Hace más de treinta años que el “Mercadito de la ciudad” derriba prejuicios en un rubro que históricamente estuvo dominado por hombres: la carnicería. Comenzó como un negocio familiar, en el que el hombre de la casa llevó las riendas en un principio, pero rápidamente las mujeres fueron ganando terreno. Y aunque en el mundo que muchos anhelan no debería ser noticia, la historia de este local santafesino demuestra que hoy no hay trabajos exclusivos de un género.
Claudia Odasso tiene 47 años, pero cuando tenía 14 su mamá, Graciela Pedraza, junto a su pareja decidieron poner una carnicería en la vieja casa de la esquina de Avenida Gobernador Freyre y La Rioja. En ese momento iba de tarde a la escuela y por la mañana se divertía ayudando a su madre en la caja y viendo cómo el hombre desarmaba las medias reses o cortaba la carne en el mostrador para satisfacer a los clientes que buscaban el mejor pedazo para el asado del fin de semana. Así fue como se formó en su profesión de carnicera y hoy orgullosa cuenta que fue una de las primeras en la ciudad, pero recuerda que al principio nada fue fácil.
“Era difícil porque a la gente no le gustaba que la atienda yo por ser mujer y chica; y aparte se me complicaba con el estudio y terminar la secundaria. Ver dos mujeres atendiendo una carnicería era raro hace 30 años atrás”, contó la entrevistada desde el mostrador donde todos los días ofrece carnes y achuras frescas, las más buscadas del local desde sus inicios.
Con tan solo 15, Odasso se animó a despostar con un cuchillo y un gancho una de las pesadas medias reses que llegaban en cantidad al comercio que tenía una gran clientela. “Al principio atendía, pero miraba cómo desarmaba la pareja de mi mamá. No me parecía difícil y un día le dije «¿puedo probar si me sale?». Él era zurdo y yo derecha, lo hice a mi manera y así arranqué”, relató.
Para ella ser carnicera es como cualquier otra profesión, aunque aclara que no se estudia pero se tiene que aprender igual. Y que las mujeres lo pueden hacer como los hombres, porque aunque es un trabajo que implica manipular peso -razón por la cual se relaciona con lo masculino- es más técnica que fuerza.
“Me gusta mi profesión. Es pesada, pero no es fea. Los animales son pesados y al desarmar hay que alzar partes pesadas, pero yo soy delgada y chiquita y lo hago porque es más práctica, es saber hacer la fuerza”, explica la mujer para la que desmontar la media res es casi un arte: “La vaca viene dibujada. Es pesado, pero no difícil”, insiste.
Recuerda que muchas personas, hombres y mujeres, llegaban a la carnicería años atrás y cuando las veían con sus delantales blancos manchados con sangre y el cuchillo listo para cortarles el pedazo que deseaban, les decían “no gracias, espero a que me atienda el hombre”. Pero asegura que en aquel momento solo bastó con ganar la confianza de la gente y después pedían por ellas.
“Tenía gente grande que no querían saber nada con que los atienda, hasta que se fueron acostumbrando y después no querían que los atienda otro más que nosotras. Pero fue duro porque años atrás no era como ahora que hay mujeres en todos lados. Fue un ganar terreno, porque al hombre machista no le cerró nunca que una mujer iba a llegar a esta época a ser carnicera”, comentó. Agregó que incluso en su adolescencia le costaba reconocer en un baile ante los hombres su trabajo y hasta llegó a negarlo. Estimó que todo cambió desde hace aproximadamente 10 años a la par del avance social de la mujer, aunque todavía están los que se “sorprenden” al ver carniceras.
Odasso sostiene que no hay diferencias entre un carnicero y una carnicera y cree que muchas veces el plus está en que ellas en el Mercadito se ponen en el lugar de la ama de casa. “Te preguntan mucho y buscás aconsejas mejor para ayudar al otro. Calculo que los hombres también aconsejan, pero acá la regla es «para qué te voy a mentir si en tu casa te vas a dar cuenta»”, sostiene y aclara que en su local solo venden ternera de primera calidad, porque es “preferible” pagar un poco más por un buen pedazo que no va a salir duro.
Junto a ella y su mamá, también atiende el local Mariela Corvera, que se sumó como empleada hace algún tiempo, después del fallecimiento de la pareja de Graciela cuando necesitaron un poco de ayuda. Pero decidieron que el Mercadito iba a estar atendido solo por mujeres, haciendo en parte honor al apodo que ya les pusieron sus clientes: la carnicería de “las chicas” y generando una suerte de sororidad en la enseñanza del oficio.
“Nunca se nos ocurrió tomar un hombre. Como somos mujeres, nos da más seguridad y es más difícil tomar un hombre”, explica Odasso. Para Corvera fue todo un desafío aprender de la carnicería, pero logró derribar el mito del género. “Las conocía a las chicas porque trabajaba enfrente en la heladería. Me quedé sin trabajo y me dieron la oportunidad. Me sorprendía y las admiraba por el trabajo que hacían. Al principio pensé que no iba a poder, pero aprendí rápido, me gusta y me acostumbré”, sinceró.
Todos los días desde temprano las persianas y puertas del Mercadito las abren estas tres mujeres. Pedraza se ocupa de la caja y los proveedores, Odasso del pedido de carne y su desarme para luego junto a Corvera tomar la posta de los mostradores donde exponen las carnes y achuras frescas. Ser mujeres no las hace sentirse especiales en su rol, y así debería ser para todos.
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