Entre la humillación y el acompañamiento para que los varones puedan salir de la violencia de género
Desde los dispositivos en las ciudades de Recreo y Santo Tomé, o desde Rosario, la perspectiva de trabajo en violencia de género pasa por habilitar la palabra para revisar estereotipos de género.
Los femicidios son la expresión más extrema de un viejo problema arraigado en la sociedad: la violencia de género.
Agustín Arnau es sociólogo y coordina espacios de trabajo con masculinidades en Recreo y Santo Tomé, también forma parte de estos espacios en Santa Fe. Apunta a la intervención estatal: la falta de políticas sostenidas está profundizando la violencia de género.
Por su parte, Ignacio Rodríguez es psicólogo, coordinador del Programa de Masculinidades de la Municipalidad de Rosario, también integra el Instituto de Masculinidades y Cambio Social. Para él, es esencial que esos espacios se alejen del enfoque punitivo, que ofrezcan una acompañamiento para revisar prácticas personales.
Arnau terminó su tesis en sociología, titulada "Levantar la mano", un concepto que retoma para pensar la genealogía social de la violencia. “Nuestras abuelas, la única manera que tenían de nombrar la violencia, es que alguien levantó la mano”. Esa forma de decirlo velaba la violencia.
El proceso de Ni Una Menos permitió construir “la figura social del hombre que ejerce violencia”. Entonces, desde los espacios de masculinidades que coordina, redefinen el gesto: “Los invitamos a levantar la mano, pero ahí en sentido polisémico: a tomar la palabra”.
En ese marco se inscriben los dispositivos grupales con varones. “¿Por qué el juez los manda? Si pegan en el baño o en el living, ¿por qué los manda al grupo? Porque sigue habiendo una hipótesis culturalista según la cual las representaciones mediante las cuales los varones ejercemos violencia se cocinan entre nosotros antes de llegar a la pareja”, señala.
Retoma a Rita Segato para pensar el cuerpo de las mujeres como superficie donde se inscriben esas violencias. “Las hipótesis más polémicas tienen que ver con que los varones le pegamos en el cuerpo de ustedes a una imposibilidad genérica nuestra”, afirma. Esa imposibilidad, sostiene, hoy estalla. “Todos los varones están tendiendo a ser cada vez más iguales… y a cualquier diferencia le ponemos la palabra puto”.
Los "humillados sociales"
Uno de los núcleos que más le preocupan es el silencio. “Trabajamos con humillados sociales… personas que ejercieron violencia pero no pueden decirlo. ¿Podés creer que no se animan a contarlo ni a la madre?”, explica.
Arnau introduce también su propia experiencia: “Yo soy gay hace años. A los gay nos dicen poco hombre. ¿Sabés a quién más le dicen poco hombre? A los que les pegan a las mujeres. Pero ¿qué tenemos los gays? Dos marchas al año. ¿Dónde viste una marcha para hombres violentos? No hay orgullo posible”.
Arnau describe además los circuitos judiciales y administrativos por los que transitan los agresores. La mayoría llega por derivación judicial. “La divergencia entre voluntarios y derivados es 96 a 4. Las condiciones sociales obturan la posibilidad de que un varón haga lo que la plaza le invita a hacer, que es ‘hermano, replanteá tus privilegios’. Esto no puede ser individual”.
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El proceso de Ni Una Menos permitió construir “la figura social del hombre que ejerce violencia”, afirma el sociólogo Agustín Arnau.
Ahí aparece la intervención estatal. Cuando llegan, el trabajo es profundo: “Durante seis meses el equipo labura para transformar esa obligación en oportunidad. Y te aseguro que los varones hacen algo con la violencia que ejercieron. No tenemos tasa de reincidencia”.
Sin embargo, advierte que algo se está rompiendo en la ruta crítica. “Tenemos más denuncias que nunca y los varones no están llegando. ¿Qué está pasando en el medio? Es una pregunta que estaría buenísimo empezar a contestar”.
Y vuelve a su premisa central: sin políticas públicas sostenidas y sin abrir la conversación comunitaria, la violencia seguirá escalando. “Si no entendemos esto, vamos a seguir engrosando nuestro cementerio de muertas”.
La experiencia de Rosario en el trabajo con varones que ejercieron violencia ya suma más de diez años. En los talleres participan tanto varones derivados por la Justicia como quienes llegan por decisión propia. También por abrumadora mayoría, llegan por derivación.
“Es abierto a cualquier varón que quiera revisar su modo de accionar, de vincularse”, explica Rodríguez. Aunque el vínculo con el Poder Judicial es central: “Trabajamos básicamente con la justicia porque son los que tienen más aceitado el mecanismo de derivación”.
Quienes llegan derivados suelen atravesar un momento inicial de rechazo. La frase es “No sé para qué estoy acá”. Lo primero, entonces, es desactivar la percepción punitiva. “Primero es construir eso: que pase de un mandato judicial a una demanda propia”, explica. Lo que ofrecen es “un acompañamiento”, sin sanciones morales.
Marcha 25N Santa Fe foto Maiquel Torcatt (19)
Como ocurrió en todo el país, la ciudad de Santa Fe marchó el 25 de noviembre para luchar y reclamar en contra de la violencia de género.
Maiquel Torcatt / Aire Digital
Ese acompañamiento tiene una meta concreta: que cada varón pueda revisar “su modo de construir, sostener y prolongar los vínculos”, incluyendo cómo transitan separaciones, duelos y pérdidas.
Rodríguez sostiene que el primer movimiento es la aparición de una pregunta. “Son varones que muchas veces han actuado sin pensar y nunca han pensado porque no le han podido poner palabras ni a sus emociones ni a sus pensamientos ni a sus conflictos”, dice.
Para la mayoría, el espacio es la primera instancia donde pueden hablar de sí mismos. No vienen de procesos terapéuticos previos ni de conversaciones con otros varones sobre estos temas.
Por eso, el equipo trabaja en grupos horizontales, sin posiciones morales: “No hacemos juicio de valor”. La apuesta es simple y compleja a la vez: que cada uno cuente su historia.
Lo que ahora sí se puede decir
El contexto de retroceso en derechos también se cuela en los talleres. Rodríguez lo observa a diario: “Antes había varones que silenciaban por corrección política lo que pensaban en relación a los feminismos y hoy lo están pudiendo decir”, señala.
Eso puede habilitar el trabajo: “Si lo están pudiendo decir ahí, podemos hacer algo”.
Pero advierte sobre el riesgo de que esos discursos se conviertan en nuevas complicidades machistas fuera del espacio. “Si lo dicen en otro grupo de varones, eso genera complicidades reaccionarias”.
La idea de “falsas denuncias” vuelve una y otra vez. “Eso aparece siempre. No a partir de ahora”, marca. Lo importante, dice, es reorientar la conversación:
“A nosotros no nos interesa la verdad en relación a lo jurídico, nos interesa que ellos puedan reconocer cuál es la parte en la que se tienen que responsabilizar”, establece Rodríguez.
La crisis social también se expresa en números. “Este año explotó además la derivación… un 30% más que el año pasado”, cuenta Rodríguez. No se trata solo del clima de época: también influyen la precariedad económica, las múltiples jornadas laborales y el retroceso en la distribución de los cuidados. “La vida material te lleva”, reconoce. Y en un sistema patriarcal, las primeras en absorber esas demandas siguen siendo las mujeres.