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La violencia nunca educa: cómo detectar el maltrato hacia niñas y niños en los jardines

Tras lo ocurrido en el jardín maternal de Rosario, donde una directora zamarreaba, levantaba del brazo, arrastraba y hasta mordía a niñas y niños de 18 meses a 4 años, aparece la pregunta sobre los indicios de una situación de violencia. Una cultura del castigo que debe quedar atrás para siempre. 

Las imágenes se repitieron en todo el país, por la televisión, en las redes sociales, en las páginas de noticias: la directora del jardín maternal “Coloreando” de Rosario zamarrea, arrastra del brazo y hasta muerde a niñas y niños de entre 18 meses y cuatro años. En la puerta de la institución, un padre cuenta que su hijo empezó a “pedir perdón por todo”, otros llegaban a casa con moretones o lastimados. Y la pregunta: ¿hay una forma de advertir a tiempo que una niña o un niño está sufriendo maltrato?

“Hay dos tipos de maltrato, el que es disruptivo de la vida cotidiana, que se manifiesta en cambios de conducta y retrocesos en pautas madurativas y hay otro tipo de maltrato, más crónico, como pueden ser los intrafamiliares, donde se ve un nivel de vulneración más importante”, deslinda la psicóloga Natalia Amatiello (matrícula 3323), docente de la Universidad Nacional de Rosario.

Si se pone el foco en la violencia –eso es todo maltrato– que irrumpe desde una institución, como es el jardín, lo que señala Amatiello es que en la vida cotidiana “se dan signos de esos maltratos, que pueden ser los cambios de conducta, retrocesos en pautas madurativas. Lo que mayormente se ve es que un niño o una niña que lograba controlar esfínteres, empiece a hacerse pis, o que lograba dormir solo, puede empezar a tener necesidad de ser acompañado o ir a la cama de su papá. También pueden presentarse disfluencias del habla, se han visto muchas sintomatología en la piel, pérdida del cabello, síntomas típicos también, y todas esas son evidencias de lo que está sucediendo, que no puede ser puesto en palabras”.

La descripción está acompañada por una “clave”. “Los niños y niñas muy pequeños entienden que los adultos los cuidan. Entonces, si lo maltrata un adulto que está a cargo de un jardín, una institución, va a entender que eso es para su cuidado, por eso no lo puede relatar con palabras”.

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Para el psiquiatra Lucas Raspall, subsecretario de Desarrollo Humano de la Municipalidad de Rosario, “lo que corresponde siempre, y este debería ser nuestro norte en todos los casos, es conversar mucho, desde muy pequeños”.

Para hablar, es necesario saber que habrá una escucha. “A veces hacemos preguntas cerradas de ¿cómo te fue hoy? Y la respuesta es bien. ¿La pasaste lindo? Sí. En esas preguntas no se movilizan conversaciones profundas, hay que ir a preguntas más abiertas, que faciliten la conversación. Eso tiene que llevarnos tiempo todos los días, eso habilita a que los chicos nos cuenten cosas espontáneamente”, enfatiza Raspall.

A la hora de hablar de otros indicios, considera que son “más inespecíficos”, como “irritabilidad, cambios en el estado de ánimo, cambios en el sueño, cambios en el apetito. Son los lugares donde se pueden enfrentar algunas situaciones complejas o estresantes que vive un niño, porque el maltrato en cualquiera de sus formas estresa, supone un nivel de tensión y se va a manifestar en aquello que es propio del mundo de ese chico, de esa chica, a veces se puede desplegar en el juego”. Se le puede notar “más asustadizo, más impulsivo, puede que empiece a pegar, que ese maltrato que él pudiera vivir en otro espacio, lo exprese así”. Pero considera que tras episodios de tanta difusión como lo ocurrido la semana pasada en Rosario, una mamá o un papá, preocupados “pueden llegar a ver fantasmas donde no los hay”. Por eso aboga por tener una actitud activa: “Nada resuelve por sí solo la complejidad del problema, pero es bueno tener mucha comunicación con el jardín, con la docente, con el directivo, con otras madres y padres”.

La clave es tiempo y atención.

Valores tradicionales

El otro problema es cultural: si bien los nuevos paradigmas entienden a las niñas, niños, niñes como sujetos de derecho, existe una vieja tradición de considerarles propiedad de sus padres y creer que se aprende con el castigo y la disciplina. Son ideas difíciles de erradicar. “Algunas cosas han ido cambiando en el tiempo. Igual, creo que falta muchísimo camino por recorrer, primero y principal porque la sociedad en general todavía avala como legítimas ciertas formas, sobre todo de instalar límites, que son maltratantes. La amenaza, el silencio, la ley del hielo, el zamarreo, apurar, tironear, empujar, todas esas formas de maltrato que no deberían ocurrir jamás en un jardín”, plantea Raspall, quien subraya y sostiene que “el marco de la crianza y de la educación debe ser siempre en clave de respeto de los derechos de los niños y las niñas. Apurarlos porque estamos todos los días corriendo, no. Tironearlos porque no estamos llegando a algún lugar, no. Gritar porque suele congelar la conducta más rápido, no. Mandarlos a una esquina, no”, enumera.

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La naturalización de ciertos grados de maltrato es la principal preocupación de Fernanda Felice, licenciada en Fonoaudiología y profesora titular de “Lenguaje y Aprendizaje patológico” en la Universidad Nacional de Rosario. “En otros momentos, mucho más que ahora, estaba admitido, permitido o autorizado castigar físicamente o maltratar a través de la palabra. Pero muchas veces siguen persistiendo algunos de esos actos violentos. En realidad, muchos van sucediendo en la cotidianidad y quizás ni se registran como tales, incluso algunos se pueden observar hasta en la calle. A una niñita pequeña se le cae un objeto o tira un objeto por la calle y la persona adulta le dice que es mala, por lo que hizo, y esa sanción moral tampoco educa”, dice Felice, autora de los libros Cuentos desobedientes (para cuidar las infancias) y Diario de una princesa revolucionaria. “El riesgo es que esas niñas y niños aprendan a naturalizar la violencia, construyan vínculos que no son saludables, y si aparece el castigo físico, les enseñamos que la palabra no sirve para mediar un conflicto”, apunta.

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También Amatiello apunta que “en la teoría, estamos en otro paradigma social, pero todavía tenemos el sesgo del siglo pasado de considerar al niño como objeto. A veces se dice que un tirón de orejas, un chirlo dado a tiempo, sirven. Y en realidad, son acciones que inhiben la conducta, generan inhibición y miedo. La pregunta sería si esos son los niños que queremos, si esa es la manera de transitar la infancia que queremos”.

Que la situación de violencia se haya hecho visible por el accionar de una vecina también es importante, porque hay otra regla tradicional no escrita, que es la inacción externa ante la violencia contra niñas y niños. Raspall cree fundamental intervenir. “Hay que meterse. De distinta manera de acuerdo a cada situación, si es la casa de un chico, si es el jardín, si es la plaza, siempre va a cambiar la manera en que lo hacemos, pero hay que intentar torcer el rumbo de un maltrato hacia un niño”, apunta.

Mientras tanto, los videos de esas niñas y niños siguen visibles en miles de sitios. ¿Es necesario? Cumplieron su cometido: denunciar y cesar el maltrato. Ahora, sólo sirven para que durante mucho tiempo, para siempre, sean las imágenes vívidas de un maltrato que esas nenas y nenes necesitan dejar atrás.

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