Día del Padre: más allá de la biología, un vínculo que se construye día a día

Familias ensambladas y vínculos no tradicionales le dan otro color al día del padre y muestran nuevas formas de ejercer la paternidad, con presencia cotidiana.

Paternar es un verbo mucho más acorde a la tarea cotidiana que implica la paternidad.

Paternar es un verbo mucho más acorde a la tarea cotidiana que implica la paternidad.

¿Qué es ser padre? En el Día del Padre, la pregunta es amplia, y habilita miles de respuestas. Luis tiene una: “Es pensar por lo menos una vez al día en las necesidades que creo o imagino que tienen”. Por un lado, reconoce que “suena abrumador”, pero también considera que “hay algo inexplicable que nos permite disfrutar de paternar”.

Paternar es un verbo mucho más acorde a la tarea cotidiana que implica la paternidad. En hogares ensamblados, hay otros varones que eligen hacerse presentes a partir de los vínculos con las madres. No reemplazan, pero sí suman y acompañan en la ardua tarea de la crianza.

Inés y Facundo se dicen “Te quiero mucho” y se abrazan. Los dos están emocionados. Facundo tiene 36, es la pareja de Lara, la mamá de Inés. Se nota que no hablan mucho del tema y sin embargo, es natural que la adolescente de 14 años, le diga “mi viejo” o “mi papá”.

En el Día del Padre, otras formas de construir un vínculo paterno.

En el Día del Padre, otras formas de construir un vínculo paterno.

Viven juntos desde que ella tenía 6 años, antes de empezar la escuela primaria, cuando se mudaron desde Entre Ríos hasta Rosario, justamente, porque la pareja iba a convivir.

“Mi papá biológico se separó de mi mamá y él (Facundo) a veces venía a comer y yo no lo conocía. Entonces, me iba a la pieza de mi mamá y comía ahí. La primera vez que yo interactué con él fue porque me había llevado un chocolate y para que yo pudiera reclamarlo, le tenía que dar un beso y lo tenía que saludar”, cuenta Inés, una adolescente adorable que interrumpe su estudio para una prueba cuatrimestral para hacer la nota. Lo mira a Facundo y le dice: “No sé si vos te acordás”.

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Facundo se acuerda sobre todo de sus nervios. “Estaba muy nervioso porque no soy muy afectivo”, dice y lo desmiente su cercanía presente con Inés. “Estaba empezando la relación con Lara y era un nerviosismo, tenía miedo de que ella me rechace o de que yo mismo no me enganche con ella”, cuenta.

El día que se conocieron, el miedo se diluyó. “La primera vez que fui a comer a la casa de Lara, como algo más formal, enseguida la vi y pegamos onda. La quise, me cayó bien desde la primera vez”.

Considera que ella lo “aceptó” y siempre tuvieron “muy buena onda”. Aunque al principio, notaba que ella estaba celosa. “Me decía que quería que yo siguiera siendo el amigo de Lara. Me aclaraba: ‘yo te requiero, pero que seas el amigo’, tal vez celosa de que la madre comparta el amor”.

No se trataba de un vínculo “disfrazado”, como tantas veces que se presenta a alguien como “un amigo” de la mamá. Facu y Lara —hay que decirlo— fueron amigos desde muy pequeños, como una especie de versión argenta de Cuando Harry conoció a Sally, clásica comedia romántica de 1989. Así que entre la amistad y el amor, corrió mucha agua bajo el puente. Pero esa es otra película.

Así las cosas, ya habían compartido un viaje. “Habíamos ido de vacaciones juntos a Uruguay y era el amigo de mi mamá. Hasta que una vez vi que se dieron un beso”, explica. Así se cuenta en esa familia ensamblada el comienzo de la relación: “En realidad el aniversario del Facu y de mi mamá es porque fue la primera vez que yo vi que se dieron un beso y yo lo coroné como su primer beso”, se ríe, y aclara: “Mentira”.

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Para ella, entonces, fue el primer beso de su mamá con la persona a la que hoy también le dice papá. Al principio, traía aparejado un miedo importante para Inés. “Me acuerdo de que me puse a llorar porque pensé que mi mamá no me iba a querer más”, cuenta ahora, cuando ese fantasma —no lo dice así, pero se nota— le parece ridículo.

La convivencia fue el paso posterior. “Cuando me mudé acá empezamos a vivir juntos y se ensambla la familia y está todo bien”, dice ahora Inés.

—Pero vos le decís papá, no hablás de tu padrastro…

—Inés: Cuando hablo de él, hablo de mi viejo y si tengo que hablar de mi papá biológico, digo mi viejo, el de verdad. Porque papá biológico suena medio formal.

Ahora le suena natural, pero cuando tenía seis, aprovechó que la mamá fue a hacer un mandado para preguntarle si le tenía que decir papá.

Así lo cuenta Facundo: “Estábamos volviendo a hacer un mandado porque estábamos poniendo a punto la casa. Lara fue a hacer otra compra y nosotros volvimos solos. Ella me pregunta, si ahora me tenía que decir papá. Me acuerdo que me sorprendió, después de mucho tiempo, ahora nos reímos. Y no me acuerdo qué le dije, pero sospecho que le debo haber dicho que me dijera como quisiera. Igual que ahora, que me diga como quiere, como ella se sienta cómoda”.

Pasiones compartidas

Cómoda es una palabra que sienta bien a esa escena en el living de un departamento céntrico de Rosario.

—¿Qué cosas compartís con este papá de acá?

