Hasta el domingo a las 17.10 Walter Ezequiel Soraire, de 29 años, no figuraba en el radar de los investigadores que andan tras los pasos de las bandas criminales de Rosario. "Un fantasma", dijeron las fuentes consultadas, que los describieron como un delincuente de poca monta con insignificante prontuario penal. Sin embargo, quedará en la triste historia policial de Rosario por ser "el hombre de la amoladora", que tras una alocada carrera en medio de las balas cortó el cerco perimetral de la cárcel de Piñero para favorecer la fuga de ocho presos. En medio del enfrentamiento, murió con un disparo en el cráneo que le puso punto final a una proeza incompleta.
La fuga de ocho presos de la cárcel de Piñero el domingo pasado se ejecutó con el apoyo de un grupo comando conformado por al menos cuatro personas que llegaron en auto marca Peugeot 308 color negro hasta un camino rural externo que circunda la unidad penitenciaria Nº11. Vestían pasamontañas, capuchas, y al menos uno de ellos tenía una máscara de utilería.
Mientras el conductor del vehículo esperaba con las puertas y la tapa del baúl abiertas, los otros tres bajaron con poderosas armas de fuego: pistolas 9 milímetros, ametralladora FMK3 también 9 milímetros, una pistola calibre 380, y otra calibre 11.25. Y aunque parezca ficción, uno de ellos empuñaba una amoladora portátil, herramienta básica pero elemental. Era Soraire, con un rol fundamental para el éxito del plan.
Con esa herramienta, Soraire y sus cómplices perforaron ese primer cerco perimetral de la cárcel. Y una vez en el interior, dispuestos a todo, enfilaron por un pasillo denominado “camino patrulla”. En ese momento se activó el tramo más violento del plan, porque abrieron fuego indiscriminadamente contra los empleados encargados de la seguridad externa.
En medio de un feroz tiroteo recorrieron unos 200 metros esquivando y repeliendo las balas de goma de los agentes del Servicio Penitenciario. Tras sobrepasar esa resistencia de cuatro garitas, se apostaron debajo de la Nº 5 que pertenece al módulo D.
Otra vez la mano rápida de Soraire cortó con la amoladora un segundo cerco para atravesar el cordón que lo separaba del siguiente tejido, que también perforó con la misma pericia. Mientras eso ocurría, un grupo de reos que estaba en el patio del pabellón Nº 14 comenzó a lanzar piedras contra la garita Nº 5, levantaron el alambre, fracturaron la base de hormigón, y se plegaron al grupo comando, que seguía disparando los custodios.
A esa altura el enfrentamiento entre los intrusos y los policías era demencial. Uno de los empleados del penal pudo cubrirse de las balas, y apenas levantó la vista respondió al ataque. Un disparo impactó de lleno en el cráneo de Soraire. El hombre de la amoladora se desplomó en el acto. A su lado quedó un cargador con proyectiles 9 milímetros y la herramienta.
Esa cruda y pavorosa secuencia de unos pocos minutos fue relatada por un recluso, que grabó el momento justo del escape: “los pibes yéndose de Piñero...puro cuete, puro cuete, los guachos le tiran de afuera, y ahí se fueron los pibes, ahí se van los pibes...se fueron de Piñero, se re tomaron el palo”, narran mientras lanzan carcajadas. “A la mierda la visita de mañana”, lamentan.
En un audio que un detenido le manda a un allegado, también describe el momento: “...estaba en la celda de allá al lado, de donde se piraron. Y se escucha primero pram, pram, plam, plam, plam. Cuando miro veo a los guachos corriendo por el medio del campo a los balazos...los gariteros saltaron para dentro de las garitas. Los guachos le tiraban pram, pram...el de la amoladora empezó a cortar, cortaba bien polenta, fummm, fummm, cortó el primer tejido, cuando entró el guacho quedó en el pasillito del medio...el que lo estaba cubriendo se ve que se quedó sin balas, no se que onda amigo, y cuando deja de tirar el guacho, se levanta el garitero con la metra en la mano y tira, dos rafagazos amigos, lo cortó al medio, lo dejó tirado ahí”...
