La historia de un padre santafesino que transformó el dolor por la muerte de su hija en conciencia vial
MEMORIA VIVA I Gabriel Cantelli, el papá que mantiene viva la memoria de su hija a través de la educación y el respeto al volante.
Gabriel perdió a su hija Yésica el 20 de diciembre de 2004.
A veces, la vida cambia en un instante, en una esquina cualquiera. Para Gabriel Cantelli, ese quiebre ocurrió el 20 de diciembre de 2004 en la intersección de Ricardo Aldao y Necochea, en el barrio María Selva de la ciudad de Santa Fe.
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Yésica, su hija, caminaba por la vereda junto a dos amigas cuando la violencia vial la alcanzó de la forma más imprevista: dos autos chocaron y uno de ellos, que circulaba a una velocidad excesiva, salió despedido. Recorrió unos 20 metros sobre la acera, embistiendo a las tres jóvenes.
Las amigas sufrieron heridas leves, pero Yésica se llevó la peor parte. Tras pelear por su vida durante 20 días en la terapia intensiva del Hospital Cullen, falleció el 12 de enero de 2005.
Hoy, Gabriel reside a solo seis cuadras de donde todo sucedió, conviviendo con la ausencia, pero también con una profunda certeza: la historia de su hija no podía reducirse a una cifra fría.
Del desconcierto a la acción: "Yésica no iba a ser un número de estadística"
El golpe inicial sumergió a la familia en una nebulosa. Gabriel recuerda esos primeros momentos como una laguna, un espacio donde cuesta asimilar la realidad de la pérdida. Sin embargo, el dolor no lo paralizó. Con el tiempo, y sostenido por su esposa Nélida y sus hijas Estefanía y Antonela, comprendió que debía darle un sentido a la tragedia.
"Llega un momento que dije: 'No, bueno, no quiero que el accidente de mi hija y la muerte de mi hija queden en un número de estadística'. Yésica es una persona, era una persona que tenía papá, mamá, hermanos, tíos, abuelos... y hay que darle un sentido a todo esto."
Ese sentido lo encontró en la ayuda al prójimo. Decidió no conformar una ONG para evitar los tiempos burocráticos y poder gestionar su propio tiempo entre su actividad comercial y su nueva vocación.
Su compromiso fue tal que, tiempo después, pasó a desempeñarse como funcionario en el área de tránsito de la municipalidad, lo que le permitió conocer de cerca ambas perspectivas de la realidad: la del ciudadano que reclama justicia y la del Estado que debe ordenar y educar.
Charlas que salvan vidas: la pedagogía del respeto
Con las herramientas que le dio la experiencia, Gabriel comenzó a recorrer escuelas, brindando charlas tanto para alumnos como para padres. Su enfoque va más allá del simple conocimiento de las señales de tránsito; para él, la clave radica en la educación ciudadana y el valor de la empatía en el espacio público.
"No solamente del respeto de la norma, sino del respeto a la otra persona. Saber que en la ciudad en donde uno se mueve hay otras personas también interactuando... Si uno no hace las cosas como tiene que hacerlo, pasa lo que pasa con Jessica: alta velocidad, accidente, muerte".
Su labor educativa ha dejado huellas concretas. Gabriel relata con emoción una anécdota ocurrida durante un operativo en la esquina de Gorriti y Aristóbulo del Valle (Blas Parera). Un vecino se le acercó para agradecerle: tras escuchar el testimonio de Gabriel, el hombre había decidido empezar a usar el casco. Apenas dos días después, sufrió un accidente vial que destruyó el protector, pero le salvó la vida. "Usted me salvó la vida", le dijo al entregarle el casco roto.
El legado luminoso de Yésica
Al hablar de Yésica, Gabriel la describe como una joven profundamente solidaria y luminosa. Tras su fallecimiento, el barrio le reveló facetas que él mismo desconocía, como las visitas espontáneas que ella realizaba a los adultos mayores de la zona para hacerles compañía. Esa esencia es la que hoy guía los pasos de su padre.
"Yésica era una persona luminosa y que hubiera hecho lo mismo. Si pasaba lo mismo conmigo, ella hubiera hecho lo mismo. O sea, yo aprendí mucho de ella, de su solidaridad, y dije: 'No, no, no, yo voy a seguir con su legado'. Somos una familia de no quedarnos con el problema, sino que salimos adelante."
Para Gabriel, el mensaje para quienes conducen de manera imprudente o bajo los efectos del alcohol es imperativo y directo: la calle se comparte y las normas existen para protegernos. Su última reflexión es un llamado urgente a la conciencia colectiva para evitar que más familias queden marcadas para siempre: "Piensen mucho que pueden ocasionar lo que pasó con mi hija, destruir una familia, marcarla de por vida... porque de la muerte no se vuelve".








