- ¿Te puedo encargar una torta?
- Dale, decime para cuándo la necesitás y te la mando.
No, Lucía no es panadera pero es habitual que reciba este tipo de pedidos desde que comenzó la cuarentena. Ya hizo cerca de cincuenta tortas en poco más de un mes. No hay harina, billetes, ni cadetería involucrados. ¿El truco? Son tortas dibujadas para mandar a gente que pasa sola su cumpleaños.
“Creo que dibujar una torta es un gesto posible para demostrarle a otra persona que estás pensando en ella. Dibujar es mi herramienta y la ofrezco a otros”, explica la dibujante rosarina Lucía Seisas. Ni globos ni regalos, cuenta que siempre son tortas: “Me encanta cocinar en la vida real, creo que cuando le cocinás a alguien le estás regalando tu tiempo y prestando atención”, acota.
La aventura arrancó por casualidad, cuando apenas había comenzado el aislamiento social, preventivo y obligatorio, a fines de marzo. “Vicky, una amiga que vive en Berlín, cumplía años. Con ella integramos la Cuadrilla Feminista y como en el grupo somos muchas dibujantes e ilustradoras se me ocurrió proponerles a las demás que la sorprendiéramos con una serie de tortas dibujadas”, recuerda. Y así fue.
La Cuadrilla Feminista es un colectivo editorial y artístico integrado por ilustradoras y trabajadoras gráficas rosarinas. Se conocieron en un Encuentro de Mujeres y se dieron cuenta de que tenían mucho en común. Joaquina, también parte del grupo y una de las aliadas en la sorpresa a Vicky, le recordó a Lucía que ella también estaba por cumplir años y pidió tener su torta dibujada. “Ahí fue cuando tomé conciencia de quiénes cumplían los años en cuarentena, hacía muy poquito que estábamos encerrados”, explica. “Me quedé pensando que era un buen gesto dibujar una torta a quien no pudiera tener fiesta con amigos. Dibujé entonces una torta y la compartí en redes”, rememora.
“Fue algo que compartí sin pensar mucho, no sabíamos aún cuántos días iba a durar el encierro”, señala Lucía. La respuesta la sorprendió. El primer día le escribieron cinco personas con encargos, el segundo fueron seis y así se fueron sumando solicitudes. Terminó dibujando más de veinte tortas durante la primera semana. “Me llenaron de pedidos como si fuera una panadería”, grafica.
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Mientras habla, revisa sus papeles. "Tengo en una lista anotados muchos nombres de personas que no conozco y fui tachando a medida que les hacía las tortas: Paula, Felipe, Martín... Son dibujos chiquitos, simples. Primero las hacía en hojas sueltas, pero ahora ya van todas a un cuaderno que bauticé ‘La libreta de las tortas’", cuenta. Lleva dibujadas unas cincuenta y no sabe hasta cuándo seguirán los pedidos. Cuenta que en últimos días fue bajando un poco la demanda, quizá porque al relajarse las restricciones y ampliarse el comercio virtual ya muchos cumpleañeros reciben pasteles comestibles.
Al principio, Lucía seguía el rastro de las tortas que cocinaba en papel. Las mandaba por privado pero pedía al amigo del cumpleañero que la arrobara en redes al compartirla para estar atenta al trayecto del dibujo. “Después dejé de pedir que me etiquetaran. Las solté, para que las tortas hicieran su propio camino”, ríe.
Algunos amigos se enojan con la dibujante porque es algo distraída y suele olvidar cumpleaños. Pero cuando sí se acuerda, prepara esas tortas con ingredientes especiales. “Para el cumple de Flopy, una amiga que vive en Bariloche, le puse montañas a la torta. Otra torta que publiqué para Abi, que trabaja conmigo, la hice con galletitas de agua y mate cocido porque siempre moja sus galletitas en el mate y me parece gracioso. Cuando es gente que conozco les agrego detalles, cuando no los conozco las tortas son algo más estándar”, aclara.
