Pensamientos suicidas en adolescentes: hablar, escuchar y estar presentes puede ayudar a prevenir

El 10 de septiembre es el Día Mundial de Prevención del Suicidio. Especialistas advierten que las señales pueden aparecer mucho antes de una crisis y que frases como “no tengo más ganas de vivir” no deben minimizarse. La escucha, el acompañamiento familiar y el acceso a salud mental son claves para intervenir a tiempo.

El 10 de septiembre es el Día Mundial de Prevención del Suicidio. La clave está en la prevención.

El 10 de septiembre es el Día Mundial de Prevención del Suicidio. La clave está en la prevención.

Hay frases que pueden pasar inadvertidas en medio de una conversación cotidiana. Un adolescente que dice que está cansado de todo; que no tiene ganas de seguir; que se siente solo; que nada tiene sentido. Puede decirlo cara a cara, encerrado en su habitación o en un mensaje de WhatsApp. Para un adulto, puede sonar a una expresión más de angustia, enojo o frustración. Para ese adolescente, puede ser un pedido de ayuda.

El suicidio es la primera causa de muerte en Argentina en jóvenes entre los 15 y 24 años. En lo que va de 2026, se registraron 362 suicidios y más de 8.300 intentos de suicidio, los números permiten dimensionar la magnitud de un problema en el que los intentos y las ideas suicidas también constituyen señales que requieren atención. Detrás de una conducta de autolesión o de una frase que expresa desesperanza puede haber un sufrimiento que no siempre es visible.

Una modificación en las amistades, el abandono de actividades que antes disfrutaba, un mayor aislamiento o cambios en los hábitos  alimentación pueden ser señales de que algo está pasando.

Una modificación en las amistades, el abandono de actividades que antes disfrutaba, un mayor aislamiento o cambios en los hábitos alimentación pueden ser señales de que algo está pasando.

Este 10 de septiembre, Día Mundial de Prevención del Suicidio, la pregunta no es solamente cuántas personas se suicidan. También es qué ocurre antes. Qué señales se dejan pasar. Cuántas veces un adolescente intenta decir que algo no está bien y los adultos no alcanzan a escucharlo.

Las banderas rojas

Para el doctor Fabio Bastide, pediatra y especialista en medicina del adolescente, la prevención comienza mucho antes de que aparezca una situación crítica. Y para poder advertir que algo está ocurriendo es necesario acompañar de manera cotidiana a los adolescentes.

“Tenemos que partir de esa base de un buen acompañamiento y una buena escucha de este adolescente”, sostiene Bastide. No se trata solamente de preguntar cómo le fue en la escuela o si hizo la tarea. Se trata de conocer sus rutinas, sus vínculos y aquello que habitualmente disfruta para poder reconocer cuándo algo empieza a cambiar.

Una modificación en las amistades, una caída en el rendimiento académico, el abandono de actividades que antes disfrutaba, un mayor aislamiento o cambios en los hábitos de sueño y alimentación pueden ser señales de que algo está pasando. “Si no lo acompañamos, no voy a poder ver las banderas rojas”, explica el especialista.

La adolescencia, además, transcurre hoy en un escenario atravesado por la tecnología. Las redes sociales, los juegos en línea, los nuevos códigos digitales y también las apuestas forman parte de la vida cotidiana de muchos jóvenes. Bastide no plantea alejar a los adolescentes de ese universo, sino que los adultos conozcan y acompañen lo que hacen allí.

“Tenemos que estar los adultos, no en prohibirla porque la tecnología es muy buena, sino acompañarla”, plantea. Para hacerlo, advierte, también es necesario que madres y padres se involucren, aprendan y se mantengan actualizados respecto de las herramientas y códigos que utilizan sus hijos.

La cuestión adquiere otra dimensión cuando aparecen los desafíos o retos virtuales que pueden involucrar conductas riesgosas. Bastide señala que, especialmente durante el proceso de maduración cerebral propio de la adolescencia, puede existir una menor capacidad para dimensionar las consecuencias de determinadas acciones. Por eso, el acompañamiento adulto también debe extenderse a ese territorio.

Desterrar los miedos y dialogar

Pero si hay una idea que los especialistas consideran necesario desterrar es la de que preguntar por el suicidio puede inducir a un adolescente a hacerlo. Bastide es categórico: hay que preguntar.

“Hay que preguntar y cuál fue la intención de que hizo, si alguna vez pensó hacerlo”, explica. Y agrega que, durante el abordaje de un adolescente, la pregunta debe hacerse “abiertamente, sin miedo”.

