domingo 7 de junio de 2020
Salud | coronavirus | Rosario | cuarentena

Coronavirus: postales de cómo Rosario mutó de la rutina a la cuarentena general

La crónica y las historias de una semana en la que la vida cotidiana de los rosarinos se fue limitando en el progresivo avance hacia el aislamiento social obligatorio.

Que a nadie sorprenda si en breve se edita un manual que condense cuántas formas hay de abrir una puerta sin utilizar las manos. En Rosario, en el tradicional bar Savoy, de San Lorenzo y San Martín, un hombre la empuja con el codo para entrar. Quien le sigue opta por utilizar la pierna. Poco después, una mujer la abre con la mano y la sostiene para que pase su acompañante: no recibe las gracias, le llega un ceño fruncido.

Es miércoles, mitad de semana. Desde la primera cadena nacional de Alberto Fernández el domingo pasado, en la que anunció la suspensión de clases debido al avance del coronavirus, la vida en la ciudad ha ido mutando, como muta el virus en cada país al que llega según los expertos. Y los modos y costumbres de los rosarinos seguirán mutando en los próximos días, hasta que una segunda cadena nacional anuncie un inédito aislamiento obligatorio. Los clientes del Savoy aún no saben lo que se viene, aunque quizá algunos lo intuyan.

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Los que hacen las colas en las farmacias saben que ya no hay alcohol en gel y también se complica conseguir paracetamol.

Los que hacen las colas en las farmacias saben que ya no hay alcohol en gel y también se complica conseguir paracetamol.

Sábado a la tarde, día previo a la primera cadena nacional. En el complejo de cines Village, en zona oeste, un hombre compra entradas. “¿Son cinco? Te las vendo separadas pero en la misma fila, con un asiento libre en el medio, después si ustedes quieren se juntan”, explica la vendedora. El día anterior se conoció una de las primeras disposiciones municipales que busca evitar reuniones masivas: este fin de semana redujeron a la mitad la capacidad de cines y salas. Quienes compran entradas se enteran de la novedad por la vendedora, todos acatan las reglas.

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Por la noche, al igual que el viernes, no abren boliches ni cantinas, pero lejos está de extinguirse la movida joven: hay mucha gente en los bares de Pichincha. Agustina tiene 17 años y es parte de un grupo de quince al que le cuesta encontrar espacio. Rebotan en varios lugares porque los locales decidieron ampliar el espacio entre las mesas y lógicamente entra menos gente. “Al final tuvimos suerte y nos aceptaron en un bar de calle Alvear donde entramos medio apretujados”, cuenta. Suerte, un concepto variable que demorará dos semanas en verificarse.

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Los parques de Rosario se fueron convirtiendo en un desierto.

Los parques de Rosario se fueron convirtiendo en un desierto.

Domingo al mediodía, Plaza Sarmiento. Una mujer sube a un colectivo interurbano que la llevará a Funes, un viaje de media hora larga desde el centro rosarino. Su destino es un almuerzo programado hace semanas. Aunque ya está en camino, duda si está bien juntarse. Una de las comensales ya se excluyó sola por formar parte de un grupo de riesgo, otra que asiste anticipó que esta sería “su última salida por mucho tiempo”. Afuera llueve con ganas. Adentro hay bastantes pasajeros y el chofer escucha música a todo volumen. En el fondo del micro alguien estornuda. Dos veces. Y pide perdón. A la mujer que acaba de subir le da un escalofrío, el mismo escalofrío que le recorre el cuerpo cuando a la tardecita escucha de boca del presidente que se suspenden las clases para intentar frenar la expansión local del virus que mantiene en vilo a Italia y España, tras hacer estragos en China. Esa misma noche, el intendente Pablo Javkin define el cierre del casino, los cines y centros culturales.

Lunes a la mañana, en el Colegio de Odontólogos ubicado en el macrocentro. Hay muy pocas personas comprando los habituales certificados que en marzo suelen demandar tanto escuelas como clubes, porque las primeras tienen cerradas sus puertas hasta fin de mes y los segundos han comenzado a suspender sus prácticas. El guardia ubicado dentro sonríe a los pocos que ingresan. Está sentado detrás de una mesa en la que solo hay una cosa: un gran dispenser de alcohol en gel.