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Claudio “Morcho” Mansilla de 38 años y a quien se le asigna organizar la fuga, Alejandro Candia, de 35; Exequiel Rodolfo Romero, de 20, Martín Alejandro Cartelli, 48, Daniel David Piscione, 31; Joel Rojas, de 25; Sergio Cañete, de 35; y Alejandro Schmittlein de 40 años, ya se había filtrado a campo traviesa luego de trasponer los cercos de alambre romboidal que había cortado Soraire. Corrieron a toda velocidad y se subieron como pudieron al vehículo que los esperaba. Así, lograron escapar por un camino rural, y arrojaron clavos “miguelitos” en distintos corredores viales, puntualmente en la intersección de las rutas Nº 14 y la A0-12, lo cual provocó accidentes y demoró el operativo de rastrillaje.
Un “don nadie” entre pesos pesados
La fuga está en plena etapa investigativa, y los pocos datos que hay se mantienen a resguardo. Algunos arriesgan que el prófugo Candia, con experiencia en atracos a bancos, pudo contribuir con nombres de experiencia, y el financiamiento de la logística se le asigna a Mansilla, vinculado al narcotráfico de la zona oeste, y con una acusación por doble homicidio. Todos pesos pesados, menos Soraire, un don nadie en el mundo del hampa.
Afincado con su familia en la zona sur (Falamarión al 5000), contaba con apenas tres antecedentes por delitos menores: un robo calificado cuando tenía 16 años; un asalto agravado por la participación de un menor, y amenazas calificadas que se tramitaron en el viejo juzgado de Instrucción penal Nº 9 entre 2010 y 2011. Y un último antecedente en 2020 por encubrimiento.
“Para los investigadores no era nadie, hasta ahora. Hacía changas como vendedor de verduras, y se trata de establecer si pertenecía a una banda criminal, pero hasta el momento no hay nada”, expresaron a Aire de Santa Fe algo desorientados los allegados al caso. Claro, la tarea calificada de Soraire en el plan de la fuga era digna de un delincuente con experiencia que no tiene correlato con un prontuario penal flaco, que tuvo su fin el domingo a las 17.20.
En su barrio, que se conoce como Villa Flamarion, los describieron como un pibe tranquilo, pero con serios problemas con el consumo de drogas, y vivía con su madre y un hermano que era discapacitado. Sus vecinos indicaron que en la calle se pudo topar con alguien que le prometió trabajo y dinero para comprar drogas, y consumido por la adicción, se embarcó inconsciente en un hecho que quedará en la historia.
La secuencia, digna de una película, pudo ser reconstruida en parte por esos registros en los aparatos de telefonía celular de los presos, porque no funcionaban ninguna de las cuatro cámaras del circuito de seguridad de la unidad penitenciaria de Piñero, según lo reconocieron Gastón Avila y Franco Carbone, los fiscales a cargo de investigar el escape.
Recapturados e imputados
Los dos primeros fugitivos en ser recapturados fueron Joel Rojas y Sergio Cañete. El lunes a las 0.30 circulaban por el barrio Cabín 9 en el baúl de un Honda Civic color azul conducido por una mujer, identificada como Elizabeth A., oriunda de San Nicolás. Con ella iba Rodrigo G. también residente en esa localidad del norte bonaerense.
Que esa pareja no fuera de Rosario es un dato que rompe la lógica en relación al armado y la logística del grupo que irrumpió en Piñero. “Estamos trabajando para hilvanar datos, pero ese dato es llamativo. Parece una banda fantasma, armada para ese trabajo”, indicó un pesquisa.
En el vehículo que llevaban a Cañete incautaron un revólver calibre 38 y dos pistolas 9 milímetros, una de las cuales era de la Policía de la Provincia de Buenos Aires. El tercero recapturado fue Alejandro Schmittlein, apresado el lunes a las 14.30 cuando era trasladado por un hombre en una camioneta Volkswagen Amarok por un camino rural entre las localidades de Carmen y Venado Tuerto.