Uno de los mayores riesgos es minimizar aquello que los adolescentes expresan.

Uno de los mayores riesgos es minimizar aquello que los adolescentes expresan.

No hay que rodear la cuestión ni buscar eufemismos cuando existen señales que generan preocupación. “No hay que ir con rodeos, preguntarle y, bueno, en base a la respuesta uno sabe qué tan urgente es”, señala el pediatra.

Esa conversación puede ser difícil para los adultos porque obliga a enfrentarse a una posibilidad que genera miedo. Sin embargo, suponer que un adolescente no puede estar atravesando pensamientos suicidas puede llevar a interpretar equivocadamente sus señales.

“Si uno supone, ya suponemos mal, y si no preguntamos podemos interpretar mal”, advierte Bastide.

La psicóloga Miriam Manzur coincide en que uno de los mayores riesgos es minimizar aquello que los adolescentes expresan. En su experiencia profesional, muchas veces las señales aparecen en palabras concretas que los adultos no alcanzan a dimensionar.

“Los chicos te lo dicen en WhatsApp: ‘No tengo más ganas de vivir’”, relata. El problema, sostiene, aparece cuando esa frase es interpretada como una exageración o como una expresión pasajera de malestar. “No se le va a pasar al chico”, afirma.

Para Manzur, detrás de muchas de estas situaciones aparece un sentimiento que se repite: la soledad. “Una de las frases que yo más recibo o escucho es: ‘Solo me siento en mi casa’”, cuenta.

Cómo influye la ausencia del contacto afectivo presencial

La especialista utiliza una expresión fuerte para describir a algunos adultos: “padres fantasmas”. No porque no quieran a sus hijos, sino porque están físicamente presentes pero emocionalmente ausentes, atravesados por las exigencias laborales, el cansancio y una vida cotidiana en la que la virtualidad ocupa cada vez más espacio.

“Estos padres que son padres fantasmas aman a sus hijos, segurísima, pero no se están dando cuenta del error”, plantea.

Manzur utiliza la expresión “padres fantasmas” para describir a los adultos que están físicamente presentes pero emocionalmente ausentes.

Manzur utiliza la expresión “padres fantasmas” para describir a los adultos que están físicamente presentes pero emocionalmente ausentes.

La pérdida del contacto afectivo presencial es, para Manzur, una de las consecuencias de una transformación social que comenzó con la revolución virtual y que atraviesa a distintas generaciones. La comunicación puede estar permanentemente activa y, sin embargo, faltar el encuentro, la conversación y el abrazo.

“Es más fácil contactarte por internet con un saludo de cumpleaños, con un regalo de una flor por internet, que golpear la puerta”, sostiene. Y advierte que las personas no están preparadas para reemplazar indefinidamente el contacto afectivo por vínculos mediados por pantallas.

En ese escenario, la soledad puede profundizarse. Y no hace falta necesariamente atravesar una depresión para que aparezcan ideas suicidas. Manzur remarca que también pueden intervenir los trastornos de ansiedad, la angustia, las fobias, determinadas situaciones de vacío interior o, simplemente, una sensación de falta de sentido.

“No necesita estar depresivo para una idea”, sostiene.

Para la psicóloga, el problema también está relacionado con una sociedad que muchas veces enseña a los jóvenes a valorar lo que tienen por encima de lo que son. “Hoy tenemos una sociedad de jóvenes que tenés que ser por lo que tenés y no por lo que sos”, plantea.

Reconstruir vínculos y establecer límites

Recuperar el sentido de la vida implica, entonces, volver a construir vínculos, objetivos, valores y capacidad para atravesar las dificultades. Porque la frustración y el dolor forman parte de la vida, y aprender a transitarlos también es una tarea de la crianza.

Manzur insiste en la importancia de recuperar los límites dentro de la familia. Su fórmula es sencilla: “Límite más amor y es estar”.

Ambos especialistas cuestionan el uso permanente de los celulares y plantean que existen espacios familiares que deberían recuperarse como lugares de encuentro

Ambos especialistas cuestionan el uso permanente de los celulares y plantean que existen espacios familiares que deberían recuperarse como lugares de encuentro

Ese estar también significa establecer reglas respecto del uso de los dispositivos. La especialista cuestiona el uso permanente de los celulares y plantea que existen espacios familiares que deberían recuperarse como lugares de encuentro. La mesa, por ejemplo, debería ser un momento sin teléfonos, destinado a conversar. También considera necesario establecer límites horarios durante la noche.