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Al igual que en Santa Fe, los shoppings y los cines ahora están cerrados.

Al igual que en Santa Fe, los shoppings y los cines ahora están cerrados.

Pasado el mediodía, la esquina de Salta y Dorrego está en calma. “A esta hora suele ser un hervidero, salen los pibes de los colegios, los autos se amontonan y estacionan en doble fila, hay gente por todos lados. Ahora es la muerte, no hay nadie en la calle”, se asombra Paula, quien desde el sexto piso de su edificio mira la calle desierta. Es una de las rosarinas que comienza la semana intentando coordinar una logística imposible: sus hijas no tienen escuela pero ella y su marido trabajan con normalidad, los abuelos quedan fuera de la ecuación por ser grupo de riesgo y decidieron licenciar a la niñera para que no arriesgue su salud al cruzar media ciudad para venir a trabajar.

Martes de sol y viento cálido, ideal para disfrutar al aire libre. En las plazas, sin embargo, no hay muchos chicos. Apenas algunos adultos corren y lo hacen solos: los grupos de running comenzaron a suspender sus salidas. En los negocios escasean las decoraciones verdes pese a ser 17 de marzo: lejos de las fiestas de otros años, este San Patricio pasa casi desapercibido. “Encontramos la forma perfecta de celebrarlo: nuestro servicio de delivery”, promociona Asguardian Bar en sus redes sociales.

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La peatonal Córdoba es una zona fantasma, con todos los negocios cerrados y sin gente.

La peatonal Córdoba es una zona fantasma, con todos los negocios cerrados y sin gente.

Teresita trabaja en la ONG Construyamos Puentes, de Puente Gallego, en el sudoeste rosarino. Hoy y mañana serán sus último días de trabajo porque decidieron suspender actividades hasta nuevo aviso. “De la semana pasada a esta todo cambió en el barrio”, remarca. “Estamos más pendientes de la limpieza y hay gente que quiere echar lavandina hasta en el saludo de los codos”, bromea. La situación, sin embargo, es seria: “La mayoría acá trabaja por su cuenta o limpiando casas, vive día a día, si no trabaja no tiene ingresos. Suspendimos los talleres pero reforzamos la ayuda porque sabemos que en este momento es imprescindible lo que podamos hacer”, resume.

Miércoles por la mañana. En la esquina de Alem y 3 de febrero, el bar Vittorio hoy tiene anulada una mesa cada dos. Para que les quede claro a los clientes arriman las sillas a la mesa, como cuando limpian, en clara señal de que allí no se pueden sentar. En otros bares céntricos es la clientela la que regula el distanciamiento (o no). En unas horas, llegará la disposición municipal de que los restaurantes se conviertan en deliveries, pero aún es solo un rumor.

Una joven adquiere un medicamento y asegura no recordar qué más tenía en su lista. “¿Será paracetamol? Lo están pidiendo todos, está por entrar en falta”, le advierte la vendedora.

A pocas cuadras de allí, una camioneta de Gendarmería patrulla la zona del Monumento a la Bandera, prácticamente vacía. Va con altoparlantes: “Vecinos y vecinas, en el marco de la emergencia sanitaria decretada por el Gobierno nacional, el Ministerio de Seguridad de la Nación informa que para prevenir la propagación del coronavirus se deberán respetar las medidas de distanciamiento social, evitando aglomeraciones de personas y limitando la circulación. Recordá que cuidarse es cuidar a todos”, es el mensaje.

Por la tarde, cinco personas hacen cola en la vereda esperando para entrar a la gran farmacia ubicada en avenida Pellegrini y Primero de Mayo. Cada una está separada dos metros de la otra. Adentro, un cartel avisa que “ya no queda alcohol en gel, barbijos ni jabón”, ofrece la posibilidad de “enviar con antelación las recetas por Whatsapp” y pide “Vení a comprar solo, evitá traer niños”. Una joven adquiere un medicamento y asegura no recordar qué más tenía en su lista. “¿Será paracetamol? Lo están pidiendo todos, está por entrar en falta”, le advierte la vendedora. La chica acepta el consejo, toma dos blisters y agradece. No queda claro si leyó el informe de la OMS que recomienda utilizar esta droga en vez de ibuprofeno a los enfermos en el marco de la pandemia.

