Pocos imaginaban, al despuntar el año 2023, que Javier Milei sería elegido presidente de los argentinos. Fueron 12 meses vertiginosos que difícilmente tengan parangón en otro momento de la historia argentina: que un dirigente “outsider” sin estructura política y sin más recursos que un discurso flamígero contra la “casta” haya accedido a la Presidencia de la República rompe con todos los manuales tradicionales de la política.
Que un hombre como Milei haya triunfado con el 56,6% de los votos en segunda vuelta habla no solo del mérito del libertario en haber logrado captar el descontento generalizado de una población hastiada, sino de la decadencia de un régimen político que, durante años, se limitó a mirarse el ombligo sin atender las demandas sociales más urgentes.
El año finalizaría con una inflación rondando el 200% y una pobreza que orillaría el 47%, en ascenso, cifras que reflejan a las claras el fracaso de la clase dirigente.
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Está claro que la responsabilidad primaria recae en el gobierno de Alberto Fernández, aunque la culpa no es solo suya. Los dirigentes de Juntos por el Cambio, la fuerza que estaba predestinada a relevar a un kirchnerismo en decadencia, pecaron de exceso de confianza, se ensimismaron en sus luchas intestinas y, por acción o por omisión, permitieron que un libertario sin más antecedentes políticos que sus apariciones mediáticas en paneles de televisión pudiera alzarse con el trofeo mayor de la Presidencia.
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El escenario que se abre a partir de ahora encierra múltiples interrogantes. Milei asumió la Presidencia sin más apoyo que medio centenar de legisladores en el Congreso y un capital político volátil; si bien un 56% del electorado le dio un voto de confianza en el balotaje, ese respaldo rápidamente podría mutar en descontento si la situación de la economía se hace insostenible en el corto plazo, sobre todo para las clases medias.
Milei tiene por delante el enorme desafío de prolongar en la sociedad el estado de gracia hacia su gestión, pero la mecha es demasiado corta.
El objetivo del presidente Milei es llegar a marzo con las reformas estructurales en marcha. En extrema minoría en ambas cámaras parlamentarias, el presidente libertario no tendría otra alternativa que negociar, al menos con sus potenciales aliados. En este lote anidan la UCR, la Coalición Cívica y diversas fuerzas provinciales que, a priori, anticiparon su colaboración al nuevo gobierno, pero con límites y sin cheques en blanco.
El libertario se enfrenta a un escenario legislativo complejo, ya que, si bien los ex socios de Juntos por el Cambio se comprometieron a colaborar para dotar de gobernabilidad a la gestión, los embates de Milei contra la casta y el Congreso no ayudan. El megadecreto con el que pretende desregular a la economía encontró un furibundo rechazo en todos los bloques, salvo el del PRO. El cuestionamiento no viene tanto por el contenido del megadecreto, sino por las formas.
Al unísono, los principales bloques opositores advirtieron que el DNU, por el cual el Poder Ejecutivo pretende derogar y/o modificar más de 300 leyes, implica un claro avasallamiento del Poder Ejecutivo sobre las atribuciones constitucionales del Poder Legislativo. El mensaje es claro: si el Gobierno no traduce buena parte de los contenidos del decreto en proyectos de ley para que los debata el Congreso, el DNU podría ser rechazado. Sería la primera vez en la historia reciente que esto suceda.
Los gobernadores siguen con atención el curso de los acontecimientos. Las elecciones provinciales que se desarrollaron a lo largo del año mostraron una conducta del electorado muy distinta a la que se vio en las elecciones presidenciales: en sus distritos los votantes apostaron por figuras del elenco político tradicional, no así para gobernar la Nación.
Esto explica la debilidad política con la que asumió Milei la Presidencia, un talón de Aquiles con el que deberá convivir durante buena parte de su mandato.
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