—Inés: Compartimos la música y, aunque no me gusta tanto el fútbol últimamente, somos los dos de Boca. Aunque ni en pedo lo llego a alcanzar a él, también me gusta leer. Ahora casi no estoy leyendo, pero está bueno leer algún cuento entre los dos y hablar de todo un poco, de política, casi siempre estamos rondando la política, la música y la vida.

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Como pasa en cualquier familia, ensamblada o no, los traslados cotidianos, ya sea a la escuela o a los encuentros con amigos, son parte de lo compartido.

Cuando Inés habla de “la música” se refiere especialmente al Indio Solari, los Fundamentalistas del Aire Acondicionado y los Redonditos de Ricota. Un gusto musical que Facundo le transmitió. Así es como, con sus amigas, tienen una banda tributo a los Redondos que se llama Susanita y va a debutar a fin de julio en el bar García, de Rosario. Al parecer, a Facundo no le sale tan bien lo de los límites, así que eso queda más a cargo de Lara.

—Y si Facundo y Lara no estuvieran más juntos ¿vos lo seguirías viendo?

—Inés: Obvio.

—¿Quieren decir algo más?

—Inés: Me hace emocionar. Que estoy muy feliz con esta familia ensamblada, la verdad que quiero mucho a mi papá.

—Facundo: Yo quiero mucho a mi hija.

Construir la paternidad

La paternidad es una tarea cotidiana, y esa es su mayor magia. Eso no quiere decir que, para paternar, haga falta convivir. Y tampoco implica romantizar toda familia ensamblada. Hay un dicho popular que postula: “Cada familia es un mundo”. Lo cierto es que muchísimos padres no necesitan un análisis de ADN para serlo.

Pero estas historias, que muestran que muchas veces la paternidad excede a la biología, conviven con otra realidad menos luminosa. No siempre la figura paterna implica presencia, cuidado o acompañamiento cotidiano.

En la Argentina —si bien no hay datos actualizados—, hay altos índices de padres que dejan de ver a sus hijos, y el 11,7% de los hogares monomarentales (sólo con jefatura de una mujer), significan alrededor de 1,4 millones de hogares, la cuarta parte del total. En esos hogares, la ausencia material y simbólica del padre es notoria: casi el 70% de los progenitores no cumplen con el pago de la cuota alimentaria.

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Luis supo ganarse un lugar privilegiado en el corazón de las tres chicas que paternó. Tiene un hijo de 17, y crió a otras tres desde que se puso en pareja con la mamá. Ellas tenían 11, 9 y 6 años hace 22 años, cuando con Carina —así la llamaremos— decidieron vivir juntos.

Luis no se llama así pero prefiere el anonimato para no herir susceptibilidades del entorno familiar. También considera que la sociedad no le da el lugar que corresponde, todavía hoy, a este tipo de vínculos.

—¿Cómo fue la construcción de un vínculo?

—Creo que fue una elección de ellas, me dieron un espacio en sus vidas, por eso para mí fue una gloria esa decisión que ellas tomaron, fue un regalo de la vida ese vínculo que pudimos construir.

—¿En algún momento te dijeron papá?

—Hay una historia hermosa con respecto a esto de la palabra papá que me gusta recordar, en un trabajo para la escuela, la más chica tenía que escribir un trabajo para Lengua, enumerando las causas de sus miedos. Ella escribió: “Cuando mi mamá o alguien se van a comprar algo y me dejan sola”. Yo siempre me reí de ese recuerdo porque le dije que yo era “alguien” en su vida, ya que claramente hablaba de mí sin saber cómo nombrame. Igual, soy alguien en la vida de las tres y ellas me lo hacen saber con mucho amor. Para mí es un regalo muy importante. Con cada una tengo un vínculo distinto, con un lenguaje propio. Sé qué les divierte, cómo hacerlas reír y cuándo ayudarlas.

—¿Qué desafíos tuvo ese vínculo?

—Los desafíos siempre son de afuera, nunca del vínculo que tenemos entre nosotros. La sociedad no asimila todavía muy bien estos vínculos, tratan de nombrarlos, de definirlos, encasillándolos en una supuesta normalidad, bajo estereotipos que muchas veces no alcanzan.

Más allá del ADN

En este punto, Luis deja en claro que hay un sufijo que está fuera del imaginario familiar. Ni padrastro, ni hermanastro.

“Los cuatro fueron a la misma escuela. Un día, el profe de música que había sido profe de la hermana mayor le preguntó si eran hermanastros y él se enojó muchísimo. Odió esa palabra que para nosotros no existe, son hermanos. Bueno, este es sólo un ejemplo de que los desafíos son más de afuera que nuestros”, cuenta.

—¿Considerás que fue un vínculo paternal?

—No, ellas tienen a su papá y me tienen a mí. No creo que nada reste, se suma, hay cosas que hacen conmigo, desde aprender las tablas, hasta ayudarlas con las cosas que se les complican en la vida. Pero además tienen a su padre que suma en su rol.

Para Luis, es importante decir que todos fueron “muy dichosos de este encuentro y de lo que pudimos armar”.

No lo romantiza: “Es difícil frente a las instituciones como escuela, barrio, el propio Estado con tema permisos, temas de salud, etc. Eso debería modificarse y la verdad pasaron 22 años y el proceso es lento. El vínculo filial se piensa desde la unicidad”, reclama.

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Durante generaciones, la figura del padre estuvo asociada a la autoridad, la distancia o incluso a la mera función biológica. Mientras las familias cambian, también cambian los vínculos que las sostienen.

Luis y su pareja están convencidos de la necesidad de darle un lugar legal a ese vínculo, a partir de una triple filiación, que no reste responsabilidades, sino que las sume. “A diferencia de otro tipo de paternidades, lo nuestro es electivo, pero muy fuerte”, enfatiza Luis.

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