Casi 300 kilómetros separan la árida ciudad de Vera, pequeña localidad de 20 mil habitantes ubicada en el norte de la provincia, de la costera comuna de Arroyo Leyes. Amantes de la pesca, Estela Ríos y Benito Sosa decidieron dejar aquella localidad para radicarse en una pequeña casita a la vera del arroyo Potreros: la casa estaba abandonada, así que pagaban un módico alquiler a cambio de que pudieran ir poniendo la vivienda en condiciones.
Estela y Benito eran dos adultos jóvenes, tenían menos de 60 años, pero presentaban algunas limitaciones en su salud: ella había perdido de manera casi total la visión, mientras que Benito solo veía con un ojo, y de manera reducida. Además, debían tomar medicación y mantener un control médico periódico por otras cuestiones de salud. "No hay manera que se hayan ido a vivir a otro lugar sin avisarnos", insistieron sus allegados.
Sin embargo, eran dos personas activas que se manejaban de manera independiente, y en Arroyo Leyes habían encontrado la vida que querían: rodeados de naturaleza, a la vera del río, donde podían salir a pescar cuando quisieran. Estela y Benito eran jubilados y tenían una pensión, y además el “Gallego” como le decían en la zona, se había ganado la confianza de los lugareños a base de responsabilidad y trabajo para hacer el mantenimiento de las quintas del fin de semana.
En el mismo lugar, pero en el margen contrario del río, en la zona de islas, residía Daniel Vasilovsky, un baqueano que cultivaba verduras y habitualmente les vendía carnada a Estela y Benito. Al igual que el Gallego, Vasilovsky también se dedicaba al mantenimiento de quintas: “parece que no era un hombre muy responsable por los que nos decía la gente de la zona, y cuando llegó mi papá se le empezó a reducir el trabajo; parece que eso lo enojó”, relató Daniel, hijo de Benito, en diálogo con Fabiana Chapero por Emergencias 911.
Oriundos de un pequeño pueblo cercano a Vera, llamado Paraje El Cerrito, estuvieron un tiempo viviendo en Vera donde llevaban una rutina muy tranquila: Benito trabajaba en el Servicio de Agua potable hasta que comenzó a tener problemas de salud debido a la diabetes y quedó sin trabajo, luego se jubiló con el mínimo ingreso. Estela era ama de casa, y pensionada con la mínima.
Decidieron entonces radicarse en Arroyo Leyes “como una especie de distracción, les gustaba la isla, les gustaba pescar, trabajo acá en Vera no había y allí consiguió trabajo cuidando las casas de fin de semana, haciendo trabajos de poda… Y esa era su vida: durante la semana mantenían las casas de los lugareños y salían a pescar”, resumió Daniel.
A pesar de la distancia, el contacto con la familia que había quedado en Vera era permanente: “nos comunicábamos continuamente, ellos venían sí o sí una o dos veces por mes a Vera, y yo viajaba para arroyo leyes también cada uno o dos meses y nos quedábamos con ellos”, recordó Daniel.
Al lado de la casa que alquilaban en Arroyo Leyes vive una tía de Estela, la última persona de la familia que habló con ellos la mañana del 19 de diciembre de hace cuatro años, cuando los vio salir a pescar como lo hacían de manera habitual. Esa semana además se estaba quedando con ellos un sobrino que salió temprano al sanatorio y cuando los llamó por teléfono al mediodía ya no los encontró.
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La investigación comandada por el fiscal Omar De Pedro permitió determinar que Estela y Benito fueron hasta la casa de Vasilovsky… y de allí no salieron: el baqueano los atacó con un arma blanca, y luego abrió los cuerpos para que no floten al tirarlos al río. El plan salió casi a la perfección: los restos no aparecieron, pero Daniel Vasilovsky fue condenado a 25 años de prisión como autor del crimen.
“La sensación es horrible, yo hasta el día de hoy no lo puedo creer, uno acepta que ya no están, pero es una amargura que te agarra cada cumpleaños, cada fiesta… cuando había un cumpleaños de cualquiera de la familia, él era el primero que llamaba, a las 12 y un minuto, estábamos permanentemente en contacto, eso es algo que no se recupera más”, se lamentó Daniel.
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