¿Puede la Educación Sexual Integral prevenir la violencia digital de género?
Cuando uno o varios estudiantes manipulan con inteligencia artificial imágenes de sus compañeras para desnudarlas y las difunden, el daño no termina en las pantallas.
Cuando uno o varios estudiantes manipulan con inteligencia artificial imágenes de sus compañeras para desnudarlas y las difunden, el daño no termina en las pantallas.
La manipulación con inteligencia artificial de imágenes de compañeras por parte de estudiantes varones genera un daño que traspasa las pantallas y resulta difícil recomponer la convivencia en las escuelas. ¿Cómo reparar las heridas de las adolescentes violentadas? ¿Alcanza con expulsar a quienes las agredieron? ¿La Educación Sexual Integral es una herramienta eficaz para evitar que estas situaciones se repitan?
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Cuando uno o varios estudiantes manipulan con inteligencia artificial imágenes de sus compañeras para desnudarlas y las difunden, el daño no termina en las pantallas.
Las adolescentes deben continuar sus vidas en una escuela donde su intimidad fue vulnerada por sus propios compañeros. La convivencia queda atravesada por una violencia que no se resuelve necesariamente con la expulsión de quienes la ejercieron. Y surge una pregunta urgente: ¿qué puede hacer la escuela para reparar ese daño y evitar nuevas agresiones?
En Santa Fe, dos casos recientes muestran la dimensión del problema. En septiembre, en San Justo, al menos seis adolescentes de entre 15 y 16 años fueron víctimas de la difusión de imágenes falsas en las que aparecían desnudas, realizadas con inteligencia artificial a partir de fotografías reales. Algunas dejaron de asistir a clases después de la viralización.
En octubre, en el colegio Verbo Encarnado de Rosario, familias y estudiantes denunciaron que alumnos habían manipulado imágenes de al menos 27 compañeras, que incluso habrían sido ofrecidas para la venta. La denuncia provocó una protesta estudiantil y obligó a la institución a intervenir. En ambos casos, l a violencia digital irrumpió en la convivencia escolar y puso a prueba las respuestas institucionales.
Las consecuencias de estas agresiones van mucho más allá de la circulación de las imágenes. “Claramente este tipo de violencias dejan heridas muy profundas, porque atentan contra la dignidad, contra la identidad, contra la intimidad, contra la sexualidad de las pibas, y eso es necesario dimensionarlo”, dice Pilar Escalante, militante feminista popular, docente, licenciada en Ciencia Política y especialista en Educación Sexual Integral (ESI).
Desde su experiencia como docente de escuelas secundarias, Escalante sabe que las respuestas no son sencillas. “Muchas veces, cuando hablamos con las pibas, no reclaman punición, no reclaman castigos, sino que reclaman que sus compañeros dimensionen la situación que generaron, pidan perdón genuino y puedan reparar ese daño. Eso muchas veces aparece mucho más presente que la punición misma”.
Pero ¿cómo conseguir que los adolescentes comprendan el daño que provocan cuando manipulan y difunden imágenes sexuales falsas de sus compañeras? ¿Y qué puede aportar la Educación Sexual Integral para prevenir esas conductas?
La ESI no puede resolverlo todo
“En primer lugar creo que es imposible exigirle o pedirle a la ESI que por sí sola resuelva o nos dé respuestas para situaciones tan complejas como las de violencia digital”, plantea Escalante.
¿Por qué es imposible? “Porque estas situaciones reflejan, son producto de dinámicas de opresión, de disvalor, de dinámicas violentas hacia mujeres y feminidades en todos los ámbitos de nuestra sociedad”.
Sin embargo, la ESI es una herramienta que la especialista considera “central”, porque “permite que pibes, pibas, que las instituciones y que sus familias se pregunten por las relaciones de poder, de dominio, de desigualdad y también de acción y apropiación en términos de género en nuestra sociedad”.
También permite interrogarse sobre “por qué o para qué esos pibes generan esas imágenes, qué es lo que buscan, y poder indagar en esas dinámicas y además poder pensar y proponer dinámicas de encuentro entre pibes”.
La propuesta de la Educación Sexual Integral es, precisamente, “pensar las dinámicas sociales y humanas de manera más igualitaria, donde el otro, la otra, no sea alguien a ser atacado, sino alguien con quien convivir y construir el mundo en el que vivimos”.
