Santa Fe: la rutina que se los hermanitos que viven en el campo
El reloj marca la rutina, pero en el campo todo depende del cielo: cuando llueve, Aimará (7) y Antonio (13) recorren 7 kilómetros para llegar a la escuela.
Niñs santafesinos a caballo
De familia de jinetes, los caballos son parte de la vida de Antonio y Aimará, desde que tienen uso de razón.
La historia llegó casi de casualidad. Un oyente compartió una imagen y, detrás de esa postal, apareció la vida cotidiana de estos dos hermanitos santafesinos que, con total naturalidad, cuentan cómo hacen para ir a estudiar cuando los caminos se vuelven intransitables.
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“Sí, los días de lluvia vamos a caballo a la escuela”, dice Antonio, de 13 años, en diálogo con Fabiana Chiappero y Hernán Ceccato en el programa "La Noche al AIRE" con la simpleza de quien no siente que esté contando algo extraordinario. A su lado, Aimará, de 7, escucha y asiente.
Viven en el campo, a unos siete kilómetros del pueblo de Felicia, en el centro santafesino. El trayecto es todo por camino de tierra. Cuando el clima acompaña, sus papás los trasladan en moto o camioneta. Cuando llueve, los caminos desmejoran y entonces, los caballos se transforman en una alternativa válida.
“Por ahí se hace un poco tarde, pero llegamos justo”, agrega Antonio, que cursa primer año del secundario en la E.E.S.O.P N° 8128 San José , mientras su hermana va a segundo grado de la Escuela N° 337 José Manuel Estrada; ambos en el turno tarde.
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Los días de lluvia arrancan más temprano. “Salimos once, once y media para llegar a horario”, cuenta. Aimará entra un rato antes, pero igual hacen el camino juntos. A la vuelta, cuando el sol ya se fue, el paisaje cambia.
“Está un poco más oscuro, pero vamos charlando de lo que hicimos en la escuela… y también mirando las estrellas”, dice Antonio. En esa imagen, sencilla y poderosa, se resume mucho más que un viaje.
Caballos, familia y una infancia en libertad
Los caballos no son solo un medio de transporte: son parte de la familia. “Tenemos varios. Yo uso más a Gauchito y a Torito”, cuenta Antonio. Aimará también tiene los suyos y hasta la pequeña Ámbar, la hermanita de apenas dos meses, ya tuvo su primer contacto.
“La subimos un ratito para que vaya conociendo”, relatan, entre risas.
La vida en el campo tiene sus propias reglas. Después de la escuela, ayudan en casa, juntan huevos, colaboran con lo que haga falta. “A veces nos levantamos temprano para aprovechar el día, porque después se nos hace tarde”, dicen.
El cansancio existe, claro. Pero no viene tanto del caballo. “Es más el cansancio del día, de la escuela”, explica Antonio.
En el aula también encuentran su lugar. Aimará elige plástica: “Me gusta dibujar”. Antonio suma lengua, matemática y geografía a sus favoritas. Y cuando se les pregunta por el futuro, la respuesta vuelve a ser simple, pero contundente: “Me gustaría hacer más o menos lo mismo que hacen mis padres”.
No hay épica forzada en sus palabras. No hay dramatización. Hay, sí, una manera de vivir donde el esfuerzo es parte del día a día y donde ir a la escuela —aunque implique ensillar un caballo y atravesar caminos de barro— nunca deja de ser una prioridad.
“Nosotros solo íbamos a la escuela y nunca pensamos que podíamos salir en un programa”, dice Antonio, casi sorprendido. Para ellos, todo esto es simplemente su vida. Para muchos otros, una historia que vale la pena contar.
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