Suicidio adolescente en Argentina: la alerta de Unicef por el riesgo entre varones de 15 a 19 años
Aunque la tasa de suicidio entre los adolescentes cayó un 36% en la última década, el fenómeno continúa por encima de los niveles de los años 80 y 90; un informe advierte sobre las diferencias por edad, sexo y territorio, y la necesidad de fortalecer la prevención.
La adolescencia tardía no sólo presenta niveles de suicidios ignificativamente superiores a los de la adolescencia temprana.
El suicidio adolescente sigue siendo uno de los principales desafíos de salud pública en la Argentina. Aunque las tasas de mortalidad registraron una reducción significativa durante la última década, las cifras muestran que el riesgo no se distribuye de manera homogénea: se concentra especialmente entre los 15 y los 19 años, la brecha entre varones y mujeres se amplía a partir de esa etapa y existen profundas desigualdades territoriales.
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Así lo advierte el nuevo informe Suicidio adolescente en Argentina, publicado por Unicef en octubre de 2026, que reconstruye la evolución del fenómeno desde 1980 y analiza las diferencias por edad, sexo y lugar de residencia. El documento plantea un escenario complejo: la mejora de los últimos años constituye un avance relevante, pero no alcanza para dar por resuelto un problema que continúa teniendo un peso considerable en la mortalidad de adolescentes y jóvenes.
Según los datos de la Dirección de Estadísticas e Información de la Salud (DEIS), la tasa de suicidio entre la población de 10 a 19 años pasó de 7,4 por cada 100.000 habitantes en 2014 a 4,8 en 2024, una caída cercana al 36%. Sin embargo, el indicador permanece por encima de los niveles registrados durante buena parte de las décadas de 1980 y 1990.
La evolución histórica ayuda a comprender la magnitud del desafío. Durante buena parte de aquellos años, la tasa adolescente se mantuvo entre dos y tres suicidios por cada 100.000 habitantes. Desde fines de la década de 1990 comenzó a aumentar de manera pronunciada y superó los seis casos por cada 100.000 durante buena parte de los años 2000 y comienzos de la década siguiente. El máximo reciente llegó en 2014; a partir de entonces se inició una trayectoria descendente, con oscilaciones interanuales.
El descenso, además, no fue idéntico en todos los grupos de edad. Entre 2014 y 2024, la tasa se redujo un 28,5% entre los adolescentes de 10 a 14 años y un 36% entre los de 15 a 19. En este último grupo, pasó de 12,9 a 8,3 suicidios por cada 100.000 habitantes. Pese a la mejora, la tasa continúa muy por encima de la registrada durante buena parte de las décadas de 1980 y 1990.
La adolescencia tardía, una etapa crítica
Uno de los principales hallazgos del informe es la diferencia entre la adolescencia temprana y la tardía. Las tasas de suicidio entre los 10 y los 14 años se mantuvieron en niveles relativamente bajos durante el período analizado, aunque con algunas oscilaciones. En cambio, el indicador correspondiente a los 15 a 19 años experimentó un crecimiento histórico mucho más pronunciado.
La distinción no es meramente estadística. En 2024, el suicidio representó el 6,3% de las defunciones entre los 10 y los 14 años y ocupó el octavo lugar entre las principales causas de muerte. Entre los 15 y los 19 años explicó el 14,7% de las defunciones y se ubicó como la segunda causa de muerte. Esa misma posición se mantuvo entre los jóvenes de 20 a 24 años, grupo en el que representó el 17,1% del total de las defunciones.
La distribución de los casos según sexo también revela diferencias significativas. De acuerdo con los registros del Sistema de Alerta Temprana de Suicidios (SAT-SS) para el período 2017-2024, el 76,7% de los suicidios adolescentes de mujeres ocurrió entre los 15 y los 19 años. Entre los varones, esa proporción alcanzó el 90%.
En contrapartida, entre las mujeres de 10 a 14 años la proporción de suicidios fue más del doble que la observada entre los varones de la misma edad. El dato refuerza la importancia de no considerar a la adolescencia como un grupo uniforme y de contemplar las particularidades de cada etapa.
La brecha por sexo se hace todavía más evidente cuando se analizan las tasas de mortalidad. Entre los 10 y los 14 años, los valores correspondientes a varones y mujeres son relativamente próximos. A partir de los 15 años, en cambio, la tasa masculina se ubica muy por encima de la femenina, una diferencia que continúa durante la juventud temprana, entre los 20 y los 24 años, y se mantiene en el grupo de 25 a 29.
La conclusión de UNICEF es que la adolescencia tardía combina dos características: una incidencia significativamente superior a la de la adolescencia temprana y una marcada desigualdad entre varones y mujeres. La masculinización del riesgo aparece así como uno de los rasgos estructurales del fenómeno durante la transición hacia la juventud.
