Escribió, entre muchos otros libros, Educar para la sostenibilidad de la vida y, en diálogo con Verónica Gago, Ecofeminismos: la sostenibilidad de la vida. También fue una de las coordinadoras de La gran encrucijada, títulos considerados clave para pensar este momento histórico que Herrero define como una “policrisis”. “Una crisis que tiene dimensiones diferentes, culturales, ecológicas, económicas, y todas ellas interconectadas”.
En un mundo de extrema concentración de la riqueza, es fácil caer en la parálisis. Pero eso no tiene nada que ver con el ecofeminismo. Herrero llama a “poner la vida en el centro”, porque considera que en la actualidad “hay una guerra contra la vida”.
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¿De qué se trata esa guerra declarada? “Creo que estamos ante una guerra contra la vida que tiene al menos tres dimensiones. Una guerra contra la vida biofísica con la transformación profunda de todas las formas en las que nuestro planeta funcionaba y de las que dependemos”, señala.
Y continúa con esa caracterización: “Hay una segunda dimensión de guerra contra la vida que es contra las condiciones de vida de las personas”. Lo que viene estudiando desde hace años, con amorosidad, lo expresa en forma de preguntas: “¿Cómo es posible que se pueda decir que la economía de un país está mejorando y que sus indicadores macroeconómicos crecen, a la vez que la gente no llega a final de mes, no puede comer, tiene que tener 25 trabajos para poder llegar hasta el final de mes y no pueden pagar la vivienda?”.
Y señala una paradoja: “Ahí hay una ruptura que marca el hecho de que cuando a la economía le va mejor, a la gente le va peor. Tenemos un problema grave”.
La comunidad es vital
La última dimensión de esa guerra es la de los vínculos y las relaciones. Si algo impulsa el modo de vida actual es el individualismo.
“Las personas solamente nos sostenemos en un marco de relaciones si somos cuidadas. Ninguna criatura pequeña ni persona muy mayor, ninguna persona enferma sobrevive si nadie se ocupa de ella”. Lo que Yayo advierte es que “se está enalteciendo la idea de que las personas no se tienen que ocupar de otras”.
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El individualismo que se propicia desde los lugares de máximo poder también se expresa en las políticas públicas, en los recortes y en vetos presidenciales a leyes como la de emergencia en discapacidad, por ejemplo. “Se dice que los servicios públicos, que no son sino sistemas de solidaridad institucionalizados, son una aberración, que la justicia social es una aberración, cuando es la base que permite que podamos existir”.
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Las propuestas del Gobierno nacional —a través del RIGI, por ejemplo— profundizan el modelo extractivista.
¿Cómo defenderse en esa guerra contra la vida común? “Lo que necesitamos es justamente todo lo contrario, es decir, ser conscientes de nuestra pertenencia a la trama de la vida, de la imposibilidad de que existan economías ni personas fuera de esa trama de la vida”. Y eso lo traduce en “desarrollar al máximo la idea de comunidad”.
Ante las propuestas del Gobierno nacional que —a través del RIGI, por ejemplo— profundizan el modelo extractivista, que encuentra en el Río Paraná y en el modelo agroexportador su expresión regional, la mirada ecofeminista aparece como un aporte para pensar presentes y futuros posibles.
Los riesgos inminentes
—¿Por qué es importante que todas las personas tengamos conciencia de que el planeta está en peligro?
—Las personas somos totalmente dependientes de la naturaleza. El aire que respiramos, el agua que bebemos, los alimentos que comemos, la energía que utilizamos proceden en primera instancia de la naturaleza. Por supuesto que los seres humanos hacen cosas con los recursos naturales para producir los alimentos o para que podamos enchufar una lámpara en nuestra casa, pero sin esa base previa no hay posibilidad de vida: no hay vida humana, ni tecnología, ni economía. Por tanto, si se dilapida y se destruye esa base, lo que sucede es que la propia vida humana está en riesgo. Además, es violentada porque se producen pugnas por el acceso a todos esos bienes, pugnas que están aprovechando ahora mismo sectores de población que son élites: niegan los problemas, pero se organizan para que no les afecten.
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—Justamente, lo que se plantea es que para vivir mejor necesitamos que haya inversiones, que vendrán a partir de la extracción de recursos naturales. ¿Qué responde el ecofeminismo ante eso?
—Preguntaría si en Argentina, como en España y en otros lugares, la profundización de los extractivismos ha servido para garantizar mejores condiciones de vida a la gente. Es decir, el extractivismo no es una cosa nueva. Se lleva planteando que hay que explotar los recursos naturales para construir vidas buenas desde hace al menos 300 años. Y hay que preguntarse si hasta el momento esa lógica ha servido para garantizar condiciones de vida digna a todo el mundo. Yo creo que la respuesta es que no.
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En respuesta a los discursos negacionistas del cambio climático, Herrero invita a “no renunciar al conocimiento humano”.
—¿Cuáles serán los efectos de mantener ese modelo?
—Si se profundizan las dinámicas extractivistas, podemos encontrarnos con que, en un lugar puntual, durante un periodo de tiempo de 10, 15 o 20 años, habrá algunas personas que tengan puestos de trabajo o incluso puedan tener salarios más altos vinculados a esa extracción. El problema es que, terminado ese periodo, todo cae de plano. Es una inversión que tiene los días contados.
Yayo Herrero sostiene que “hay quien por esos días contados es capaz de jugárselo todo, pero a mí me parece que es un error”.
Conocer para proteger
En respuesta a los discursos negacionistas del cambio climático, Herrero invita a “no renunciar al conocimiento humano”.
“Cuando se niega lo que la ciencia, y los científicos y científicas están estudiando desde hace un montón de años, se hace un tremendo ejercicio de negación de cualquier marco de precaución para poder protegernos”, sostiene.
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“Si para algo sirve la ciencia es para poder anticipar cosas negativas y permitir proteger la vida. Si le damos la espalda, dejamos nuestra vida sometida a la sorpresa de lo que nos depara el tiempo”.
El ejemplo que pone ocurrió en su país, pero no queda tan lejos de Santa Fe. “En España, por ejemplo, tuvimos una DANA hace pocos meses que se llevó la vida de un montón de gente en Valencia”, recuerda.
Las inundaciones de la DANA comenzaron el 29 de octubre de 2024. “Las personas que gobernaban esa región no quisieron tramitar los avisos de alerta que estaba lanzando la Agencia Meteorológica, porque decían que era un ente comunista que estaba lanzando mensajes que no eran ciertos”. Hubo más de 200 muertos.
“Lo que sucedió fue que la gente recibió las alarmas en sus teléfonos móviles cuando estaba subida a los árboles viendo pasar cadáveres. Yo creo que eso es criminal”.
*Yayo Herrero estuvo en Rosario para la charla "Ecofeminismos para cambiarlo todo", que compartió con Melisa Argento, Luci Cavalleroy Melisa Cabrapan Duarte, con moderación de Florencia Puente. La actividad fue organizada por la Fundación Rosa Luxemburgo, el Centro Cultural Parque de España, el Instituto de Salud Socioambiental (UNR) y el Centro de Investigaciones Feministas y Estudios de Género (UNR).