, todo bajo la modalidad de la entrega a domicilio.
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Repensar las cadenas de abastecimiento de las grandes ciudades, que muchas veces dependen de alimentos producidos muy lejos a pesar de tener las condiciones para poder tener sus propias producciones, es uno de los desafíos que deja picando la pandemia.
Pensar y comprar local
Federico Di Pasquale es miembro de la delegación Santa Fe de la Unión de Trabajadores de la Tierra, una organización presente en varios puntos del país que busca acortar el recorrido de comercialización entre productores y consumidores para achicar precios y mejorar frescura y calidad de los alimentos. “En estas últimas semanas la demanda creció mucho, en la ciudad de Santa Fe se duplicó para los bolsones”, dijo, para agregar que lo que buscan es ofrecer una forma de comercialización “que le resulte más económica al consumidor y más rentable al productor”.
Repensar las cadenas de abastecimiento de las grandes ciudades, que muchas veces dependen de alimentos producidos muy lejos a pesar de tener las condiciones para poder tener sus propias producciones, es uno de los desafíos que deja la pandemia.
Por la cuarentena las ferias se suspendieron, pero junto a la Secretaría de Economía Social de la Municipalidad y varias cooperativas armaron un sistema de reparto domiciliario que incluye verduras, carne y panificación. “Esto da oportunidad a los actores de la economía local y a los pequeños productores de crecer en escala y ventas, es un sistema saludable que se podría socializar más allá de la pandemia y ya se está instalando”, razonó.
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“Ya lo veníamos ensayando y con la cuarentena que provocó el virus mostramos que estas formas de organización sirven como respuesta y podrían perfectamente seguir luego. Es una ecuación virtuosa: mayor ingreso al productor y más barato para el consumidor, lo que fortalece las economías locales”, sintetizó.
Cambiar de paradigma
Detrás de este fenómeno aparece la necesidad de que las ciudades recuperen los cinturones verdes que tenían hasta hace pocas décadas, que fue devorado tanto por el avance del monocultivo de soja como por la presión inmobiliaria.
Una periferia productora de alimentos diversificados no sólo garantizaría buenos productos de cercanía y mejores precios: también sería una salvaguarda para eventuales nuevos episodios como el coronavirus garantizando cierta idea de soberanía alimentaria de cercanía.
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“Es hora de diversificar las producciones locales con sistemas autónomos de venta. Existe una gran disputa de las organizaciones en torno al control sobre el mercado de la alimentación y es un buen momento para poder volver a decidir qué comemos. No sólo es económico, también es una batalla cultural”, señaló Di Pasquale.
Pueblo a pueblo
Otra organización que trabaja desde hace tiempo con unos 150 productores de un conglomerado de localidades cercanas a Rosario (Alvear, Soldini, Villa Gobernador Gálvez) es el Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE) rama Rural, que comercializa frutas y verduras a través de un sistema llamado “Pueblo a pueblo”.
La idea central es trabajar con una cadena corta como respuesta a la comercialización “irracional y especulativa” de las cadenas tradicionales “que hace que lleguen productos encarecidos a los consumidores y los productores sólo obtengan un 20 o un 25% de ganancia”, explicaron.
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Se trata de una herramienta colaborativa donde los productores arman en las quintas bolsones con productos de estación y luego se reparten las ganancias. El objetivo es que la transferencia del precio de venta vaya casi todo (en un orden del 90%) a los productores.
También en esa red los volúmenes de venta aumentaron mucho en las últimas semanas, con la distribución de 1500 bolsones semanales contra diez veces menos en los meses previos. “Tenemos dos objetivos: asegurar la comercialización y el salario de los productores familiares a pesar de los movimientos de los mercados concentradores, y seguir llegando a la gente con precios justos” remarcaron desde el MTE Rural.
La respuesta de la agroecología
En muchos casos, los repartos de bolsones están relacionados con productores que trabajan bajo el paradigma de la agroecología, o sea sin agroquímicos.
Marisa Fogante es productora agroecológica de frutas en Formosa y parte de Suelo Común junto con dos socias, Carolina Dei Cas y Laura Blaconá. Están a cargo del local de Huerta de mi Tierra que funciona en el Mercado del Patio de Rosario. “Buscamos achicar el recorrido entre quien produce y el consumidor para tener los mejores precios posibles”, dijo, para agregar que de a poco “la gente empieza a tomar conciencia y a querer entender qué es la agroecología y que historia hay detrás de cada alimento”.
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¿Puede la agroecología alimentar al mundo? Fogante es determinante en su respuesta: un "sí" rotundo. “El discurso de las grandes producciones es una falacia, incluso Naciones Unidas ha reconocido que la agroecología es el camino para alimentar a la humanidad”, dijo, para agregar que en este paradigma “la mirada está puesta en el suelo, el productor y el ambiente, hay otro vínculo con el alimento”.
“Detrás de cada huertero hay un valor cultural y social basado en un intercambio justo. La agroecología puede alimentarnos a todos”, concluyó.
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