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Sin planes, con poco presupuesto para solventar un prolongado escape y cercado por la policía, el miércoles se entregó Ezequiel Rodolfo “Colo” Romero. El abogado penalista Juan Ubiedo llamó al fiscal Carbone y pactó la entrega ante personal de la Agencia de Investigación Criminal (AIC) en cercanías del barrio Santa Lucía, territorio complejo, en disputa donde supo anclar el aún prófugo Morocho Mansilla.
El fiscal Carbone imputó a Rojas, Cañete y Schmittlein por evasión agravada. A los dos primeros también los acusó por la portación ilegítima de arma de fuego de guerra agravada. Elisabeth A. y Rodrigo G., le endilgaron resistencia a la autoridad, encubrimiento y tres hechos de portación ilegítima de arma de fuego. La jueza Paula Álvarez ordenó que los cincos queden en prisión preventiva por el plazo de ley.
En otra audiencia celebrada el viernes en el Centro de Justicia Penal (se desarrolló por zoom) se imputó a Romero como coautor de la evasión agravada por el uso de armas de fuego. En ese trámite intervino la jueza Marcela Canavesio, que aceptó la imputación y le dictó la prisión preventiva por dos años o el plazo de ley. Al otro día de la escandalosa fuga se reconocieron oficialmente las deficiencias en el sistema carcelario de la provincia. Y, entre otras medidas, se anunció la construcción de un muro perimetral de concreto para evitar hechos similares en la cárcel de Piñero.
Sorpresivamente el viernes se decidió trasladar a presos de altísimo perfil que comandaban los pabellones de Piñero y ordenaban, teléfono en mano, la vida criminal en la calle: balaceras, extorsiones, homicidios, acarreo de armas, y pago por cargamentos de droga. Una maquinaria anárquica, y descontrolada que tuvo su punto cúlmine el domingo a la tarde.
En un hermético y sigiloso operativo de seguridad, Esteban Alvarado, Brandon Bay, Julio Rodríguez Granthon, Joel Pucheta, René Ungaro y los hermanos Alan y Lautaro Funes fueron llevados el viernes a la mañana a hacia Capital Federal, y quedaron alojados transitoriamente en el Centro de Detención Judicial Unidad Nº 28 de los Tribunales Federales.
Se trata de un edificio ubicado en pleno centro porteño (Lavalle 1337), donde llegó un ómnibus de traslado de detenidos del Servicio Penitenciario de Santa Fe custodiado por efectivos de la Tropa de Operaciones Especiales (TOE), con refuerzo la Policía de la Ciudad. Mientras tanto, las autoridades definen en qué penales federales quedarán alojados. Según pudo averiguar Aire Digital, algunos de los abogados defensores de esos presos preparan amparos porque los traslados no fueron notificados oficialmente.
En relación a esa media el ministro de gobierno, Roberto Sukerman, justificó: “el penal de Piñero es un gallinero que no está preparado para cuidar leones” y que los traslados, “que conforman un hecho inédito por la cantidad de presos de ese perfil trasladados a otros presidios, lo que no es una cuestión aislada sino parte de una política que estamos llevando adelante en forma coordinada con la Nación”.
Mientras tanto, siguen prófugos Claudio “Morocho” Mansilla, Daniel Piccione, Alejandro Candia y Martín Catelli. Para todos ellos se disparó una captura nacional e internacional. Sobre Mansilla, el más peligroso (con una acusación por doble homicidio, y a quien se le enrostra pagar 100.000 por un crimen) el gobierno evalúa ofrecer un millón de pesos de recompensa a quien aporte información confiable que permita lograr su captura.
El lunes pasado debía comenzar el juicio oral y público contra Mansilla, donde la fiscal Marisol Fabbro ya había solicitado 25 años de prisión como autor de los homicidios de Kevin Nieri, de 16 años, y Leonel Bubacar, de 18, en septiembre de 2018. Por eso se especula que fue el organizador de la histórica fuga de Piñero.
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