Y me sangran las manos
Pero qué libres vamos a crecer…”
Rasguña las piedras, Sui Generis
Anatilde tenía 22 años cuando fue secuestrada en 1977 por el grupo de tareas que se denominaba La Patota. Estuvo detenida más de un año. Pasó por la comisaría 4° -donde funcionaba uno de los centros clandestinos de detención- y la Guardia Infantería Reforzada (GIR).
Rafael, en cambio, cuando fue “chupado” tenía 23 años. Fue en agosto de 1976. Estuvo casi cinco años detenido ilegalmente. Pasó por la 4°, la GIR, las cárceles de Coronda y Caseros.
Ambos estuvieron en La Casita, otro de los centros ilegales de torturas, quizá uno de los más feroces.
Esta es la historia de dos hermanos santafesinos que fue marcada por la militancia política, el horror de los años de plomo, la búsqueda de justicia y la reivindicación de la memoria.
El 24 de marzo de 1976, comenzó una de las épocas más oscuras de la historia de la Argentina: la dictadura cívico militar que gobernó hasta 1983 a fuerza de secuestros, torturas, asesinatos, desapariciones y robos de bebés. Además, del desastre económico y social que trajo como consecuencia de sus políticas.
Anatilde y Rafael Bugna son dos hermanos de la ciudad de Santa Fe que fueron secuestrados por los grupos de operaciones que estaban conformados por militares y policías. En diálogo con AIRE, contaron cómo fueron sus detenciones, los centros clandestinos donde permanecieron detenidos, las formas de resistencia psicológica para aguantar ese calvario, hasta sus liberaciones. Además, se refirieron a las expresiones negacionistas resurgidas en el último tiempo.
"Cada uno sabe lo que sufrió y uno no puede dimensionar qué duele más"
“Me detuvieron en marzo del 77. Justo estaba por venir Videla a Santa Fe y necesitaban que no hubiera gente que pudiera resultar peligrosa para Videla. Éramos un grupo de estudiantes universitarios, tres varones y ocho mujeres. No los conocía a todos”, relata Anatilde sobre cuándo fue su detención, y luego precisa: “Voy primero a la 4°, en una celda individual. Cuando ingresamos cada una iba dando sus nombres y sus números de documento, como si ellos (la policía) no los tuvieran. Después nos llevaron en los baúles del auto hasta el Parque Garay y ahí nos pusieron en un camión frigorífico. Del Parque Garay nos vamos a La Casita –centro clandestino de detención, ubicado en adyacencias de la ciudad de Santo Tomé- todas encapuchadas. Cuando entro a La Casita, me dicen: “Ahí viene la hermana de Rafa. Te salvaste la otra vez”. Rafael, había sido secuestrado unos seis meses antes.
Según explica Anatilde, el circuito represivo en Santa Fe era la detención, después el traslado a una comisaria –la 1°, la 3° o la 4°- y posteriormente un centro clandestino de detención –generalmente La Casita-. “Si salías vivo de ahí, venía un blanqueo en la Guardia de Infantería Reforzada (GIR) y de ahí ii te dividían”, recuerda.
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Al referirse a las primeras horas de detención, Anatilde asegura que “los varones estaban destrozados y muchas compañeras sufrieron muchos vejámenes. Cada uno sabe lo que sufrió y uno no puede dimensionar qué duele más. En las mujeres sí es más doloroso”.
La militante de la Juventud Universitaria Peronista (JUP) explica que todos esos detalles lo reconstruyeron gracias al proceso judicial al que fue sometido el ex juez Víctor Hermes Brusa, integrante de La Patota. “El comisario Perizotti reconoció que a nosotros nos entregan en la curva de Richieri y nos llevan a otro lugar en un celular. Hasta hubo simulacros de fusilamiento”, sostiene.
Al continuar con las precisiones sobre sus traslados, Anatilde recuerda que luego fue llevada a la GIR. “Lo único que podíamos hacer era tender las camas y quedarnos sentadas en un banco. Siempre estábamos a merced de ellos (los represores). De noche estábamos siempre a merced de que alguno se le ocurra sacar a cualquiera, o que tomen un poco más de vino -porque tomaban siempre- y se quieran divertir con alguna de nosotras. Eso pasó siempre”, señala.
Anatilde explica que luego de esos traslados, el gobierno militar resolvió abrir causas judiciales. “Cuando sale la sentencia, que es en 1978, a algunas las condenan y a otras los sobreseen. Entre las sobreseídas estaba yo”, precisa. Al concluir su detención ilegal, y debido a que tenía compañeros y compañeras aún detenidos, comenzó a militar con organismos de derechos humanos para realizar trámites por los detenidos y presentación de petitorios, todo en calidad de abogada.