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En las terminales portuarias de Rosario también se tomaron medidas para mitigar los riesgos de contagios con coronavirus.

En las terminales portuarias de Rosario también se tomaron medidas para mitigar los riesgos de contagios con coronavirus.

Jueves a la mañana. El gimnasio top de la zona paqueta que empezó la semana con normalidad fue perdiendo gente cada día y hoy, obligado por el gobierno local, tiene luces apagadas y persianas bajas. A cuatro cuadras, dentro de un super chino, un hombre stockea latas y botellas mientras tiene tapadas su nariz y boca con parte de su remera. En la misma zona, una carnicería que el día anterior no tenía milanesas de carne avisa a los clientes que hoy ya ni siquiera le quedan supremas. Alguien hace un chiste sobre que pronto le faltará el pan rallado.

Horas antes de que se confirme la cuarentena general, la peatonal Córdoba ya parece dormida. “Es como un domingo a la hora de la siesta”, resume Carolina, quien trabaja hace casi veinte años en una oficina del microcentro. A las nueve en punto, en algunas zonas de la ciudad se escuchan aplausos al personal de salud que trabaja para frenar el avance del virus. Poco después llegará la segunda cadena nacional en apenas cinco días. Sí, la que parece sacada de una película de ciencia ficción.

“Esta gente no aprende más, ¿por qué tantos salen si hay que quedarse adentro? Yo estoy obligado por trabajo pero el resto no se entiende”, grita enojado un hombre en la calle.

Viernes, cero hora, la Argentina se convierte en el primer país de América latina en activar el aislamiento social preventivo. Apenas sale el sol las peatonales rosarinas están vacías y los locales cerrados, aunque el kiosquero está firme en su puesto de diarios y personal de limpieza pasa empujando cestos con rueditas. Ocasionalmente, se ve algún colectivo, vacío o con pocos pasajeros. Circulan bicicletas, algunos de los ciclistas llevan barbijo.

Un hombre con el torso desnudo se sienta a tomar sol, con su reposera, en el corazón del Parque Urquiza. Los vecinos de los edificios ubicados en calle Necochea lo miran, atónitos, desde sus balcones. La misma mirada tendrán cuando, poco más tarde, un automovilista se meta a contramano media cuadra, aprovechando la falta de tráfico.

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Hay largas hileras en la puerta de los grandes supermercados. “Esta gente no aprende más, ¿por qué tantos salen si hay que quedarse adentro? Yo estoy obligado por trabajo pero el resto no se entiende”, grita enojado un hombre en la calle.

Hay además bastante movimiento en la zona bancaria, como hubo todos los días de esta semana. En algunas entidades financieras de calle Santa Fe, jubilados y beneficiarios del plan Nueva Oportunidad quieren cobrar. La policía intenta explicarles que los bancos no van a abrir y buscan dispersarlos, pero no es fácil. Algunos no tienen cuentas bancarias, otros no usan tarjetas de débito. Una periodista acude al lugar para hacerles una nota: para entrevistarlos utiliza un micrófono incrustado en la punta de un caño que mide más de un metro.

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La terminal de Ómnibus de Rosario parece un edificio abandonado de golpe.

La terminal de Ómnibus de Rosario parece un edificio abandonado de golpe.

En la Terminal de Ómnibus las boleterías están cerradas y las dársenas vacías, salvo ocasionales micros que habían iniciado viaje antes de la prohibición de salir a las rutas. En 27 de Febrero y Oroño policías con barbijos y guantes detienen autos y motos, piden identificación y preguntan los motivos que tienen para estar circulando cuando está prohibido.

Mientras el primer día de encierro general obligado avanza, con sus matices, el Padre Ignacio anticipa que la multitudinaria misa dominguera que habitualmente celebra en su parroquia de barrio Rucci se hará sin fieles y se transmitirá online. Aprovecha para llevar un mensaje optimista: “Esto va a terminar rápido”, asegura. Aún los rosarinos más incrédulos comparten sus palabras, que se viralizan por Whatsapp, buscando que esa expresión de deseo se transforme en realidad.

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