Pero esa tarea implica mirar también lo que ocurre fuera de las aulas, en una sociedad donde la objetualización de las mujeres y el desprecio hacia sus cuerpos y sus sexualidades se reproducen cotidianamente.
La herramienta preventiva puede parecer insuficiente en una sociedad que rápidamente acude al castigo y la expulsión como única respuesta. Pero es esencial prevenir porque, cuando un “fenómeno” se extiende, las expulsiones sólo amplifican el problema.
La manósfera y los modelos de masculinidad
Los adolescentes varones están expuestos, a través de sus celulares, a espacios digitales donde el machismo y la violencia de género circulan y se legitiman. La llamada "manósfera" reúne comunidades virtuales que promueven discursos misóginos y modelos de masculinidad basados en el dominio sobre las mujeres. En esos espacios, la humillación de las chicas puede convertirse en una forma de obtener reconocimiento entre pares.
No se trata de atribuir automáticamente a esos contenidos cada episodio de violencia digital, sino de preguntarse qué modelos de masculinidad circulan entre los adolescentes y qué lugar ocupa la agresión contra las mujeres en la construcción de esos vínculos.
Escalante considera muy importante poner el foco en “qué imágenes, qué ideales, qué proyectos de varones se les ofrecen a estos pibes, para los cuales responden generando estas situaciones de violencia, para mostrarse ante quiénes, cómo, qué”.
La pregunta adquiere otra dimensión cuando se advierte que algunos adolescentes que manipulan imágenes de sus compañeras no parecen comprender la gravedad de sus actos. Según la experiencia de Lucía Fainboim, directora de la organización Faro Digital, muchos de esos chicos, una vez que lo hacen, plantean que no son malas personas.
Ese argumento obliga a indagar en una contradicción: ¿cómo pueden considerar que no hicieron un daño grave cuando las chicas sufren consecuencias tan profundas? ¿Qué significa para ellos fabricar una imagen sexual falsa de una compañera y compartirla con otros varones?
“Creo que efectivamente los pibes y pibas no están dimensionando el efecto que tiene el mundo digital, no dimensionan las consecuencias concretas y reales que la digitalidad tiene en la vida material”, plantea Escalante.
La falta de conciencia sobre las consecuencias no elimina la responsabilidad por la agresión. Pero comprender cómo se construye esa percepción es indispensable para prevenir nuevas situaciones.
Fainboim recuerda que “están muy solos los chicos, muy poco acompañados de sus familias, con pocos momentos de conversación”. Por eso propone que las personas adultas comiencen a preguntarles cómo les va en internet, de la misma manera que lo hacen cuando vuelven de un cumpleaños o de la escuela.
“Tenemos que empezar a entender que somos una misma persona en el mismo digital y en el mundo físico. Lo virtual es real, las chicas viven consecuencias enormes y la pasan re mal”, agrega la directora de Faro Digital.
Las plataformas digitales no son espacios neutrales. Los discursos violentos encuentran allí posibilidades de amplificación, mientras las familias y las instituciones educativas enfrentan dificultades para acompañar las experiencias de los adolescentes en esos entornos. Por eso, la prevención no puede limitarse a advertir sobre los riesgos de la tecnología: también necesita interrogar las relaciones que se construyen a través de ella.
La ley Ema: prevenir, escuchar y reparar
Santa Fe cuenta desde este año con una herramienta específica para abordar estas situaciones. La ley Ema, sancionada el 30 de julio, creó el Sistema Provincial para la Prevención y Abordaje Integral de la Violencia Digital en el Ámbito Educativo. Su alcance comprende a las escuelas públicas y privadas de la provincia y apunta tanto a la prevención como a la intervención cuando las agresiones ya ocurrieron.
La norma, que lleva el nombre de Ema Bondaruk, una adolescente de 15 años que murió después de la difusión de un video íntimo en su comunidad escolar, establece herramientas para incorporar la ciudadanía digital, el consentimiento, la privacidad y el uso crítico de la tecnología en los programas educativos.
También contempla la capacitación de los equipos educativos, la intervención ante las agresiones, el resguardo de las pruebas digitales y el acompañamiento integral a las víctimas, con una perspectiva que busca evitar la revictimización y promover respuestas reparatorias.