Una torta en particular que recuerda haber dibujado es la dedicada al presidente, que cumplió el 2 de abril. “Era la medianoche, habían pasado apenas unos minutos del cumple de Alberto y me escriben mis amigas para que le haga una torta. Les dije que la dibujaba a la mañana siguiente, que estaba cansada y me fui a dormir. Pero me siguieron insistiendo así que me levanté y le hice la torta en ese momento”, detalla. Lamenta en el apuro no haberle agregado un corazón, pero sí estuvo lo suficientemente despierta para sumarle unos banderines que lo celebraran especialmente. No fue una torta más.
La dibujante recuerda, conmovida, cuando una amiga la tomó de ejemplo. “Analía, que vive en Santa Fe, me encargó dos tortas. Poco después ella me imitó y le dibujó una torta a un amigo. Se filmó mientras la dibujaba con birome, contando que yo la había inspirado, y resaltó después con marcador el dibujito de la llama, como encendiendo la velita, un gesto que me emocionó”, admite. “Me divierte la idea de contagio, cuando alguien se apropia de una idea tuya y la idea va mutando. Es lindo inventar un recurso amable en este contexto raro y nuevo”, sostiene. “Es un contagio de los buenos”, aclara riendo, intentando darle otra carga a una palabra que lleva particular peso en este contexto pandémico.
Lucía se recibió de arquitecta en la Universidad Nacional de Rosario y trabaja en el Museo Histórico Provincial Julio Marc, ubicado en el Parque Independencia, pero su mundo es el dibujo. Es una actividad que hace desde que era muy chica. “Uno de mis primeros recuerdos es mi mamá yendo a dormir la siesta y yo pedirle que me deje estar despierta para dibujar”, evoca. “Estudié Arquitectura pensando que tenía que ver con el dibujo pero trabajé poco en un estudio y enseguida me aburrí. Ahí empecé a dibujar pero tiraba todos mis dibujos. Hasta que mi hermano Marcelo vio un dibujo mío de la moza de un restaurante chino que teníamos enfrente de casa, le gustó y lo subió a Face. La imagen tuvo tantos likes que me hizo pensar”, reconoce. Empezó entonces a publicar en redes sus dibujos y poco después le llegó su primer pedido profesional, cuando un amigo la convocó para trabajar para un restaurante. “Ahí me dije: qué bueno que me empiecen a pagar para dibujar, no sabía que podía ser así. Hoy no es mi principal fuente de ingreso pero es lo que me define”, resume.
Otro click en su carrera fue el Festival Furioso de Dibujo, un espacio de talleres, charlas y encuentro para artistas y aficionados del dibujo que se repitió en varias ocasiones en Rosario. “Me encontré dibujando con mucha gente cerca. Fue cuando dejé de dibujar sola y empecé hacerme amigas que también dibujaban”, comenta. También en el museo donde trabaja pudo cruzar sus mundos: el año pasado, cuando la institución cumplió 80 años, convocaron a más de 30 dibujantes para trabajar con las colecciones del museo. Fue feliz con esa experiencia.
“Mi proceso de dibujo es totalmente analógico. Dibujo en libretas o papel. Cuando me toca ilustrar por trabajo hay procesos de digitalización y edición en compu. Pero el corazón es analógico”, remarca. Los cuadernos que usa Lucía son chiquitos, del tamaño de un pasaporte. Una vez que define la paleta de colores y los materiales que va a usar en determinado cuaderno, arma con esos elementos una cartuchera (“en realidad es una bolsita de arroz”, aclara) y todo va a la mochila. Claro que hoy la mochila está en su casa, esperando poder salir, como ella y el resto del mundo.
