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"Sí, soy culpable", confesó el abusador serial de Rosario condenado a 20 años de prisión

Entre enero y julio, un hombre mantuvo en alerta a gran parte de Rosario sospechado de cometer una impresionante secuencia de hechos de abusos sexuales contra mujeres. El cerco sobre el agresor se fue cerrando a partir de los valientes testimonios que aportaron las víctimas. Una cicatriz que le cruzaba el rostro, la moto que utilizaba y su propia confesión sellaron su suerte.

Por varios meses la sigilosa conducta del abusador serial rosarino pasaba desapercibida y parecía vinculada a los frecuentes hechos de robos que sufren los comercios de la ciudad a toda hora del día. Pero el punto de inflexión se dio cuando de forma valiente las víctimas se animaron a narrar públicamente las aberrantes situaciones sufridas. A partir de ese momento se hilvanaron los casos denunciados. Casi todos calcados y con una misma matriz operativa.

“Hombre de 1,70 metro de altura, robusto, de entre 25 y 35 años, tez trigueña, una cicatriz en el rostro y un piercing en el labio superior. Se desplaza en moto, se hace pasar por cadete, cliente u ofrece algún producto para pispear la dinámica del negocio, después se retira pero regresa para someter sexualmente a las víctimas”.

Con ese patrón común y los llamativas coincidencias expresadas por las mujeres sometidas, la Unidad Fiscal de Delitos Sexuales comenzó a bucear en la conducta del agresor sexual una vez que se formalizaron las denuncias y se constataron los hechos.

Las autoridades confeccionaron un identikit con una aproximación de su rostro que fue publicado en los medios y redes sociales.

Entonces los investigadores acumularon en el legajo judicial la sospecha de que se trataba de un mismo hombre que había cometido un primer hecho el 9 de enero de este año contra la empleada de una librería de Buenos Aires al 3400 (abuso simple), luego el 29 de abril contra otra mujer en un petshop de Riobamba al 300 (abuso simple); el 14 de mayo atacó a una mujer en la vía pública, en pasaje Blanqué y Mitre (abuso con acceso carnal); el 20 de mayo, uno de los hechos más violentos en una librería de Sarmiento 4400 (con acceso carnal).

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Pero no se detuvo. El 24 de junio se presentó en una forrajería de Uruguay al 1100 y concretó un abuso simple contra una empleada, y cuatro días más tarde atacó a una joven en una verdulería de Londres y Hopkins. El 27 de junio visitó una veterinaria de San Nicolás al 300 (intento de abuso simple); y un último hecho se constató el 9 de julio de este año en Santa Fe y Suipacha, en plena calle, donde abusó de una chica a metros de la Facultad de Medicina, un caso de abuso sexual con acceso carnal por vía oral con amenazas de muerte. El hombre era impiadoso a la hora de actuar.

Tras las presentaciones, el siguiente paso de la pesquisa fue escuchar a las víctimas. Y así se fue moldeando el rasgo personal del agresor y se confeccionó un identik con su fisonomía. Es que ya conocidos los últimos abusos, la ciudadanía quedó bajo tensión al tener la sensación de que el agresor podría merodear a cualquier hora y lugar, volver a dar un zarpazo y cometer los salvajes abusos. Entonces las autoridades confeccionaron un identikit con una aproximación de su rostro que fue publicado en los medios y redes sociales, donde incluso se escrachó por anticipado a quien luego sería detenido.

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El identikit que se realizó en Rosario a partir del testimonio de las víctimas.

El identikit que se realizó en Rosario a partir del testimonio de las víctimas.

Volvió y cayó

Mientras se desarrollaba la intensa búsqueda, el sospechoso, como si nada, regresó a uno de los locales donde ya había concretado uno de los aberrantes hechos. El lugar era atendido por la mamá de una de las víctimas que, ante el presentimiento de que podría tratarse del hombre que le había robado días atrás, tomó los datos del dominio de la patente de la moto en la que se movía. Ese dato lo aportó a la Fiscalía, desde donde se ofició al Registro de Propiedad Automotor. Así se llegó al domicilio donde vivía Pablo Nicolás Barreto, de 24 años, soltero, cocinero, y con estudios medios incompletos.

Barreto fue sometido a una ronda de reconocimiento. Durante ese traumático pero indispensable trámite, siete de las víctimas lo señalaron sin dudar.

Para llegar a él se entrecruzó profusa evidencia. Es que además de la declaración de las víctimas, los investigadores dieron con Barreto por el relevamiento de las cámaras de seguridad, a través de los cuales se identificaron los números de las patentes de las motos con las que, junto a un hermano, trabajaba como cadete en una pizzería de Zeballos al 2000, en el macrocentro de Rosario, paradójicamente, a dos cuadras de los Tribunales provinciales.

