Más allá de las redes sociales: es necesario hablar del racismo en Argentina

Más allá de la dicotomía en las redes sociales, el racismo en Argentina adopta formas distintas a las de otros países, pero sigue produciendo desigualdad.

“Ni Argentina es el país más racista del mundo ni es un país libre de racismo”, sostiene una activista afrofeminista y antirracista.

“Ni Argentina es el país más racista del mundo ni es un país libre de racismo”, sostiene una activista afrofeminista y antirracista.

Imagen editada con IA

“Ni Argentina es el país más racista del mundo ni es un país libre de racismo”. Salir de la lógica algorítmica es difícil, pero vale la pena intentarlo. “Existe en Argentina una negación histórica que no nos permite entender que el racismo se puede manifestar de múltiples formas”, expresa Patricia Gómes, activista afrofeminista y antirracista, afroargentina, abogada y docente universitaria.

Nació en las redes sociales, sí, pero también puede ser una oportunidad. “Estas acusaciones de personas que residen en otros países sobre Argentina están generando debates donde veo mucha desinformación y desconocimiento tanto por parte de la gente de afuera como por parte de nuestra propia gente sobre la negritud en Argentina y sobre el fenómeno del racismo”, apunta Gómes.

Para Gómes, el país “tiene una dificultad histórica para reconocer el racismo como una problemática social”.

No es el racismo de Estados Unidos, desde ya, pero sí es “una problemática generadora de violencias y de desigualdad para un sector muy importante de la población”.

Así lo entiende también Bárbara Pistoia, editora, ensayista y crítica cultural, autora del libro Una guerra en paz. “Por empezar, el racismo es una marca de la colonización”, plantea y suma que “es estructural y como toda violencia estructural atraviesa todas las ideologías, toda la educación, todas las culturas, las políticas”.

Si es estructural, razona Pistoia, también es institucional.

La negación como problema

“Entonces, es imposible decir que Argentina no es racista, es una negación profunda y a la vez es el gran karma nacional, la negación del racismo argentino”, evalúa.

Tampoco se puede hacer una medición de racismo como si fuera el nivel de aceite en el auto, pero sí tener en cuenta algunas particularidades que adquiere el racismo en la Argentina, profundamente imbricado con la cuestión de clase.

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La expresión “negro/a de mierda” existe y cualquier persona que viva en Argentina alguna vez la escuchó o la dijo.

“El concepto de racismo en algún punto está hegemonizado por la lectura de Estados Unidos”, sostiene Pistoia, y entonces, al hablar de racismo, hay un formato hollywoodense que, en lugar de iluminar, obtura la posibilidad de ver cómo opera el racismo realmente en la sociedad.

“Nuestra particularidad en Argentina, y esto me parece fundamental, es que se racializa la clase social, la ideología, los hábitos y los consumos. Negro es el pobre, negro es el peronista, negro es el cumbiero”, reflexiona la crítica cultural.

El color de la clase

La dificultad tiene que ver, también, con una mirada porteñocentrista. “Es un país que se considera que nace de los barcos europeos y que se lee a sí mismo como blanco, con una lectura muy diminuta de la sociedad de Buenos Aires, que es profundamente no blanca”, describe Pistoia. Así, las personas que no entran en ese estereotipo son vistas como extranjeras siempre.

    Y por eso, la contracara que ofrecen las redes sociales, con personas de otras nacionalidades que hablan de lo bien tratadas que han sido en la Argentina, en realidad no es más que otra forma de eludir el racismo que realmente existe.

    Activistas antirracistas señalan que el racismo en Argentina no es el que se dice en redes sociales, pero sí existe.

    Activistas antirracistas señalan que el racismo en Argentina no es el que se dice en redes sociales, pero sí existe.

    Existe el “cabecita negra”, esa denominación absolutamente despectiva que la sociedad porteña les dio a quienes apoyaron al primer peronismo en 1945, y que siguió operando desde entonces, con variaciones.

    “El nacionalismo mundialista es sumamente peligroso, porque aporta a un borramiento sistémico de nuestros sectores racializados”, considera Pistoia. Y cuando habla de borramiento, no dice que haya desaparecido toda la población negra. “Hubo y hay un borramiento sistémico que es como si no existieran, se cuentan historias en las que fueron protagonistas, proveedores, productores como si ellos no existieran. Eso sigue pasando el día de hoy”, asegura.

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    En ese punto, lo más importante es escuchar a las personas que viven esa realidad, las personas racializadas. “El racismo se puede manifestar de múltiples formas”, sostiene Gómes.

    En las redes, los argumentos que se esgrimen refieren a la ausencia de una segregación legal como la que tuvo, hasta hace muy poco tiempo, Estados Unidos. El otro argumento que aparece en “defensa” de Argentina es que “no fuimos colonialistas como países europeos, lo que es cierto”.

