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Sociedad

La crónica del día en que Neil Armstrong dejó su huella en la Luna: “Inicie el descenso…”

En una breve pero fascinante crónica, la Administración Nacional de la Aeronáutica y del Espacio (NASA) relató el momento en que el astronauta Neil Armstrong bajó del Águila, la nave espacial que llevó a los humanos a la Luna en 1969, y dejó su huella en el polvo “suave” de la Luna dando así “un enorme paso para la humanidad”.

Redacción Aire Digital

Se suponía que Neil Armstrong estuviese dormido. La caminata lunar ya se había realizado. Las rocas lunares estaban almacenadas. Su nave estaba lista para partir. En sólo unas cuantas horas, el módulo de ascenso del Eagle (Águila) despegaría de la Luna, algo que ninguna nave había hecho antes, y Neil necesitaba estar completamente lúcido. Se acurrucó sobre la cubierta del motor del Águila y cerró los ojos.

Pero no podía dormir.

El astronauta norteamericano Neil Armstrong fue el primer hombre que pisó la Luna.
El astronauta norteamericano Neil Armstrong fue el primer hombre que pisó la Luna.

Buzz Aldrin tampoco. En el reducido módulo, a Buzz le correspondió el mejor lugar, el piso. Se estiró tanto como pudo en su traje espacial y cerró los ojos. No sucedió nada. En un día como éste, dormir era imposible.

El día comenzó en la parte oculta de la Luna. Armstrong, y su compañero de tripulación, Mike Collins, volaron su nave espacial 100 km sobre la zona de cráteres. Nadie en la Tierra puede ver la zona oculta de la Luna. Aún hoy día permanece como un terreno de considerable misterio, pero los astronautas no tenían tiempo para visitar puntos de interés. Collins presionó un botón, activando un sistema de resortes, y la nave espacial se separó en dos. La mitad llamada Columbia, con Collins a bordo, permanecería en órbita. La otra mitad, el Águila, se movió en espiral sobre el horizonte hacia el Mar de la Tranquilidad.

“Inicie el descenso”, ordenó por radio Houston, y el motor del Águila se encendió con un rugido. La forma de insecto del módulo era tan frágil que un niño podría hacer un agujero a través de su hoja exterior de oro. Los montículos rocosos dentados de la Luna podrían ser mucho peor. Así que cuando Armstrong vio hacia dónde los dirigía la computadora el interior de un campo de rocas— cambió rápidamente a control manual. El Águila se dirigió hacia adelante y navegó sobre las rocas.

Mientras tanto las alarmas sonaban en el fondo.

“Alarma de programa”, anunció Armstrong. “Es un 1202”. El código era muy confuso, casi nadie sabía lo que significaba. ¿Deberían abortar? ¿Deberían aterrizar? “¿Qué es esto?”, insistió él.

Con fondo ruidoso, en Houston, un joven ingeniero de nombre Steve Bales dio la respuesta: El sistema guía auxiliar del radar estaba invadiendo la computadora con demasiadas interrupciones. No hay problema, “Pueden continuar a pesar de la alarma…”, anunció Houston.

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Y ellos continuaron. Las cosas, sin embargo, no estaban saliendo exactamente como se había planeado. Se suponía que el Mar de la Tranquilidad era liso, pero no se veía muy liso desde la cabina del Águila. Armstrong exploró el mar revuelto con el fin de localizar un lugar seguro para aterrizar. “60 segundos”, transmitió Houston. “30 segundos”. El control de la misión se silenciaba conforme los datos de telemetría llegaban. Pronto, muy pronto la nave podría quedarse sin combustible.

Capcom más tarde clamaba “los chicos en el centro de control de la misión se estaban poniendo azules” cuando Armstrong anunció: “Encontré un buen punto”. En cuanto a Armstrong, su corazón estaba latiendo a 156 pulsos por minuto de acuerdo con los bio-sensores. El indicador de combustible leía sólo 5,6% cuando el Águila finalmente se estabilizó en el piso del Mar de la Tranquilidad.

La tripulación del Apollo 11 el 24 de mayo de 1969, durante un entrenamiento.
La tripulación del Apollo 11 el 24 de mayo de 1969, durante un entrenamiento.

 

Houston (con alivio): “Acusamos recibo, Águila “.

Armstrong (serenamente): “Houston, aquí Base Tranquilidad. El Águila ha aterrizado”.

Inmediatamente, se prepararon para despegar. Era la NASA siendo cautelosa. Nadie había aterrizado en la Luna antes. ¿Qué tal si una de las patas del Eagle comenzaba a hundirse en el polvo lunar?, o ¿Si el Águila soltara un escape? Mientras que Neil y Buzz se alistaban para el despegue, Houston leyó la telemetría buscando alguna señal de problemas. No había ninguna, y tres horas después del aterrizaje, finalmente, Houston dio el “okay”.

¡La caminata lunar se iniciaba!

 

A las 9:56 p.m. hora del Este (23 hs. en Argentina), Neil descendió la escalera y dio “un paso pequeño” (pie izquierdo primero) en la historia. Desde la sombra del Águila, miró alrededor: “Tiene una belleza prístina, enteramente suya como el desierto alto de los Estados Unidos”. Houston le recordó recolectar la “muestra de contingencia”, y Neil puso algunas rocas y arena en su bolsillo. Si por cualquier razón tuviesen que despegar deprisa, los científicos en Tierra tendrían cuando menos un bolsillo lleno de luna para sus experimentos.

