En medio de la grave situación de inseguridad que atraviesa Rosario y mientras las autoridades echan mano a recursos materiales y humanos para articular esquemas y operativos conjuntos entre fuerzas federales y provinciales para paliar la situación, esta semana ocurrió un hecho paradójico: un policía federal que llegó a la ciudad procedente de Misiones, se vio involucrado en una situación escandalosa luego de asaltar una estación de servicio y tirotearse con camaradas provinciales a plena luz del día.
Roberto Carlos Alfonso tiene 37 años y es integrante de la Policía Federal Argentina (PFA) recientemente ascendido al rango de cabo primero. Nació el 9 de abril de 1983 en Goya, provincia de Corrientes.
Por razones que se desconocen, a mediados de 2020 pidió el traslado a Rosario, pero la pandemia postergó su desembarco procedente de Eldorado (Misiones) donde prestaba servicio. Recién le dieron el pase hace dos semanas, y fue asignado a la guardia de la delegación operativa de la Policía Federal (9 de Julio 233) desde el 12 de enero pasado.
Con rebusques propios arraigados en algunos rincones oscuros de las fuerzas de seguridad, se deduce que sin conocimiento previo de la ciudad, de civil, con barbijo blanco, vestido con bermudas de jeans, zapatillas, una remera y con su pistola reglamentaria calibre 9 milímetros en la cintura, Alfonso se largó a cometer un audaz atraco el martes pasado a las 16, a no más dos cuadras de donde se había domiciliado, en Viamonte al 900.
Buscó un objetivo cercano y se presentó ante la empleada del minimarket de la estación de servicio Axion Energy ubicada en la ochava noroeste de San Martín e Ituzaingó, en el barrio Hospitales, a tres cuadras de avenida Pellegrini y a diez del microcentro rosarino.
Allí, sin reparos sacó la pistola con disimulo para que los clientes no se exaltaran, y sustrajo 3.760 pesos de la caja registradora. Fueron segundos, según quedó plasmado en la filmación de las cámaras del salón. Después salió con el arma en la mano, caminó por Ituzaingó al este, y enfiló por Maipú al 2100, seguramente con destino a su casa.
El supervisor de la estación de servicio advirtió sus movimientos sospechosos que le confirmó su compañera al grito de “me robaron”. El empleado entonces alertó a los integrantes de un patrullero que se aproximaba por San Martín. “Morocho, robusto, rapado”, describió el trabajador a los policías que lo entrevistaron, según datos volcados en el parte oficial.
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Los agentes salieron del surtidor, patrullaron una cuadra y rápidamente hicieron contacto visual con un hombre parecido de similares rasgos físicos al asaltante, que caminaba solitario por Maipú entre Cerrito y Riobamba. Hasta ese momento parecía un hecho de inseguridad más, sin los ribetes estremecedores que siguieron en la secuencia.
Cuando el hombre se percató que los policías le habían cortado y le dieron la voz de “alto”, sorpresivamente hizo un primer disparo contra los uniformados. El estampido retumbó en la cuadra y apabulló a los automovilistas, motociclistas, transeúntes y vecinos, que se guarecieron donde pudieron.
Se hizo un silencio, y a los segundos se escucharon otras explosiones más. El federal jaló tres veces más el gatillo. Cuando los policías observaron que decidió enfrentarlos, uno de ellos respondió con un par de tiros hacia una zona segura a modo de intimidarlo. Alfonso volvió a gatillar contra el suboficial Andrés Wagner y el subinspector Agustín Corbalán, que no resultaron heridos.
Tras una corta carrera Alfonso perdió, porque Wagner le dio alcance, lo tomó del cuello, logró desestabilizarlo y lo arrojó al piso. Aun así, el federal seguía hostil, se resistió y volvió a disparar contra sus colegas. Es más, trató de quitarle el arma a uno de ellos, pero finalmente fue reducido y desarmado.
Hasta ese momento los policías imaginaron haber reducido a un peligroso delincuente común. Pero según se asentó en el acta de procedimiento, cuando le pidieron que se identificara hizo una leve mueca y contestó: “QRU no me voy a identificar”, en alusión a una jerga utilizada entre camaradas para dejar en evidencia que podría pertenecer a alguna fuerza de seguridad.
El poliladron tenía su pistola calibre 9 milímetros marca Bersa Thunder (serie 11599061) con el grabado oficial que la identifica como propiedad de la Policía Federal Argentina. Tenía su corredera con cargador, un cartucho completo percutido y siete vainas servidas, una bala de plomo encamisada deformada, más 13 cartuchos intactos. De un bolsillo de la bermuda se recuperaron los 3.760 que había robado, un celular marca Samsung, un llavero y un barbijo con restos de sangre.
El violento episodio dejó una sensación preocupante. Proyectiles trazantes en plena tarde que pueden atravesar a cualquiera, no importa el lugar, en este caso, pleno macrocentro rosarino. El accionar cuidadoso y profesional de los policiales provinciales evitó lamentar víctimas ajenas al hecho.
Primero al calabozo y después al pabellón
Tras ser detenido, trasladado al calabozo de la Comisaría 2ª (Paraguay y San Juan) y comenzados los trámites para pasarlo a disponibilidad, según informaron a la Fiscalía desde la PFA, Alfonso transitó el viernes la audiencia imputativa.
En esa instancia el fiscal Pablo Socca le achacó la autoría de los delitos de tentativa de robo calificado por el uso de arma de fuego agravado por ser integrante de una fuerza de seguridad, en concurso real con resistencia a la autoridad agravada por el uso de arma de fuego, y abuso de armas.
La fiscalía solicitó la prisión preventiva por el plazo de ley, y fundamentó el pedido en base a la evidencia expuesta ante el juez Héctor Núñez Cartelle. El imputado manifestó tener problemas psiquiátricos y tendencia suicida, por lo cual la defensora Carmela Meneguzzer pidió que se tengan en cuenta esas circunstancias, y que sea evaluado por una junta médica para determinar si comprendió la criminalidad de los actos al momento del hecho.
Además, se opuso a la prisión preventiva efectiva como lo planteó el fiscal. Y subsidiariamente planteó que su cliente quede a cargo de la ex pareja, domiciliada en Villa Gobernador Gálvez, o de un tío, que reside en barrio Parque Casas. También ofreció una caución y que cumpla la medida cautelar en prisión domiciliaria. Pero la Fiscalía se opuso.
Imputado y con monitoreo psiquiátrico por tendencia autolesivas
El juez Núñez Cartelle finalmente decidió aceptar el encuadre legal y la calificación del caso según la idea del caso que propuso el fiscal Socca, convalidó la imputación en base a la evidencia exhibida y dispuso la prisión preventiva efectiva por el plazo de ley (dos años) para Alfonso.
No obstante, el juez ordenó también que de manera “urgente” sea examinado por un médico forense especializado en psiquiatría, a los fines de dictaminar sobre su estado de salud general para determinar si comprende la criminalidad de sus actos, cuál sería el tratamiento a seguir, y si debe recibir algún tipo de medicación.
Finalmente el juez ofició al Servicio Penitenciario (SP) para que tenga en cuenta la calidad de empleado de las fuerzas de seguridad del imputado, con la salvedad que se tomen los recaudos necesarios en virtud de la tendencia autolesiva que manifestó, lo cual se debe considerar al momento de determinar su lugar de alojamiento.
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