Máximo Rohr habla despacio, no le resulta sencillo expresar lo que su cabeza ya pensó. Responde siempre con amabilidad, aunque le cuesta reconocer los códigos del comportamiento social. A los tres años fue diagnosticado con déficit de atención dispersa, retraso madurativo y trastorno del lenguaje.
Desde entonces, se esfuerza junto a sus padres por superar los obstáculos que su condición supone en la trayectoria escolar. Su historia, similar a la de muchos chicos con discapacidad y otros trastornos del desarrollo, ofrece la posibilidad de repensar la inclusión en las escuelas y abrir la mirada a escenarios más plurales y con oportunidades para todos.
Un camino complejo
El primer llamado de atención que Estela y Alfredo reconocieron en su hijo fue que no hablaba, tenía 3 años y solo decía “agua”, hacía sonidos, gritaba y conseguía lo que quería a través de señas. Al mismo tiempo comenzaron a aparecer berrinches o conductas disruptivas que, sumadas a que no podía quedarse quieto, hacían imposible controlarlo. “A veces íbamos por la calle y salía corriendo disparado”, recuerda su mamá.
Llegaron entonces las visitas al pediatra y más tarde, al neurólogo. Apareció luego el diagnóstico que, con el correr del tiempo, se terminó de confirmar.
Las terapias conductuales en casa se hicieron cosa de todos los días. También su familia comenzó la ardua tarea de comprender cómo era Máximo, su particular forma de procesar lo que sucede, y aprender cuál era la mejor manera de acompañarlo. Estela recuerda que recién a los 5 años, tras muchos meses de trabajo conjunto, pudieron empezar a salir de casa con él.
Casi en paralelo, los Rohr iniciaron un camino complejo: el de la escolaridad.
Máximo hizo su sala de 4 años en una guardería donde, como asegura su papá, “más de una vez se lo quisieron sacar de encima porque no sabían cómo manejarlo”. Luego, completó el nivel inicial en la escuela Juan Bautista Bustos, donde también hizo la primaria. Mientras, continuaba su tratamiento con el neurólogo, el psicólogo y sus terapeutas hasta tres veces por semana; una rutina que no se interrumpió nunca en más de 15 años. Sus padres decidieron que también era necesario consultar con una psiquiatra, quien, a través de un encefalograma, le detectó hiperactividad.
Su diagnóstico condicionó la adaptación de Máximo en el aula. Él no tenía dificultades para aprender, pero le resultaba muy difícil permanecer quieto y, a la hora de estudiar, le costaba concentrarse. Tampoco fue fácil su relación con los docentes y con sus compañeros: “Tardé en conocer amigos porque, básicamente, no soy de juntarme con nadie”, cuenta en primera persona.
LEER MÁS ► Talleres para padres y cuidadores de niños con TEA: un entrenamiento para romper barreras
“Durante el primer ciclo tuvo una señorita que, como tenía un conocido con la misma condición que él, sabía de sus características y lo supo llevar muy bien. El resto del primario fue diferente, los maestros hicieron lo que pudieron, pero no entendían su comportamiento, sus procesos y su forma de pensar. Las instituciones no saben cómo manejar a estos niños”, explican los papás.
Nuevos desafíos
Ya en la secundaria, la experiencia fue diferente. Máximo fue al colegio San José donde un departamento pedagógico acompañó su trayectoria escolar a través de distintas adaptaciones. Fue la misma institución la que consideró que no era necesario trabajar con una maestra integradora. En el inicio de cada ciclo lectivo, la psicopedagoga se reunía con los profesores que lo iban a acompañar y les explicaba cómo era él y cómo tenían que trabajar. Sus padres recuerdan: “Tanto los docentes como los directivos se preocupaban mucho por su situación y esto hizo que se integrara muy bien a la escuela. El problema fue que le costaba muchísimo generar amigos. Para él no es sencillo entender los códigos de comportamiento social, le cuesta reconocer una broma, por ejemplo. Es una persona muy literal”.
“Estos son chicos diferentes. Más allá de las normativas, es necesario capacitar a los docentes y formar más maestros especiales que sepan y puedan manejarlos. La sociedad también tiene que aprender a convivir con ellos, a conocerlos y a respetarlos”, dice Alfredo. En sus palabras se cristalizan las historias de muchos niños y adolescentes que ven limitada su inclusión escolar: el principal obstáculo en el ejercicio de este derecho -garantizado por la Ley Nacional de Educación N° 26.206- es el desconocimiento.
Hoy, con 20 años, Máximo continúa en busca de su lugar. Participa del Grupo Scout de la parroquia Santa Teresita, una actividad que lo mantiene muy entusiasmado, y además, hace algunas semanas terminó un curso de impresiones 3D organizado por Cilsa. Hacia adelante aparecen para él nuevos desafíos como continuar su formación e insertarse en el mundo laboral: “Ahora quiero estudiar programación de software y aplicaciones, es algo que me llamó mucho la atención. También me gustaría trabajar”, asegura.
Temas






