miércoles 15 de septiembre de 2021
Política | Frente de Todos |

No hubo milagro: el que ajusta no gana

La prédica desmovilizadora y antipolítica tuvo éxito, con un millón doscientos mil votos menos que en 2017, el gobierno fue derrotado a nivel nacional y en el distrito clave, dañando a los líderes de los dos escenarios de continuidad: Alberto Fernández y Axel Kiciloff. Algunas conclusiones: la memoria del desastre macrista no alcanzó, los ejes de campaña elegidos no fueron valorados positivamente, el voto castigo es ineludible y los medios sí importan. ¿Cómo seguir?

Hace rato que las estadísticas económicas y sociales superan a un mal sistema para la toma y ejecución de las decisiones de gestión (que además expone la cocina de los tropiezos, inusual en un gobierno típicamente peronista), en las razones por la que el gobierno no logra estabilizarse políticamente y acercarse al cumplimiento del contrato electoral que le propuso a sus electores en 2019. Es indiscutible que hubo vacunas, con más de 50 millones de dosis distribuidas y 47 millones aplicadas. La cantidad de camas de cuidados intensivos se incrementó en un 40% y se administraron ciclos de aislamiento y restricciones que salvaron vidas, pero –con una oposición que militó contagios y con errores propios indisimulables– deshilacharon la imagen y potencia perlocutiva del presidente y produjeron una caída del PBI del 10%. También es cierto que en 2020 gastó un 7% del PBI para sostener el empleo y las economías familiares, para reforzar planes de asistencia social y jubilaciones y se consolidó una estabilidad cambiaria que ya lleva un semestre. Es absolutamente cierto también la producción industrial se incrementó un 22,4% al cabo del primer semestre del año respecto del 2020, que el empleo lleva 12 meses de crecimiento continuo, que se revirtió una política de reducción del déficit fiscal que impactó en el gasto social y se liberaron paritarias para intentar que los salarios –después de 4 años consecutivos de perder con la inflación– empezaran a empatarle o ganarle en contadísimas ramas de actividad.

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Pero nada de esto alcanzó. La vaporosa y publicitaria promesa de recuperar la vida que queremos no alcanzó: ¡Era el presente! Y la derrota nacional que las bocas de urna y las mesas testigo no fueron capaces de predecir no admite reduccionismos, pero tiene una razón de peso y que el último informe de coyuntura del Mirador de la Actualidad, el Trabajo y la Economía refleja con contundencia.

En el siguiente cuadro se puede observar gráficamente la evolución de la inflación entre diciembre de 2019 y julio de 2021, hasta llegar al 52% interanual (el martes se ajustará esa cifra con la inflación de agosto, estipulada en un 2,8%), prácticamente la misma que dejara Mauricio Macri.

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Si bien la evolución de los precios mayoristas permite avizorar una presión decreciente sobre el IPC en los próximos meses y el dólar crece a una tasa del 1% mensual (un 15% en lo que va del año), la inflación seguirá siendo un problema. Y el complemento de ésta progresión es el resultado de la puja entre inflación y salarios en los últimos cinco mandatos constitucionales.

En los cuatro años de Néstor Kirchner los salarios superaron a los precios por un 21%; durante el primer gobierno de Cristina Fernández se morigeró la brecha con un 9%, pero siguió siendo positiva y en el segundo mandato la mejora en el salario real fue de un 3%; en los cuatro años que duró la pandemia macrista los salarios perdieron un 23% con la inflación y en los dos años que lleva el gobierno del Frente de Todos, la pérdida se estrechó hasta totalizar un 5%. El gobierno llegó a éstas PASO con una pérdida acumulada de la capacidad adquisitiva de los salarios de casi un 30%, para consolidar el salario real más bajo de la historia de las elecciones de medio término. Es un ajuste de hecho y –sin importar si la pesada herencia no fue relatada– se lo cargaron al gobierno. El veredicto fue contundente: al cierre de ésta nota la derrota a nivel país era de casi 10 puntos (Chetoslovaquia tiene ahora 18 provincias) a manos de un frente que –cambiando la marca y alegando demencia o amnesia– parecía haber provocado un daño que aún quemaba en la memoria y el bolsillo de la gente, que explicaba el vaticinio de encuestas que marcaban una victoria oficialista por 4 ó 5 puntos.

El Frente de Todos perdió en 13 distritos en comparación con las PASO de 2019 y retuvo otros seis, pero de un escaso peso en el padrón electoral nacional, con pérdidas de votos que ameritan un replanteo a fondo y sin lugar para ingenuos ni alfonsinismos tardíos; bajó un 31% su caudal electoral en Provincia de Buenos Aires, un 21% en CABA, un 52,7% en Córdoba, un 38% en Mendoza y un 31,3% en Santa Fe, donde ni siquiera la suma de los votos peronistas sin pérdida alguna permite avizorar una victoria en noviembre y el Frente Amplio Progresista confirma un declive electoral que no se explica sólo por la ausencia de Lifschitz (que junto a Binner participó de una campaña casi espectral) y parece encaminarse hacia una irrelevancia que lo deja más cerca del derrotero del PDP que del sueño de erigirse como el eje de un frente de frentes, antiperonista y de masas, que dejara inconcluso el mismísimo Miguel.