Su importancia no reside solamente en establecer cómo actuar después de una agresión, sino en reconocer que la prevención y el cuidado de los vínculos digitales también son responsabilidades institucionales.
La escucha de las y los adolescentes ocupa un lugar central en ese desafío. Y lo ideal es que las conversaciones comiencen mucho antes de que un grupo de estudiantes manipule imágenes de sus compañeras.
Para Escalante, también es necesario revisar la relación cotidiana con las tecnologías. “Cuando nuestro tiempo está tomado y parece que no vale si lo hacemos en Internet”, desarrolla, las personas pueden estar con sus familias y amigos y al mismo tiempo permanecer pendientes del teléfono. “Como si eso no tuviese un efecto en esas relaciones cotidianas. Bueno, así se instala una lógica de relación con la digitalidad”, sostiene.
Por eso convoca a “poner en el centro de nuestras acciones y nuestros discursos la materialidad de la vida, el lugar que tienen nuestros cuerpos, de la posibilidad de vivir con otras y otros al lado, para poder efectivamente dimensionar también los efectos materiales de la digitalidad”.
Reparar no significa obligar a convivir
La prevención es indispensable, pero ¿qué sucede cuando la violencia ya ocurrió y las adolescentes tienen que volver a encontrarse en la escuela con los compañeros que las agredieron?
“Claro que se pueden reparar, es nuestro rol como adultas y adultos también trabajar junto con los pibes y pibas. Y en las aulas”, sostiene Escalante.
Para eso considera “esencial” correrse del “adultocentrismo y poder escuchar qué pasa en los pibes”.
“Vemos ante este tipo de situaciones que se busca la respuesta fácil, la punición inmediata, sin haber hablado ni con pibes ni con pibas”, cuestiona.
La escucha tiene que comenzar por las adolescentes violentadas, por sus necesidades y por lo que ellas consideran una reparación posible. No se trata de imponerles una reconciliación ni de exigirles que vuelvan a compartir espacios con quienes vulneraron su intimidad.
Son ellas —en primer lugar— y ellos también quienes deben tomar la palabra para “poder pensar qué es lo que está pasando ahí, qué herramientas y qué acciones necesitan las pibas que han sido violentadas, para poder pensar en convivir con estos compañeros o no, o para sentirse reparadas”.
“A veces no es la expulsión, a veces sí es generar espacios separados para quienes han sido agredidas porque no quieren volver a compartir espacios. Y eso es necesario escucharlo y generarlo”, agrega.
Escuchar a las chicas también significa comprender que la reparación no necesariamente coincide con la respuesta que las personas adultas consideran adecuada. Y que garantizar su protección no es incompatible con trabajar para que quienes ejercieron violencia comprendan lo que hicieron y asuman su responsabilidad.
La respuesta punitiva puede ofrecer la ilusión de que el conflicto quedó resuelto cuando se aparta de la escuela a quienes ejercieron violencia. Pero el castigo no desarma las relaciones de poder ni los modelos de masculinidad que hicieron posible la agresión. Tampoco garantiza que los adolescentes comprendan el daño que provocaron ni que las chicas encuentren una reparación. Si esas conductas no se problematizan, la violencia puede repetirse en otros espacios.
“Si las instituciones solo respondemos desde la expulsión, estamos perdiendo una oportunidad justamente de trabajar en el fondo del problema, porque esos pibes van a llegar a otra escuela sin haber repensado nada de lo que sucedió ahí”, considera Escalante.
Por eso pide que “las instituciones, las escuelas, pero también las familias, el Estado, los adultos en general” puedan profundizar las dinámicas de reparación y prevención junto con los adolescentes.
No es una tarea que pueda asumir exclusivamente la escuela. “Necesitamos construir herramientas mucho más profundas y dimensionar que justamente estas situaciones tan violentas, tan horrendas, surgen a partir de dinámicas constantes de objetualización de las mujeres, de violencia hacia las mujeres, de desprecio hacia sus cuerpos y sus sexualidades”, advierte Escalante.
La Educación Sexual Integral puede contribuir a cuestionar esas dinámicas antes de que se conviertan en agresiones y también a trabajar sobre ellas cuando el daño ya está hecho.