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Maiquel Torcatt / Aire Digital
Una vez que fue liberada, Anatilde estuvo vinculada con los presos políticos y desde 1983 participa activamente en organizaciones de derechos humanos. Fue querellante en el primer juicio por lesa humanidad que se hizo en Santa Fe en 2009, donde fue condenada toda La Patota que la secuestró. Además, fue testigo en ocho juicios más.
“La perversión es un detalle más”
A su turno, Rafael comenta que fue detenido cuando tenía 23 años, en agosto de 1976, en un estudio de arquitectura que tenía con otros colegas y compañero de estudio. “Yo militaba en la Facultad de Arquitectura de la Universidad Católica porque no había estatal en esa época”, dice y agrega: “Golpearon la puerta y yo creí que eran clientes, pero era esta gente (los represores). Me hicieron un allanamiento, pero no había nada que pudieran encontrar. Me tuvieron contra la pared un buen rato hasta que finalmente me cargaron como alfombra en un auto, creo que un Fiat 128, encapuchado. Me llevaron a la 4°. Ahí entramos por el galpón y me llevaron a un calabozo individual. Estuve hasta que a la tarde noche me cargaron en el auto, esta vez, creo que era un Renault 12 y me llevaron con destino desconocido. Después nos enteramos que donde nos llevaron era La Casita” – nunca se logró establecer su ubicación-.
Al recordar las torturas sufridas, Rafael cuenta que “ahí me entero que también estaban detenidos mis otros compañeros de militancia porque los escuché. Estábamos uno en cada pieza. Estuve sentado en un sillón, desnudo, recagado de frío, pero los muchachos me calefaccionaban a 220 con la picana”. Los interrogatorios con torturas duraban casi toda la noche. “Todo eso con de fondo musical de los discos que me habían robado del estudio. La perversión es un detalle más”, recuerda.
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“Después de tantas horas de tortura, uno tiene una sed infernal, pero hidratarse de golpe es contraproducente, asique el policía que nos custodiaba nos dio agua, pero nos aconsejó que tomemos de a poco”, explica Rafael.
Luego fue trasladado a la GIR, y más adelante, a la cárcel de Coronda. Durante el viaje de traslado a la ciudad de la frutilla, los detenidos tuvieron que soportar a un tal Castrolago, un colaboracionista. Se trataba de un preso común que se hizo pasar por preso político para sacar información a los militantes detenidos y elevarla a los militares o la policía.
“En Coronda estuve hasta abril del 79. El mundial lo pasamos ahí adentro. Después inauguraron la cárcel de Caseros y nosotros fuimos la segunda tanda que fue para allá. La primera fueron líderes de la CGT que habían hecho un paro un tiempo antes. En Caseros estuve hasta julio del 81. Ahí nos dieron la libertad. Todo este tiempo estuve a disposición del Poder Ejecutivo (PEN), porque nunca tuve una causa abierta. Redondeamos cinco años de detención ilegal”, precisa.
Un vecino colaboracionista
La forma en la que se dio la detención de Rafael es la confirmación de que para que las fuerzas represivas pudieran cometer los delitos que se cometieron, era necesaria la complicidad y la colaboración de cierto sector de la sociedad. Rafael admite que le resulta “un poco vergonzoso haber sido tan pavote”.
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Maiquel Torcatt / Aire Digital
“Yo escondía las revistas que me llegaban de la organización en el taparollo de la ventana con la mala fortuna que un día se me cae una a la calle. Cuando bajé a buscarla, había un señor que paseaba su perro y me saludo muy amablemente. Resulta que la revista no estaba. Este señor no solo la recogió, sino que recorrió el edificio donde vivían militares retirados y jueces de la provincia para ver quién lo acompañaba a hacer la denuncia. Uno aceptó el convite y me denunciaron. Durante algún lapso de tiempo me habrán estado siguiendo y habrán seguido a mis compañeros que frecuentaba. Así fuimos todos presos”, detalla.
“Nosotras estábamos presas, no sabíamos lo que nos iba a pasar y cantábamos”
Uno de los aspectos más valorables de las historias de los detenidos políticos tiene que ver con la resistencia psicológica que daban dentro de los centros clandestinos de detención o de las cárceles. Para afrontar largas jornadas de torturas, encerrados en celdas individuales, pasando hambre y frío, el humor, la fraternidad y el sentido de lo colectivo, fueron fundamentales.
Al respecto, Anatilde asegura que “´éramos presos políticos y lo teníamos claro. Desde que entramos, sabíamos que éramos presos políticos. De todos modos, nadie de los que militábamos sabía las consecuencias tan terribles y fuera de la ley, pero sí sabíamos que nos podía pasar algo. Lo teníamos asumido y eso nos sirvió para poder bancar todo”.