Sin dramatizar ni confundirse y para evitar ver fugas de votos donde no hay, habrá que decir que Juntos por el Cambio alcanzó el 40% de los votos nacionales, con el tercio de electores que habitualmente suman las coaliciones que adversan con el peronismo desde 1946 y los votos del tercio disponible que castigaron la gestión del gobierno (en 1973 y con Perón como candidato, el antiperonismo puro y duro alcanzó el 41,06%).

Párrafo aparte para tres instrumentos que generan una adicción dura para políticos y medios de comunicación y que seguramente seguirán pagándose muy caro pese a las pifias: las encuestas, las bocas de urna y las mesas testigos, que provocaron un equívoco bizarro, el del Frente de Todos festejando jubilosamente, con periodistas hablando de una "ratificación popular del rumbo" y debatiendo si convenía que Cristina Fernández hablase antes o después del presidente, para cederle el crédito de una victoria que se daba por descontada. Un equívoco grotesto y expuesto, que contrastó con los que rieron mejor al final y reeditaron imágenes de festejo retro (los escenarios con Larreta, Vidal, Santilli y Macri) y novedosas (el del neofascista Javier Milei que ahora habla de “superioridad genética” libertaria), todos de pesadilla para los votantes del FDT.

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Javier Milei logró posicionarse como tercera fuerza en CABA y funda el

Javier Milei logró posicionarse como tercera fuerza en CABA y funda el "anarcocapitalismo institucional".

Mal PASO y después…

Siempre podrá decirse que fueron las primeras elecciones en pandemia y habría que ser indulgentes con la afluencia de electores. Pero lo concreto es que un 33% de ausentismo habla de una merma importante en el interés y la voluntad de participar y es también uno de los índices del hastío que produce en la población, no sólo la situación económica sino también una campaña repleta de apelaciones superficiales y emocionales, repleta de chicanas, acusaciones y agresiones de difícil retorno y escuálida de propuestas factibles y concretas.

También pueden interpretarse los éxitos de emergentes "novedosos" como Milei o Facundo Manes como otra dimensión adquirida por el voto castigo a las propuestas tradicionales y la política en los términos del pacto democrático formal que acuñaran Alfonsín y Menem, que reclama el gobierno y que Sergio Massa soñaba firmar con Larreta después de noviembre. Pero no puede esquivarse el hecho de que en una PASO la pregunta central siempre es sobre cómo hicieron las cosas los oficialismos y que lo que se resuelve finalmente es un ordenamiento de la oferta electoral y los pisos (no los techos) de los frentes y partidos que se someten al voto popular.

Éste es un horizonte de esperanzas estrecho, pero hay dos meses para reconquistar el electorado perdido y mañana mismo –es lo que impulsa Cristina y se evalúa en la mesa chica del presidente– podría haber primeros anuncios que demuestren reflejos rápidos. Los candidatos no pueden cambiarse, hay que sostenerlos e impulsarlos, pero los funcionarios del gabinete sí y se están evaluando relevos (es un hecho que hay un Ministerio esperando por Agustín Rossi, de cuya derrota estaban seguros en Casa Rosada). Ahora, el acuerdo con el FMI –que anticipamos en nota anterior– que la oposición pide firmar ya y en las condiciones establecidas por el Fondo, adquiere otra centralidad y podría ser revisado o ratificado sin sobretasas pero a no más de 10 años. Durante la campaña corta se impone una recomposición realmente fuerte de salarios, jubilaciones y planes que está en carpeta, aunque una parte del FDT lo resiste. Pero, ¿queda margen para dubitar en la cubierta del Titanic?

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"Cristina respeta el lugar de Alberto pero no va a rifar su capital político ni va a permitir que se haga cualquier cosa en su nombre" (Artemio López)

Consultado para ésta nota cuando recién promediaba la jornada del domingo y con la sospecha de que una victoria oficialista era factible, hablando sobre lo que había que cambiar incluso con una victoria ajustada, Artemio López aseguraba que “van a tener que cumplir con la consigna de que el salario le gane a la inflación, sino tienen un techo de cristal sobre el consumo inamovible y el patrón distributivo no va a cambiar”. Y sobre el resguardo de última instancia del electorado kirchnerista, que ve con pesar que la moderación y el centrismo no fueron un buen negocio en ésos dos primeros años, afirma que “Cristina es la gran coordinadora de expectativas de los sectores populares y si ella no estuviese en la gestión estaríamos como otros países de la región, con problemas severos de gobernabilidad y alzamientos. Es la esperanza de los días felices y no va a rifar su capital político, no va a permitir que se sigan cometiendo errores o que se haga cualquier cosa en su nombre, de esto estoy seguro”.

Esa centralidad reforzada de la vicepresidenta y una profundización del rumbo como la que sacó al kirchnerismo de la derrota de 2009, es donde anidan las esperanzas de achicar las diferencias que la derecha en todos sus matices le sacó al FDT, o intentar lo que parece casi imposible: revertir el resultado de PBA, achicar las diferencias en Santa Fe y Córdoba, dar vuelta la primaria para recuperar el quórum propio perdido en el Senado (hoy a dos escaños), mejorar las cuentas en la cámara baja (adonde hoy le faltan 12 legisladores) y evitar pactos claudicantes que condicionen la gestión del Frente y compliquen la ejecutiva de 2023.

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