De inmediato se ordenó su detención, y fue apresado el jueves 19 de julio pasado junto a su hermano en la pizzería de calle Zeballos mientras trabajaba. En su casa particular de Moreno al 3700, en tanto, se secuestraron una moto Honda CB dominio 863 JMT, la caja con la que realizaban los repartos, un casco y una campera. También se encontraron algunos de los objetos robados a las víctimas. El principal acusado rápidamente desligó a su hermano de lo ocurrido, por lo cual se ordenó libertarlo.

Reconocimiento positivo

Barreto fue sometido a una ronda de reconocimiento de personas en el Centro de Justicia Penal (CJP). Durante ese traumático pero indispensable trámite, siete de las víctimas lo señalaron sin dudar. “Es él”, lo apuntaron conmocionadas frente a la persona que la había ultrajado. Con un consistente grupo de evidencias, el domingo 21 de julio el abusador fue llevado a la audiencia imputativa que impulsó la fiscal Alejandra Raigal, de la unidad de Delitos contra la integridad sexual.

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El acto fue presenciado por Sofía, una de las víctimas, que temblaba ubicada sobre el fondo de la sala, y se encogía para tratar que la mirada del acosador no la identificara. Su relato al charlar con los medios presentes fue conmocionante como ejemplo de lo ocurrido. “Vine por que si yo no empezaba y denunciaba ésto, tenía la idea de que iba a quedar impune. Tengo mucho miedo, voy acompañada a todas partes. Lo vi y noté que no mostraba signos de nada, como si no hubiera hecho nada. Es muy fuerte tenerlo enfrente. Te aterra, por eso no quería que me viera. Por mí que no salga nunca más. Dejé de trabajar, no me puedo manejar sola, cambió mi vida de un día para el otro”, expresó Sofía.

El trámite que le puso un final al caso el día de la sentencia condenatoria fue presenciado por varias de las chicas sometidas. Algunas de ellas se abrazaron llorando.

La fiscal Raigal expuso cada uno de los elementos incriminantes. La moto, filmaciones, los relatos concordantes de las víctimas y el señalamiento en la ronda reconocimiento, la vestimenta y el casco que utilizó, los objetos robados recuperados en su casa. El acusado, acompañado del defensor público Andrés Bassi, no habló y miró desafiante a la jueza María Trinidad Chiabrera y cada tanto giraba la cabeza para observar al público presente.

La conducta de Barreto fue encuadrada bajo los delitos de abuso sexual con acceso carnal (3 hechos), abuso sexual simple (5 hechos) y robo (8 hechos), todos cometidos entre el entre el 9 de enero y el 10 de julio de 2019. Las víctimas fueron mujeres de entre 17 y 40 años, aunque seis de ellas tienen 17 y 18. Entonces la jueza le ordenó la prisión preventiva sin plazos.

Con una situación compleja, y el consentimiento de las partes para no exponer el hecho públicamente por la entidad de delitos y evitar la revictimización de las mujeres objeto de los abusos, la Fiscalía y la Defensa llegaron a un acuerdo para cerrar el caso en un juicio de trámite abreviado. Hace una semana Barreto volvió al edificio de justicia penal donde lo esperaba la audiencia en la que sería condenado tras admitir su responsabilidad absoluta en todos los hechos imputados.

Culpable

“Sí, soy culpable”, se limitó a esbozar Barreto impeturbable cuando el presidente del Tribunal Héctor Núñez Cartelle (integrado por Marías Trinidad Chiabrera y Román Lanzón) le preguntó si estaba de acuerdo con las condiciones del trámite y la condena pactada. Raigal ya había enumerado todas las evidencias. El tribunal bajó entonces el martillo y lo condenó a 20 años de prisión efectiva por ocho casos de robo, privación ilegal de la libertad y abuso sexual, algunas con acceso carnal por vía oral.

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Tras la audiencia Raigal indicó que siempre actuaba con un mismo patrón. “Entraba al negocio a ofrecer un servicio de seguridad o de cámaras, o preguntaba por un artículo, se cercioraba de que hubiera una mujer joven sola y que no hubiera cámaras de seguridad en el interior y después volvía otra como cliente”, relató la fiscal. Y describió que incluso las amenazaba con un arma que no fue hallada, las llevaba a un baño, las ataba con precintos plástico (cuello, muñecas y tobillos), y después abusaba”. La fiscal detalló que en algunos casos hubo “acceso carnal”, en otros “las obligaba a practicarle sexo oral” e, incluso, "les apretaba el precinto del cuello y les dejó marcas".

El trámite que le puso un final al caso el día de la sentencia condenatoria fue presenciado por varias de las chicas sometidas. Algunas de ellas se abrazaron llorando, se desahogaron, pero también expresaron su desacuerdo con la pena, que consideraron escasa en relación a los irremediables daños que sufrieron.

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