Un mapa desigual: las diferencias entre provincias y departamentos
La dimensión territorial agrega otra señal de alerta. Las cifras nacionales ocultan realidades muy diferentes entre las provincias y, dentro de ellas, entre departamentos y localidades.
Para el período 2017-2024, Salta registró la tasa media anual más elevada de suicidio adolescente, con 16,2 casos por cada 100.000 habitantes de entre 10 y 19 años. Le siguieron Formosa, con 14,1; Catamarca, con 13,6; Santiago del Estero, con 11,1, y La Rioja, con 10,3.
En el otro extremo, la provincia de Buenos Aires presentó una tasa de 4 por cada 100.000 adolescentes, mientras que la Ciudad Autónoma de Buenos Aires registró 2,8. La tasa de Salta fue casi seis veces la de la Capital y alrededor de cuatro veces la bonaerense.
Sin embargo, el análisis no permite reducir el problema a una división entre el norte y el resto del país. La información desagregada por departamentos muestra focos de incidencia elevada en distintas regiones, incluso en provincias cuyos promedios generales son menos extremos.
Los Andes, Cachi y La Viña, en Salta, encabezaron el listado de departamentos con las tasas medias anuales más altas entre 2017 y 2024, con 65,5; 48,4 y 41,1 suicidios por cada 100.000 adolescentes, respectivamente. Les siguieron Tilcara, en Jujuy, con 38,8; San Javier, en Santa Fe, con 28,4, y Atamisqui, en Santiago del Estero, con 27,3.
También aparecen entre los departamentos con tasas elevadas Choya, en Santiago del Estero; Metán, en Salta; Cochinoca, en Jujuy; San Martín y San Jerónimo, en Santa Fe; Andalgalá y Capayán, en Catamarca; Juan Bautista Alberdi, en Tucumán, y Federal, en Entre Ríos.
Estas cifras requieren una lectura cuidadosa: el informe incluye en ese listado únicamente departamentos que acumularon cinco o más suicidios adolescentes durante el período analizado y advierte que, en poblaciones pequeñas, pocos casos pueden producir variaciones importantes en las tasas.
La comparación entre los cuatrienios 2017-2020 y 2021-2024 también muestra trayectorias diferentes. En el conjunto del país, los suicidios registrados entre los 10 y los 19 años disminuyeron un 6,5%, de 1.824 a 1.706 casos.
Pero el descenso nacional convivió con aumentos en algunas jurisdicciones. Tierra del Fuego duplicó los casos, de cinco a diez; Corrientes pasó de 33 a 41; la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, de 36 a 44; Tucumán, de 87 a 105, y La Rioja, de 24 a 28. También aumentaron los registros en San Luis, Catamarca, Buenos Aires y Chaco.
En cambio, se observaron reducciones pronunciadas en Neuquén, Río Negro, Misiones y Santa Fe. En esta última provincia, los casos descendieron de 190 a 148, una caída del 22,1%. También se redujeron en Santiago del Estero, Formosa y Salta, pese a que estas dos últimas se encuentran entre las jurisdicciones con tasas elevadas para el período completo.
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La diversidad de estas trayectorias refuerza la necesidad de analizar tanto la cantidad de casos como las tasas ajustadas por población. Una provincia puede concentrar muchos suicidios por su tamaño demográfico y, al mismo tiempo, presentar una tasa relativamente baja. A la inversa, territorios con menos habitantes pueden registrar una incidencia elevada en relación con su población adolescente.
Una mejora que no se extiende a todas las edades
El informe también advierte que la evolución favorable observada entre los adolescentes contrasta con la tendencia de los grupos de mayor edad.
Entre los jóvenes de 20 a 29 años, la tasa de suicidio pasó de 12,8 por cada 100.000 habitantes a 14,6, un aumento del 14%. También se registraron incrementos entre las personas de 30 años y más, especialmente en el grupo de 25 a 29 años.
La evidencia indica que el riesgo no alcanza su nivel más alto durante la adolescencia, sino que aumenta de manera marcada en las edades posteriores. Por eso, UNICEF plantea la necesidad de sostener las acciones de prevención más allá de los 19 años y garantizar la continuidad de los apoyos durante la transición hacia la vida adulta.
En el contexto internacional, la situación argentina presenta una evolución diferenciada. Las estimaciones de la Organización Panamericana de la Salud y la Organización Mundial de la Salud para la población de 10 a 24 años muestran que la tasa de suicidio en las Américas aumentó un 38% entre 2000 y 2021, con incrementos particularmente intensos entre las mujeres y en el grupo de 10 a 14 años. Las trayectorias, sin embargo, varían entre países.
