El documento, elaborado por Emmanuel Lista, Eugenia Orlicki y Leyre Sáenz Guillén; analiza las principales temáticas, motivaciones e intereses de formación continua de los docentes a nivel nacional, a partir de los cuestionarios que respondieron los maestros de 6º grado de primaria.
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Profundizar en la formación profesional y el acompañamiento de profesionales especializados pueden ser las claves para responder a esta demanda.
Para dialogar sobre esta inquietud de los docentes santafesinos, AIRE convocó a Mónica Aquino, psicopedagoga, investigadora y coordinadora de la Diplomatura en Inclusión Escolar de la Universidad Católica de Santa Fe.
“Los docentes piden mayor formación en la educación inclusiva porque de manera muy acelerada, a partir del 2012, incluso antes; la escuela que se denomina común comenzó a recibir un caudal muy grande de niños con desafíos en el desarrollo y con diferentes discapacidades que antes iban a la escuela especial. Ante esta nueva situación, los profesores se encuentran desprovistos de herramientas para enseñar. A la vez, esto se da en contextos de aulas muy numerosas; lo que complejiza aún más la situación y expone a los maestros a mucho estrés”, explica Aquino.
Un cambio de paradigma
Para explicar la problemática, la psicopedagoga precisa que Argentina adhiere al modelo social de la discapacidad, un paradigma que entiende que las dificultades no están ancladas en el sujeto sino que se encuentran en el contexto. No es la persona la que no puede, sino que hay barreras en su contexto que no le permiten desplegar su potencial.
Si trasladamos este concepto al aula, entendemos que no es el niño el que no tiene capacidad de aprender, sino que la forma en la que está pensada la dinámica escolar representa una barrera para el aprendizaje.
“Aquí es donde aparece la necesidad de aplicar lo que se conoce como ‘ajustes razonables’ para facilitar la participación, pero los docentes no saben cómo hacerlo y entonces se ven expuestos cotidianamente, durante muchas horas, a un caudal de estrés muy alto”, explica.
“Los profesores y maestros -advierte- no tienen formación acerca de cómo regular la conducta o la atención. No están preparados para saber qué hacer ante niños que no se comunican a través de la palabra, no escuchan, no ven, o que tienen dificultades para comprender o vincularse. Aunque escucharon hablar de autismo, hipoacusia o de síndromes; no saben cómo un alumno puede aprender a pesar de esa dificultad ni cuáles son las estrategias que funcionan en estos casos. Quizás recibieron información, pero el tema requiere profundidad y entrenamiento”.
Formación y acompañamiento
Aquino dirigió la investigación “Análisis de creencias de autoeficacia de docentes santafesinos en inclusión de estudiantes con CEA (condición de espectro autista)” de la UCSF. El trabajo, del que participaron la investigadora Ana Luisa Natta y la becaria Larisa Lechman, buscó indagar en la mirada que los propios maestros tienen de su trabajo en los procesos de inclusión.
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Según el informe “Formación continua de los maestros de grado” de la ONG Argentinos por la Educación, el 64% de los docentes de Santa Fe que fueron parte de las pruebas Aprender 2023 pidieron mayor formación en educación inclusiva y discapacidad.
“Un gran error que hemos cometido hasta la actualidad es suponer lo que los docentes requieren. Pero lo ideal es escucharlos a ellos porque son los que saben cuáles son sus necesidades. Esto es lo que investigamos, así encontramos que las demandas tienen que ver con la necesidad de acompañamiento por parte de los psicopedagogos y profesores de educación especial a la hora de pensar las intervenciones y tener mayores herramientas para saber de qué se tratan los desafíos del desarrollo”, detalla.
Otro aspecto destacado que surgió del trabajo es que la falta de seguridad del docente en lo que sabe y la poca confianza en sus propias capacidades -lo que se llama autoeficacia- redunda en menos motivación para asumir los desafíos y esfuerzos que conlleva el realizar planificaciones diversas o ajustes razonables. “Esto genera, primero, estrés laboral y daño a la salud mental de los docentes; y además, repliegue y falta de iniciativa. Se da también un conflicto a nivel de su vocación. Así se generan un sin número de situaciones que no colaboran con el propósito de la educación inclusiva”.
En el sentido contrario, la investigación encontró que los docentes sin formación que han tenido experiencias exitosas de inclusión, generan altos niveles de motivación y de confianza en sí mismos, lo que los anima a asumir desafíos mayores. A la vez, este tipo de experiencias positivas, llamadas “experiencias vicarias”, son vistas y generan motivación en toda la escuela.
Como conclusión, Aquino apunta a la necesidad de pensar en una graduación en las experiencias inclusivas que asegure que los docentes cuenten con la formación suficiente y la orientación de profesionales especializados. Mientras que las barreras limitan el acceso y la participación de los estudiantes con discapacidad, las prácticas colaborativas que cuidan a todos sus actores pueden convertirse en una palanca que impulsa tanto a los docentes como a toda la comunidad educativa a llevar adelante nuevos procesos de inclusión.