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Política | Elecciones 2021 | Gobierno nacional | Alberto Fernández

El nuevo gabinete y el rumbo de la economía: lo que cambió y lo que tiene que cambiar

El nuevo gabinete es solo un primer paso. El gobierno nacional tiene que dar un giro en sus políticas dirigidas a los sectores más vulnerables. Alberto conserva su equipo económico y Cristina propone aumentar el gasto social.

La derrota del Frente de Todos en las elecciones primarias del 12 de septiembre desató una verdadera crisis política en el gobierno nacional. Sorprendida por la inacción inicial de Alberto Fernández, la vicepresidenta Cristina Kirchner se hizo eco de un reclamo que atraviesa en forma directa a la base electoral del oficialismo y que fue interpretado como la razón principal de la caída en las urnas: la delicada situación social (“delicadísima”, en términos de la vice). El intercambio mediático-epistolar entre Alberto y Cristina decantó en un primer cambio cantado –el nuevo gabinete–, aunque las verdaderas y necesarias modificaciones deberán ocurrir en el campo de la política económica.

El nuevo elenco gubernamental incluye dirigentes de vasta trayectoria y con sobrada experiencia en la gestión, tanto en momento de crisis como de bonanza. Ya no hay margen para experimentos: el gobierno tiene que dar un giro porque ese fue, precisamente, el mensaje del electorado. Para ello, el presidente deberá tomar el timón y orientar a gestión hacia nuevos horizontes.

No pasa desapercibido que los funcionarios del ala económica –Martín Guzmán y Matías Kulfas– sigan en sus cargos. Los cambios que exige este tiempo político se harán con ellos o a pesar de ellos. De entrada lo aclaró la vicepresidenta en su carta abierta, el último jueves: “Las decisiones en el Poder Ejecutivo argentino siempre las toma el Presidente de la Nación”.

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El nuevo rumbo de la gestión lo marcó la vicepresidenta en ese texto: “Hay que alinear salarios y jubilaciones, obviamente, precios, sobre todo los de los alimentos y tarifas”. Según Cristina, el primer objetivo es que los dividendos del crecimiento económico de 2021 –efecto rebote después de cuatro años de recesión– no se lo queden “tres o cuatro vivos nada más”. Para ello, es necesaria una nueva política de redistribución del ingreso orientada a recuperar el poder adquisitivo de las clases media y baja.

Con más de la mitad de la población bajo la línea de pobreza y un desempleo que roza los dos dígitos, ganar una elección es casi una quimera. Para el oficialismo va a ser muy difícil revertir la derrota en sólo dos meses. El camino para mejorar los números empieza por cambiar las políticas económicas y ponerle más atención a la situación social que a las planillas del presupuesto.

Del ajuste a la expansión

Cristina viene sosteniendo la necesidad de aumentar el gasto público y generar una política expansiva que empiece por recomponer el poder de compra de los sectores más castigados por la doble crisis: el macrismo y la pandemia.

En su carta abierta, la vicepresidenta les refregó a los funcionarios del ala económica su visión sobre la situación social y el impacto que inevitablemente iba a tener en las urnas: “Señalé que se estaba llevando a cabo una política de ajuste fiscal equivocada, que estaba impactando negativamente en la actividad económica y, por lo tanto, en el conjunto de la sociedad y que eso iba a tener consecuencias electorales”.

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Sin entrar en la minucia de los datos finos, Cristina hizo una comparación desde el sentido común cuando reseñó que el extinto Frente para la Victoria perdió las elecciones de 2015 con el mayor salario en dólares de Latinoamérica “que representaba más del doble del salario actual” y con una inflación que mucho más baja que la de ahora (25% contra 52% anual). “Por eso pensaba que no podíamos ganar”.

¿De qué manera puede recuperar la iniciativa el gobierno nacional? Hay al menos dos tareas urgentes: por un lado, un paquete de medidas sociales y económicas de shock que apunten a frenar la transferencia de recursos de los sectores más vulnerables hacia los más concentrados –la matriz del macrismo– y, por otro lado, una reformulación de las políticas macro volcadas en el presupuesto actual que, a la luz del resultado de las Paso, ahora deberán ser analizadas con lupa hasta en su más mínimo detalle.

Las primeras pistas están en la carta de la vicepresidenta: el presupuesto 2021 estableció un déficit fiscal del 4,5% del PBI y para agosto (ocho meses sobre 12) el déficit acumulado era del 2,1%. Cada punto del PBI es alrededor de 420.000 millones de pesos. Según la previsión presupuestaria, aún falta ejecutar el 2,4% del PBI, más del doble de lo ejecutado, a sólo cuatro meses de que termine el año.

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La vicepresidenta entiende que ahí está el dinero que el gobierno tiene que volcar en la calle para recomponer no solo el contrato electoral, sino principalmente la calidad de vida de los sectores más castigados que, el domingo pasado, no acompañaron a los candidatos del oficialismo.

“No estoy proponiendo nada alocado ni radicalizado –acotó Cristina–. Al contrario, simplemente estoy recogiendo lo que en este contexto global de pandemia está sucediendo a lo largo y a lo ancho del mundo, en Estados Unidos, Europa y en nuestra región también: el Estado atemperando las consecuencias trágicas de la pandemia”.

Línea de cinco

La centralidad de Cristina está fuera de discusión. Ella no gobierna, pero sugiere. Y cuando las cosas no se hacen, o se hacen mal, expone sus puntos de vista. A veces, como esta última semana, en público. No estamos acostumbrados, pero no deja de ser saludable que la trastienda de la política –esa instancia donde se toman las decisiones que nos afectan a todos y a todas– por una vez quede a la vista del pueblo.

A pesar del tono crítico, la carta de Cristina no es un ataque al gobierno; es un posicionamiento público acerca del rumbo de la gestión y de las urgencias que no fueron atendidas antes de la pandemia y que se agravaron después. En palabras de la vice, son “reflexiones acerca de lo que considero el problema central de la economía argentina y la necesidad de abordarlo desde un acuerdo amplio de las distintas fuerzas políticas”.

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El presidente tomó nota y aceleró los cambios en el gabinete, a tal punto que el anuncio llegó el viernes por la noche y no el lunes como se especulaba. En una movida de bilardismo explícito, Alberto paró una línea de cinco en el fondo –con funcionarios de la vieja guardia kirchnerista como Aníbal Fernández, Juan Manzur, Julián Domínguez y Daniel Filmus–, decidido a que el gobierno no pierda por goleada en noviembre.

La primera lectura del nuevo equipo es que ya no hay espacio para la lírica y el juego bonito: inicia un tiempo nuevo en la política nacional y lo primero que tiene que evitar el gobierno son los errores no forzados. Todo lo demás es cuestión de decisión política.

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