Pronto, Buzz se le unió. “¡Hermosa vista!” exclamó cuando alcanzó la amplia base de la pata del módulo de aterrizaje. “¿No es esto algo maravilloso?”, asintió Armstrong. “Magnífica vista aquí afuera”.

“Magnífica desolación”, dijo Aldrin.

Cuando Neil Armstrong vio la superficie lunar quedó maravillado por su textura y comenzó a jugar con el polvo.
Cuando Neil Armstrong vio la superficie lunar quedó maravillado por su textura y comenzó a jugar con el polvo.

 

Esas dos palabras se unieron al ying-yang de la Luna. Los cráteres de impactos, las salientes y cantos bordeados, las capas de polvo lunar, todo eso era completamente extraterrestre. Aun así, la Base de la Tranquilidad pareció curiosamente familiar, como en casa. Los astronautas de las siguientes misiones Apolo tuvieron sentimientos semejantes. Esto viene quizá de mirar fijamente a la Luna muy a menudo desde la Tierra. O posiblemente es porque la Luna es un pedazo de la Tierra, obtenido de nuestro joven planeta hace miles de millones de años. Nadie lo sabe, simplemente es así.

Realmente, gran parte de la escena era insólita. El paisaje, privado de aire, saltó sobre los astronautas con claridad desconcertante, y como resultado, el horizonte se sentía artificialmente cercano. Peor aún, el mundo entero parecía curvarse, un efecto secundario del radio de la Luna de sólo algunos miles de millas. “Las distancias [aquí] son engañosas”, observó Aldrin.

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El cielo estaba igualmente deslumbrante. Aunque el Águila había aterrizado en una mañana lunar brillante, el cielo era tan negro como la media noche. ¿Paraíso de un astrónomo? No. Ni una sola estrella era visible. El deslumbrante suelo, iluminado por el Sol, arruinó la visión nocturna de los astronautas. Sólo la Tierra era bastante brillante para ser vista, azul y blanco luminosos, colgando al horizonte.

Así se veía la Tierra desde la Luna.
Así se veía la Tierra desde la Luna.

Armstrong estaba particularmente fascinado por el polvo lunar, el cual pateó y sacudió con sus botas. En Tierra, al patear polvo se crea una pequeña nube en el aire —pero no hay aire en la Luna. “Cuando tú pateas la superficie, [el polvo sale y regresa] como un pequeño ventilador el cual, para mí, parece tener la forma de un pétalo de rosa”, recuerda Armstrong. “Solo hay un pequeño anillo de partículas nada atrás de ellas ningún polvo, ningún remolino, nada de nada. Es realmente único”.

No más divagaciones. Era tiempo de trabajar.

Casi olvidadas en el conocimiento sobre el Apolo están las listas de comprobación cocidas a los antebrazos de los trajes espaciales. Esos memorándums de la NASA estaban repletos de actividades, desde inspeccionar el módulo a instalar la TV y a recolectar las muestras. Algunas de las tareas eran tan detalladas como hacer que los astronautas se agachasen e informar al Centro de Control de la Misión de cómo se sentían. Mucho trabajo por hacer.

Neil y Buzz instalaron un recolector de viento solar, un sismómetro y un retrorreflector de láser. Erigieron una bandera y develaron una placa que proclama: “Venimos en paz por toda la humanidad”. Ellos tomaron la primer llamada telefónica interplanetaria. “No puedo expresarles cuán orgullosos estamos todos”, dijo el Presidente Nixon desde la Casa Blanca. Recogieron 47 libras de rocas lunares y tomaron 166 imágenes. Verificado. Verificado. Verificado.

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Finalmente, después de dos y media horas, intensas e hilarantes, era tiempo de irse. La lista de comprobación continuaba: Subir de regreso al Águila. Almacenar las rocas. Preparar la nave para su salida (otra vez). Cenar: Guisado de carne de res o crema de sopa de pollo. Y finalmente, dormir.

Llegábamos al límite. “Simplemente, no puedes dormir mientras se espera (el despegue)”; comentaba Aldrin al terminar la misión.

El Águila no era un lugar adecuado para dormir. La cabina minúscula era ruidosa con las bombas y luces de aviso brillantes que no pudieron ser desvanecidas. Incluso las cortinas de la ventana eran brillantes, iluminadas por intensos rayos solares desde el exterior. “Después de que entré en mi estado de sueño y todo se calmó, me di cuenta que había algo más [que me incomodaba]”, dijo Armstrong. El Águila tenía un telescopio óptico que salía de la nave al estilo de un periscopio. “La Tierra estaba brillando justo a través del telescopio en mi ojo. Era como una bombilla”.

Para tener algo de descanso cerraron los cascos de sus trajes espaciales. El interior era tranquilo y “no estarían respirando todo el polvo” que habían introducido después de su caminata lunar, dijo Aldrin. ¡Rayos! No funcionó. Los sistemas de enfriamiento del traje, tan necesarios afuera en la abrasadora superficie lunar, eran demasiado fríos para dormir en el interior del Águila. Lo más que pudo arreglárselas Aldrin fue “un par de horas de dosificante descanso mental”. Armstrong simplemente permaneció despierto.

Cuando finalmente la llamada para despertarse llegó…

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“Base de la Tranquilidad, Base de la Tranquilidad, Houston. Cambio”.

Armstrong respondió con rapidez,

“Buenos días, Houston. Base de la Tranquilidad. Cambio”.

El largo día había terminado. Era el momento de irse a casa, a la Tierra, para un buen sueño nocturno.

 

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