No se trata, en su mirada, de demonizar la tecnología. La cuestión es cómo se utiliza y qué lugar ocupa en la vida cotidiana. “Yo estoy totalmente de acuerdo en los avances tecnológicos, virtuales, todo tiene un límite”, sostiene.

Bastide plantea una mirada similar desde la medicina del adolescente: la tecnología no debe ser necesariamente prohibida, pero sí acompañada. El adulto necesita saber qué mira su hijo, con quién interactúa, qué juegos utiliza y qué situaciones pueden exponerlo a riesgos.

La prevención, una política de continuidad

La prevención, sin embargo, no puede quedar exclusivamente en manos de las familias. Manzur cuestiona la falta de continuidad de las políticas preventivas y sostiene que los resultados de una verdadera estrategia de prevención no pueden medirse de inmediato.

“La prevención, el resultado lo vamos a ver dentro de cinco años”, afirma. Para la especialista, una campaña aislada no alcanza. La prevención necesita continuidad y repetición para que determinados mensajes formen parte de la vida cotidiana.

“En este tema necesitamos repetición”, sostiene. Su idea parte de una premisa sencilla: el aprendizaje se construye también a través de aquello que se escucha una y otra vez. Por eso propone una prevención sostenida, capaz de instalar conversaciones sobre salud mental, vínculos, frustración, soledad y sentido de vida mucho antes de que aparezca una crisis.

En esa tarea, la escuela, los medios de comunicación, el Estado, las familias y la comunidad tienen un papel que cumplir. La prevención no comienza necesariamente cuando un adolescente manifiesta una intención suicida. Puede comenzar mucho antes, cuando un adulto se sienta a escuchar, cuando pregunta cómo se siente y cuando toma en serio una frase que podría resultar incómoda.

Bastide también advierte que ningún episodio de autolesión debe ser minimizado. Ante una conducta de este tipo, considera necesario un abordaje interdisciplinario que incluya al pediatra o especialista en adolescencia y al área de salud mental, y que pueda incorporar también a otros profesionales cuando sea necesario.

Las dificultades de acceso a la atención de salud mental, señala, constituyen además un problema concreto. Por eso, frente a una situación de riesgo, también es importante que las familias busquen ayuda y no intenten resolver solas aquello que las desborda. “El miedo no es un buen consejero en ninguna circunstancia”, sostiene Bastide.

La recomendación vale también para quienes ya cuentan con un acompañamiento profesional. Si un adolescente que atraviesa una depresión u otra problemática de salud mental tiene una conducta de autolesión o manifiesta pensamientos suicidas, es fundamental comunicarlo al profesional que lo atiende para que pueda adecuar el abordaje.

Hablar, entonces, no significa tener todas las respuestas. Significa estar dispuesto a escuchar sin juzgar, preguntar sin miedo y tomar en serio aquello que el adolescente está expresando.

“Que no duden de buscar ayuda”, recomienda Bastide a las familias. Y plantea una idea que resume buena parte de su mirada sobre la adolescencia: “Nunca van a estar solos”.

Para Manzur, el desafío es todavía más amplio: recuperar la presencia en una época en la que estar conectados no necesariamente significa estar acompañados. Volver a conversar, compartir una comida sin teléfonos, establecer límites, enseñar a tolerar la frustración, mirar al otro y detenerse unos minutos para escuchar pueden parecer gestos pequeños frente a un problema de semejante magnitud.

Frente a una situación de riesgo, también es importante que las familias busquen ayuda y no intenten resolver solas aquello que las desborda.

Frente a una situación de riesgo, también es importante que las familias busquen ayuda y no intenten resolver solas aquello que las desborda.

Pero justamente allí puede comenzar la prevención.

“Hay que hablar, al menos, hay que estar”, insiste la psicóloga.

Bastide lo expresa desde otro lugar: “Nuestros adolescentes, que los miremos y que los acompañemos”. No como una generación problemática a la que hay que controlar, sino como personas que atraviesan una etapa de profundas transformaciones y necesitan adultos disponibles para ayudarlos a transitarla.

Porque detrás de una pantalla, de un cambio de conducta, de un silencio o de una frase que parece pasajera puede haber un pedido de ayuda. Y muchas veces, el primer paso para escucharlo es animarse a preguntar.

En situaciones de crisis, en Santa Fe se puede solicitar asistencia a través del 107, que cuenta con equipos específicos para salud mental.

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