A escala global, UNICEF estima que 59.322 adolescentes de 15 a 19 años murieron por suicidio en 2024. El organismo lo ubica entre las principales causas de muerte durante la adolescencia tardía y la juventud.
Los factores de riesgo y el desafío de la prevención
El documento señala que el suicidio adolescente no puede explicarse por una única causa. La adolescencia es una etapa atravesada por cambios físicos, emocionales y sociales, y el bienestar está influido por los entornos familiares, educativos, comunitarios y digitales.
Entre las situaciones que pueden asociarse con una mayor fragilidad emocional o de salud mental, Unicef menciona los conflictos familiares graves, la violencia o agresividad en el hogar, el abuso sexual, las dificultades en la trayectoria escolar, el bajo rendimiento académico, el rechazo por parte de los pares y las experiencias de acoso escolar o bullying, incluidas las burlas, el hostigamiento y las agresiones reiteradas.
El informe no presenta estos factores como una explicación única ni permite atribuirles, por sí solos, los cambios registrados en las tasas. Su planteo es que la prevención debe considerar la multiplicidad de circunstancias que atraviesan a los adolescentes y las diferencias según la edad, el sexo y el territorio.
En ese sentido, Unicef propone incorporar la prevención del suicidio adolescente a una política pública sostenida e intersectorial, con acciones coordinadas entre los niveles nacional, provincial y local.
Entre las prioridades identifica el fortalecimiento de la detección temprana en escuelas, centros de salud, servicios de protección y espacios comunitarios; el establecimiento de mecanismos claros y oportunos de derivación; la ampliación del acceso a servicios de salud mental adecuados para adolescentes, y el seguimiento de quienes hayan sido identificados en situación de riesgo.
La estrategia, según el organismo, debe combinar acciones universales de promoción del bienestar y prevención temprana con intervenciones focalizadas en los grupos y territorios de mayor riesgo. La información disponible permite identificar dónde se concentran las tasas más elevadas, aunque se requieren estudios adicionales para comprender la relación entre esas diferencias y las condiciones materiales de vida, la ruralidad, la dispersión poblacional, la composición de las comunidades y la disponibilidad de servicios de salud mental.
La advertencia sobre los datos más recientes
El informe incorpora una salvedad importante sobre la calidad de los registros. Las estadísticas de defunciones de la DEIS permiten reconstruir la evolución histórica y calcular tasas comparables, mientras que el Sistema de Alerta Temprana de Suicidios aporta información más detallada sobre las personas y las circunstancias de los hechos registrados desde 2017.
Ambas fuentes no siempre coinciden. Entre 2017 y 2024, la DEIS registró 3.257 defunciones por suicidio entre adolescentes de 10 a 19 años, mientras que el SAT-SS contabilizó 3.530. La diferencia acumulada fue de 273 casos, equivalente al 8,4% de los registrados por la DEIS. Estas discrepancias no permiten concluir por sí solas que una fuente subregistre o sobrerregistre los casos: para determinarlo sería necesario vincular los registros individuales y revisar cómo fue tratado cada hecho en ambos sistemas.
A esto se suma que las cifras pueden estar afectadas por problemas de clasificación y subregistro, vinculados, entre otros factores, con el estigma social y las dificultades para determinar la intencionalidad de algunas muertes. Por eso, Unicef advierte que los datos disponibles deben interpretarse como una aproximación y un piso mínimo de la magnitud del problema, no como una medición exhaustiva.
El Sistema Nacional de Información Criminal registró, para el conjunto de las edades, un aumento de las víctimas de suicidio entre 2020 y 2025: pasaron de 3.262 a 5.209, y el último año superó en un 22,6% el valor de 2024. Sin embargo, el informe advierte que hubo una ruptura de la serie vinculada con mejoras de cobertura y clasificación en la provincia de Buenos Aires. Por lo tanto, el incremento no puede atribuirse íntegramente a un aumento de la mortalidad por suicidio. Además, los datos agregados de 2025 no permiten establecer cómo evolucionó específicamente el suicidio adolescente ese año.
La conclusión es clara: la caída registrada desde 2014 representa una mejora sustantiva, pero el suicidio continúa siendo una causa importante de mortalidad evitable entre adolescentes y jóvenes. La concentración del riesgo en la adolescencia tardía, la marcada diferencia entre varones y mujeres y las desigualdades territoriales muestran que no alcanza con sostener una tendencia general favorable. El desafío es comprender las distintas realidades, mejorar la información disponible y garantizar respuestas de prevención y atención oportunas, especialmente allí donde el riesgo es mayor.
FUENTE: UNICEF Argentina, "Suicidio adolescente", Serie Monitor de la niñez y la adolescencia, octubre de 2026.








