Hay un tipo de soledad invisible, imperceptible. Una soledad que nada tiene que ver con la ausencia física de un otro.
Es una soledad tan naturalizada que no se deja ver, se oculta detrás de mandatos sinsentido, de modos de crianza y micro violencias cotidianas.
Esa soledad del “ocupate vos” cuando tiene que ver con los chicos, con lo doméstico. Y del “Dejame a mí” cuando se trata del afuera, del mostrar poder y dominio.
Esa que sentís cuando no pudiste estar en el acto, en la reunión de padres, porque tu trabajo también era importante.
Esa soledad del “qué harías sin mí”, del “a dónde vas a ir si no sabés hacer nada, no tenés un mango” o “no sabés lo que es trabajar para poder sostener todo esto”.
Esa del “sos demasiado sensible”, “no tenés humor”, “estás exagerando”, “qué pasa ¿te vino?”
Esa otra, la de la mesa del domingo, cuando sin darte cuenta te quedaste juntándola sola, lavando y dejando el corazón, escurriéndose en el seca platos. Sola porque todos tenían algo más importante que hacer.
Es una soledad que se siente en las tripas, en la sien, acá justo acá, en ese huequito que se forma en el pecho.
Es la soledad que se siente cuando no podés decir lo que de verdad pensás,
cuando tus ideas o posicionamientos carecen de valor, no están a la altura, son intrascendentes
cuando preferís callar para no ser juzgada duramente,
cuando quien te mira lo hace desde sus propios prejuicios,
cuando sentís que ese lugar, esos abrazos, esos ojos
te hacen menos libre.
Esa soledad suele ser peligrosa,
porque es fácil de disimular,
porque traicionarte se vuelve sencillo e inevitable.
porque es como morir de a poco.
De esa soledad me hubiera gustado que me liberen hace unos años, que alguien me hubiera contado que ser madre es una opción, no una obligación, que podía elegir no serlo y que eso no me hacía egoísta, poca mujer, incompleta.
Que para construir un vínculo sano es necesario hablar, decir, poner en palabras, que las conversaciones incómodas son las que nos liberan, nos permiten vivir relaciones más sanas y honestas. Que hay que hablar porque siempre habrá alguien que me escuche. Aunque a veces sienta que el mundo es completamente sordo y cruel.
Que a muchos no les va a gustar lo que piense, lo que diga o como viva, que no me van a querer todos y eso va a estar bien.
Que nada puede serme negado solo por ser mujer y que tampoco tengo más obligaciones por serlo.
Que puedo elegir qué deporte practicar, qué oficio ejercer, qué juegos jugar, qué ropa vestir y nada de eso me define.
Que tender la cama, hacer hogar, criar amorosamente, pasar horas haciendo la tarea, son acciones que no discriminan género ni roles. Que las responsabilidades se comparten porque la casa es en común, los hijos, el perro y la ropa sucia también.
Que no depende todo de mí y que no soy más mujer por mostrarme siempre ocupada, a mil, productiva. ¿A quién quiero impresionar?
Que mi cuerpo es hermoso y no es territorio de conquista ni trofeo.
Que los celos no son una prueba de amor.
Que desear, sentir, excitarse, vibrar, amar libre, también es de minas.
Que ser mujer es hermoso, difícil, desgarrador, mágico, espantosamente cruel, poderoso.
Que nunca tengo que dejar de buscar la libertad, que el verdadero hogar es ese en el que puedo descansar el alma, dejar de escapar y ser yo, con mis roturas, deshilachados y potencias.
Que la violencia nunca, pero nunca es una opción.
Temas
Te puede interesar


