La estrepitosa derrota que sufrió el oficialismo en la Cámara de Diputados, con el rechazo al proyecto de ley de presupuesto 2022, dejó expuesta la cruda debilidad del gobierno de Alberto Fernández frente a la frágil negociación por la renegociación de la deuda con el Fondo Monetario Internacional (FMI). La tozudez del Frente de Todos, que hasta último momento se negó al diálogo con la oposición, llevó al gobierno a una situación límite, tanto en materia económica como política.
En materia económica, la Argentina aparece fracturada, sin consenso, sin presupuesto, sin el plan que el presidente Alberto Fernández prometió a principios de este mes y sin una fecha concreta para volver a verse cara a cara con el staff del Fondo. El último acto del FMI que toca al país este año ocurrirá el próximo martes, cuando el board difunda la “autopsia” del fracaso del programa de Mauricio Macri. Ese día, el gobierno cancelará también un nuevo vencimiento de la deuda pendiente, en este caso por unos 1.800 millones de dólares. Todo lo demás quedará, inevitablemente, para 2022.
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El naufragio del presupuesto nacional en el Congreso le agregó incertidumbre y ansiedad a una negociación que ha brindado pocas certezas. El Fondo siempre reclamó un respaldo político amplio y sólido para avanzar. El fracaso de la sanción del presupuesto no ayuda a brindar esa imagen. Las negociaciones con Washington avanzan lentas; por ahora, sólo se ha difundido una lista de “entendimientos generales”, divulgadas luego del viaje de la misión técnica del Ministerio de Economía a Washington que, de materializarse en un nuevo acuerdo, marcarían un retorno a la misma ortodoxia gradualista que rigió la política económica de Mauricio Macri.
En materia política, la actitud chapucera de Máximo Kirchner quien, con su discurso, boicoteó el frágil principio de acuerdo que se había alcanzado con la oposición en la Cámara de Diputados para avanzar con el tratamiento del presupuesto, exacerbó las desconfianzas en el Gobierno. ¿Por qué actuó así Máximo Kirchner?
Los diputados del Frente de Todos, a medida que se retiraban del recinto tras el rechazo del presupuesto, lucían desconcertados. No podían dar crédito a lo que acababa de suceder. Entre susurros, algunas voces admitían lo que ya sospechaban: que Máximo Kirchner, enemistado con Martín Guzmán y crítico de la política económica del gobierno, decidió tirar del mantel y romper todo.
“Es un mensaje a Alberto Fernández y a Sergio Massa. No tiene otra explicación”, se lamentaba, cabizbajo, un hombre del oficialismo.
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Los diputados más avezados del peronismo se veían venir el epílogo de la sesión; sus voces, sin embargo, son minoría en un bloque copado por dirigentes kirchneristas. Cuando terminó el debate, todos compartían la misma duda: ¿Kirchner actuó deliberadamente para dejar en offside a Massa y contrariar a Fernández, o se dejó llevar por el impulso, por el enojo del momento? Las suspicacias estaban a la orden del día. “Cualquiera haya sido el motivo, se equivocó, y feo. Dejó al presidente más debilitado de lo que estaba. Cuando se es minoría, hay que saber negociar”, advertía un importante diputado del interior.
Otras voces, más contemplativas, buscaron justificar la actitud de su jefe de bloque. “La oposición estaba decidida a votar por el rechazo. Nada iba a cambiar de acá a la semana que viene. Se sintió extorsionado. Por eso actuó como actuó”, deslizaban.
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Lo cierto es que las palabras de Kirchner –que insistió en acusar a Juntos por el Cambio por la deuda contraída con el FMI– rompieron en mil pedazos el principio de acuerdo que se había alcanzado con la oposición para que la iniciativa retornase a la Comisión de Presupuesto.
El gobierno tiene decidido emitir un decreto para prorrogar el presupuesto hoy vigente, pero su intención es enviar, durante el primer trimestre, un nuevo proyecto de presupuesto 2022 acondicionado al acuerdo que eventualmente se firme con el FMI. Fue el planteo que en un principio había elevado la oposición, pero que el gobierno, llevado por su omnipotencia, se negó a escuchar.
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