Tomar una decisión con libertad emocional es poder observar y distinguir las emociones que están presentes a la hora de hacer una elección; tomarnos el tiempo de reconocerlas, aceptarlas y con toda esa información disponible; elegir.
Las decisiones que tomamos están influenciadas por mandatos sociales, normas culturales y creencias que vamos recibiendo a medida que crecemos y que nos ayudan a encajar en nuestras familias y en la sociedad. En un primer momento la incorporación de estos mandatos es lo que nos permite sobrevivir cómo especie, aunque más adelante sean los responsables, en parte, de nuestro malestar.
Como nunca antes en la historia, las mujeres somos protagonistas del espacio social y la esfera pública. Nos movemos en el mundo laboral y social, hacemos uso de nuestro dinero, podemos planificar ser madres, si estar en pareja o no y cómo vivir nuestros vínculos. Estamos en constante movimiento para adquirir nuevos derechos y resguardar nuestra libertad. Pero… ¿qué nos pasa a las mujeres cuando nos quedamos solas y en silencio? ¿Cómo vivimos nuestro mundo emocional? ¿Cómo atravesamos las dudas internas? ¿Somos realmente libres a la hora de tomar una decisión?
Una lucha interna en las mujeres
Frente a cada posible elección, se dispara en nosotras una lucha interna que contrapone la satisfacción de nuestro propio deseo y el deseo de complacer a los demás, ya sean hijos, amigos, parejas y/o padres. Cuando las mujeres nos elegimos por sobre los demás se genera malestar en nuestro entorno inmediato, ya que ponernos en primer lugar y priorizar nuestro deseo, entra en contradicción con un mandato cultural fuertemente instalado: estamos condicionados socialmente a creer que las mujeres “deben estar siempre” al servicio de los demás.
Clara Coria, psicóloga e investigadora argentina, señala como “el aguante de las mujeres asociado al amor” es una creencia básica que nos lleva a ponernos en un segundo plano y a silenciar nuestra voz, como por ejemplo: las mujeres que callan sus desacuerdos para no alterar la armonía familiar; las que eligen no decidir sobre cuestiones económicas; aquellas que se sirven solo los restos de la comida de sus hijos, o bien las que se hacen cargo de las necesidades ajenas “solo por amor”.
Esta manera de funcionar está tan naturalizada que pasa desapercibida y permiten que los sentimientos de culpa y malestar nos limiten. Tomar consciencia de como estos mandatos autoimpuestos afectan constantemente nuestro estado de ánimo, nuestro bienestar y en consecuencia todas nuestras relaciones y vínculos, es un paso más para poder sentirnos plenamente libres y despojadas de esa sensación tan abrumadora al creer que estamos en falta.
Esto no significa que vamos a desconocer las necesidades del otro y solo pensar en las nuestras a cualquier precio, ya que el objetivo es buscar el equilibrio entre estos dos opuestos, reflexionando y ampliando nuestro autoconocimiento mediante el cuestionamiento constante de creencias y normas familiares, sociales y culturales.
La verdadera libertad es cuando cada decisión que tomamos esta rodeada de calma emocional, donde la culpa, el enojo y la queja ya no son parte de la ecuación; donde lo que elegimos hacer por los demás lo hacemos desde el amor y no desde la obligación, buscando siempre estar a gusto con nuestro accionar y en los espacios donde nos movemos. Es ahí, desde ese lugar de calma y comodidad con una misma, donde podemos comenzar a relacionarnos con los demás.
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