“Las mujeres éramos lo que más odio le dábamos, que les contestáramos, que les retruquemos. Nos daban largas charlas para convertirnos que eran patéticas. Hasta había un oficial convertor”, agrega.
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“Lo colectivo era primordial. Ahí teníamos que estar todos unidos en contra de eso que estaba pasando. El objetivo era salir vivos y bien. Teniendo claro quién era el enemigo, que no éramos nosotras. Podíamos pensar distinto, pero el objetivo era el mismo. Nos fortalecíamos entre nosotras. Nos contábamos la vida. Nos contábamos películas, libros, historias familiares”, dice Anatilde.
Luego, describe una escena emocionante: “Cuando podíamos ir al patio, 15 minutos cada dos días, cantábamos el tema de Sui Géneris Rasguña las piedras-que estaba de moda-, y otras canciones de Alma y Vida. Ellos, los represores, no entendían nada. Nosotras estábamos presas, no sabíamos lo que nos iba a pasar, y cantábamos. A nosotras nos ponían contentas las pequeñas cosas como, por ejemplo, que un familiar venga a verlos”.
Otros de los modos de resistencia era realizar artesanías con cualquier elemento que pudieran tener a mano: “Teníamos escalones de adoquín y a los huesos del puchero los limábamos y hacíamos pequeñas artesanías que se las regalábamos a los familiares. Hacíamos cositas con el elástico del colchón y bordábamos con los papales de cigarrillos. Los familiares podían llevar algo, como chocolates, y lo guardábamos donde sea para llevarle a las compañeras. Socializábamos todo. Una compañera tenía un hijo que aprendió a caminar ahí dentro en la celda y era el hijo de todas. Así fuimos bancando la vida cotidiana ahí dentro”.
Por su parte, Rafael contó las actividades “educativas” que tenían en Coronda. “aunque solo salíamos una hora a la mañana y una hora a la tarde al patio, teníamos una importante actividad en la ventana. Había un compañero que era de la escuela de cuadros del PRT que a la mañana daba charlas de materialismo histórico y a la tarde, materialismo dialéctico. También a la noche había sesión de cine, que consistía en que alguno contaba una película. Y por supuesto compartíamos cualquier visita”.
“¿Hay algo más subversivo que un golpe de Estado?
Los hermanos Bugna también hablaron sobre las expresiones negacionistas que se incrementaron en los últimos años, sobre todo desde que ciertos dirigentes políticos –que hoy ocupan los principales espacios de poder como el presidente Javier Milei, y la vicepresidenta Victoria Villarruel- reflotaron la teoría de los dos demonios y a negar la cifra de 30.000 desaparecidos.
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Al respecto, Anatilde sostiene que observa estos tiempos “con mucha tristeza y mucho temor. Es como que estamos retrocediendo. Si los largan a todos no sé cómo voy a hacer. Yo tengo a quien me fue a detener (Eduardo Curro Ramos), que hoy está con cuatro condenas a cadena perpetua. Si vuelve a la calle, me lo puedo encontrar en la verdulería porque vive en Rincón”.
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Aire de Santa Fe
“Mientras hay vida hay esperanza, siempre fue así. Hemos transitado toda la dictadura, hemos transitado otras épocas, como el macrismo. Tenemos que seguir tratando de pelearla. Y tatar de garantizar algo mejor para futuras generaciones”, destaca Anatilde y remarca que “tenemos que seguir trabajando en memoria, verdad y justicia en todos los ámbitos y fortalecer los juicios. Los genocidas se están muriendo y nosotros también”.
Los testimonios están quedando en diferentes espacios. Seguir encontrando nietos que aún no se encontraron, buscando hasta el último día los cuerpos de los compañeros Nosotros estamos vivos porque esos 30 mil no están. Pudimos haber sido cualquiera de nosotros.
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Por su parte, Rafael destaca que “no nos queda otra que seguir. No es una opción dejar. Es lo que uno piensa, es una forma de vida, de entender el mundo, no es un antojo. Me duele mucho que estemos en esta situación porque, ¿cuánto hay de cinismo en el negacionismo? Nosotros no podemos ni queremos decir que no hicimos lo que hicimos. Podemos analizar si no equivocamos o no, y en ese caso, en qué nos equivocamos. Pero no decir que no lo hicimos. No puedo decir que no se me cayó la revista de la ventana. Se me cayó, las leía, me gustaban y estaba de acuerdo con lo que decían esas revistas. Que esta gente haya hecho lo que hizo y diga que no, no me entra en la cabeza. ¿Hay algo más subversivo que un golpe de Estado?”