“Hasta hace 40 días dibujaba siempre en bares. Una hora, dos, tres. Un bar diferente según el día”, cuenta. En tiempos no pandémicos, Lucía tiene un circuito de bares rosarinos estratégicamente ubicados, a los que acude según el momento de la semana. Algunos son clásicos como El Molino, donde pide un vaso de soda grande y ya todos los mozos la conocen. De tanto ir a Bigba Café se hizo amiga de la dueña, cuenta. En el céntrico bar Homero se junta a dibujar con amigas. También tiene un bar cerca de su casa, con vista al río Paraná y en alguna etapa dibujaba de madrugada en el parisino Pasaporte, de la bajada Sargento Cabral. Entre muchos otros espacios.
“El dibujo es un refugio, no me imagino la vida sin dibujar”, confiesa. Hubo, sin embargo, un momento complicado en 2017. “Fue parecido a este encierro porque tenía que estar adentro y recuperarme”, traza el paralelo. Fue cuando falleció su hermano Ito, en un siniestro vial en una esquina rosarina donde no funcionaba el semáforo. Tras su muerte, Lucía y su familia organizaron marchas para visibilizar que había cosas que no funcionaban en la ciudad y que a cualquiera podía pasarle algo similar a lo de Ito si no se resolvían.
“No podía dibujar, entonces empecé a bordar y tejer tapices. Fue traducir mis dibujos a otra técnica. Así que ahora en encierro además de dibujar, bordo y tejo”, enumera. Cuando llegó el momento, cuenta que volvió al dibujo para sanar. “A los seis meses del accidente de mi hermano les pedí a tres amigas dibujantes y artistas que me acompañaran a la esquina donde había ocurrido. Hicimos una intervención en la persiana de una farmacia. Puede sonar algo loco, pero fue importante para mí poder convertir la energía de un lugar”, revela.
Un recuerdo que tiene grabado a fuego junto a sus hermanos son las cargadas que recibía por, precisamente, las tortas que aportaba a los encuentros familiares. “Mis tortas siempre fueron lindas pero no eran ricas. Mis hermanos las llamaban ‘tortas clavo’ porque daban ganas de cortar un pedazo pero después desilusionaban en sabor. Cuando había reunión familiar me pedían que llevara ‘torta clavo’ sin importar si era de vainilla, chocolate o cómo la decorara”, ríe. Con los años sus habilidades culinarias mejoraron, aclara: hoy sus tortas además de lindas son muy ricas. “Hago incluso tortas temáticas. En un año nuevo chino me junté con amigos en casa, hice una torta de la abundancia con tiritas como un cumple de quince, y también hice alguna vez torta especial por el día del trabajador. Es mi forma de demostrar el amor a amigos y mi familia”, sostiene.
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En estos particulares días de encierro, Lucía viene cocinando bastante. Pero, sin duda, la receta que más repite es la de las tortas en papel. “Me levanto ahora pensando todos los días en quién cumple años, una de las primeras cosas que hago es dibujar las tortas encargadas. Tengo listita y voy tachando”, cuenta. “Creo que no hago tanto la torta por el cumpleañero, lo hago pensando en el amigo que quiere llegar al cumpleañero de alguna manera y no sabe cómo. Tengo el recurso del dibujo, que está bueno siempre, porque cuando le querés decir algo a alguien y no sabes cómo siempre lo podés dibujar”, medita.
“Dibujar tortas es un gesto, no le cambia la vida a nadie pero algo aporta. Si cada uno pudiera pensar en las cosas que hace y las herramientas que tiene, y cómo puede ponerlas al servicio de otros, sería bueno”, analiza. Si bien Lucía no quiere caer en romantizar la cuarentena, se sincera: “Creo que toda salida es colectiva y siempre necesitás al otro. Podría dibujar solamente en mi libreta y sería feliz, pero está bueno escuchar la necesidad del otro y ver si podés aportar algo a su vida”. Harina, huevos, crema y dulce de leche. O papel, lápiz, marcadores y fibrones. Como dicen los mejores chefs: poco importan los ingredientes, lo que importa es que la receta mantenga su espíritu.
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