    Un organizador social

    “Sí hemos tenido un tipo de racismo que ha sido muy eficiente en sus consecuencias de desigualdad”, sostiene Gómes. Tampoco es un rasgo únicamente argentino. “En Latinoamérica, una característica de nuestras sociedades es que no fue necesario establecer un sistema de segregación legal, porque el propio racismo como sistema económico organizador de las relaciones sociales se encargó muy eficientemente de generar condiciones de desigualdad para las personas racializadas en general, no solamente afrodescendientes”, desarrolla la docente universitaria y activista.

    Para ella, la sociedad argentina elude esa revisión. “Tenemos una dificultad para entender cómo funciona nuestro propio racismo, que es muy distinto del que existe en Brasil, en Colombia, en Estados Unidos o en Europa”, enumera.

    Por eso no se pueden aplicar las mismas categorías que en otros países, pero ese argumento, que “no nos pueden imponer cómo vamos a discutir”, no debe dejar de lado que tampoco se está discutiendo con nuestras propias categorías raciales.

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    “Hay una negación total de entender el racismo, de asumirlo primero y de entenderlo después, porque creemos que quizás tenemos como muy instalado en nuestro sentido común que el racismo es lo que vemos en las películas estadounidenses”, señala Gómes.

    Está claro que no existen ni existieron baños para blancos y baños para negros, pero esa no es la única forma posible de racismo.

    “Tenemos, producto de nuestra propia historia, una forma muy particular en que se expresa y quizás no es tan evidente, aunque hay casos de violencia”, señala Gómes, que enseña en sus clases el fallo de la Corte Interamericana de Derechos Humanos contra Argentina por el asesinato del activista afrodescendiente José Delfín Acosta Martínez por parte de la policía, el 5 de abril de 1996.

    “También tenemos en nuestro país, y no se conocen, casos de violencia institucional sobre pibes de barrios populares que no son pibes blancos, pero no se leen como violencia policial racista”, sostiene Gómes.

    Una discusión pendiente

    Uno de los argumentos que se escuchó en estos días es que Argentina es “clasista” y no “racista”. “Reducimos las discusiones a las cuestiones de clase, como si pudiéramos reducir todo a la cuestión de clase, cuando evidentemente no es así y por eso también nos cuesta tanto hablar de racismo”, sostiene Gómes.

    Gómes refiere al antropólogo Alejandro Frigerio, que analiza cómo la llegada de personas no blancas, corrientes migratorias internas que se hicieron visibles con el peronismo pero ya existían en la sociedad, “genera personas racializadas: indígenas, afroindígenas, marronas”.

    “Esa llegada masiva puso en jaque a la blancura porteña y reconfiguró todo el sistema de categorías raciales de Buenos Aires. Y eso desplazó la discusión del racismo al clasismo, porque empezaron a hacer énfasis en que era gente pobre que vivía en las villas, que eran peronistas, obreros, que tenían costumbres incivilizadas para los ojos de la blancura porteña acomodada. Pero en realidad esas personas eran oscuras de piel”, relata Gómes.

    Porque el racismo es una construcción social, no biológica. “Y sigue operando, pero nadie habla de eso”.

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    Sin embargo, el activismo afroargentino existe y resiste.

    Pistoia, por su parte, considera imprescindible escuchar “a la comunidad afro, que es a la única que parece que le importa la discusión argentina, el sector racializado que tiene reclamos concretos, materiales, tanto con el Estado como con la sociedad”.

    Escuchar a quienes lo viven

    Y eso tendrá una expresión este fin de semana en Rosario, con la cuarta edición de la Asamblea Federal de Mujeres, Lesbianas, Bisexuales, Travestis, Trans, No Binaries, Intersex (MLBTTNBI+) y otras identidades y expresiones de género Afrodescendientes de y en Argentina, de la que participarán activistas, organizaciones y referentes afrodescendientes de distintas provincias del país. El domingo cerrará con una marcha al Monumento a la Bandera.

    Para Pistoia, ese borramiento se profundiza cada vez que discursos nacionalistas insisten en que Argentina no es un país racista.

    Para no negar lo que pasa, para transformar la realidad, es necesario hablar, y volver a hablar, de fenómenos tan estructurales como el racismo y el machismo.

    Lo ocurrido en los últimos días dejó en claro que “es muy difícil tratar de hablar honestamente de racismo en Argentina”, considera Gómes.

    Por eso, cada vez que alguien diga que una persona es “negra de alma” o trate a alguien de “negro villero”, el racismo estará presente. Nadie puede mirar para otro lado.

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