Se separaron, él pedaleó 1.700 kilómetros para encontrarla y hoy viven juntos con una hija en el Sur

En 2013, Rocío Estefanía se mudó de Bella Vista a Esquel. Martín Péndola viajó un mes y medio en bicicleta a verla y se reconciliaron.
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Suena música épica, acaso la del mundial Italia ’90. Plano corto sobre una rueda. Bombos que aturden, pantalla negra. Plano más amplio: la rueda gira. Bombos, pantalla negra. Boliche, suenan Las Pastillas del Abuelo: una adolescente esmirriada mira a otro de barba, le canta exacerbada mientras baila. Bombos, negrura. Paneo del adolescente, ya joven adulto, cubierto de sudor, con ampollas en las piernas, junto a una bicicleta a pleno rayo del sol. Bombos más fuertes, placa estruendosa y voz en off: “Pasión. Dolor. Aventura. Amor”.

Así sería el trailer de la historia de Rocío Estefanía y Martín Péndola. Podría ser película o una serie de varias temporadas. Como miles de parejas de San Miguel, se conocieron en el mítico boliche Coyote cuando tenían 16 y 17 años, y estuvieron de novios por tres años y medio. Se pelearon, se separaron, ella se despidió no sin lágrimas para irse a vivir al Sur con su familia y él inició una travesía hercúlea: partiría a buscarla, a 1.700 kilómetros, en bicicleta.

Partida. Así salió desde San Miguel a buscar a Rocío.

“Yo ya tenía la idea de hacer un viaje largo en bicicleta, eso me ayudó a arrancar”, minimiza hoy Martín, como quien describe que compró dos kilos de papas en la verdulería, aunque no devela que con la epopeya albergaba la fantasía de volverse héroe y avivar las brazas de un romance juvenil. A la gente (incluidos sus padres, de Bella Vista) le dijo que iría a Entre Ríos. Pero él compró mapas de las rutas hasta Esquel.

Así partió, con una mountain bike modelo Raleigh 4.5, un 4 de mayo de 2014, seis meses después de que Rocío se alejara. Le costó un mes y medio, ampollas y mucha superación. Hoy viven juntos en el sur, cumplieron el sueño de ponerse una cervecería y todos los años vuelven a San Miguel para que sus familiares y amigos jueguen con Emma, su hija, que el 27 de marzo cumplirá 2 años.

“Yo sabía que él venía, hablábamos todos los días”, cuenta Rocío sobre aquel junio soleado y frío en que lo volvió a ver. Y jura que “no fue seco el reencuentro”, aunque se ríe y contradice entre los berrinches de Emma (inquieta como su papá) a su pedalero amor.

“Ella estaba trabajando en una escuela, como maestra de jardín. Yo llegué con la bici, pregunté por la familia a un camionero y a una mujer le hice identificar el guardapolvo que usaba. Me encontré con su familia y fui a esperarla a la salida. Cuando salió, con los alumnos de paseo, me saludó y me hizo señas de que la esperara”, recuerda Martín.

Cerca de la hazaña. Martín, ya a pocos kilómetros de Esquel, tras una travesía que duró un mes y medio.

La hazaña, que había llevado al joven enamorado a dormir en cuarteles de bomberos, casas de otros ciclistas, una carpa al costado de la ruta y otros tantos rincones menos confortables, no culminó con un abrazo y beso apasionado a lo Di Caprio/Winslet como él se había figurado tantas veces. Sí recibió la invitación de Rocío para alojarse junto a su familia.

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“Estuvo con nosotros hasta octubre, cuando decidió quedarse”, recuerda ella. Un mes después se mudaron juntos. Dos años más tarde, abrieron la cervecería Ombú, y poco después llegó Emma.

Alivio. En Esquel, con una píntada significativa.

“Al menos una vez por año volvemos a San Miguel, donde empezó todo, para que mis viejos y nuestros familiares y amigos disfruten de Emma”, dice Martín. Todavía le cuesta borrar de la memoria su segundo día de viaje, el más difícil. “Me quería morir apenas llegué al primer camping. A la mañana siguiente tenía las piernas agarrotadas, no podía pedalear, me acalambré y se me ampolló el muslo. Muchas veces pensé en volver”, relata. “Por suerte insistió. Hoy formamos esta familia hermosa“, cierra Rocío.

 

Fuente: www.clarin.com

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