La calle arde por la inseguridad y la violencia aunque no haya reclamos masivos, como sí ocurrió en 2016 en Rosario. La bronca brota en las dos principales ciudades de la provincia. Ante este mal endémico, la pulsión de la política responde desde hace rato con lo que tiene a mano, se reúne, se junta para compartir fracasos. Lo hicieron los socialistas y ahora lo repite el gobernador Omar Perotti.
La convocatoria a la Junta Provincial de Seguridad muestra ese déficit. Extensos encuentros con poca síntesis. Frases hechas y caras de resignación. Pero hay un hecho que contrasta aún más y provoca irritación. El delegado que envió el Senado de Santa Fe para discutir los temas de inseguridad y la problemática del crimen organizado que azota las dos principales ciudades fue Armando Traferri, quien no pudo ser imputado por presunto cobro de sobornos parte de dos fiscales -a los que denunció-, porque lo protegen los fueros parlamentarios.
Las caras de varios legisladores que posaron junto a Traferri no lograron ocultar esa contradicción. Ese malestar. Pareció una provocación más del senador de San Lorenzo, cuya imagen quedó oscurecida tras sus problemas no resueltos con la justicia. Pero no tiene nada más para perder. Por eso, su presencia se interpretó como un desafío al propio gobierno provincial, que no encuentra paliativos para luchar contra la inseguridad.
La presencia de un senador sospechado de recibir sobornos, como declaró ante la Justicia el empresario Leonardo Peiti el año pasado, neutralizó la escasa expectativa que la ciudadanía puso en este nuevo capítulo de reuniones. Los diagnósticos sobran sobre la cruda realidad que viven los santafesinos. Lo que faltan son medidas que provoquen efectos concretos, impongan límites en ciudades donde el crimen organizado empieza a perforar todas las fronteras imaginables para una provincia como Santa Fe.
El mismo día en que se reunió la Junta Provincial de Seguridad se produjeron dos nuevos crímenes en la ciudad de Santa Fe. Uno ocurrió en una pelea familiar en Loyola Sur. El otro se produjo en Santa Rosa de Lima y fue una muestra certera de lo que está ocurriendo en los barrios con la venta de drogas. El clima se enrareció en esa zona de pasillos de Santa Rosa de Lima. Porque este asesinato casi termina en una pueblada, luego de que la casa del presunto homicida intentara ser incendiada por allegados a la víctima.
Son 14 los homicidios que se produjeron en la capital provincial en lo que va de este año, donde la inseguridad cotidiana se hace cada vez más difícil enfrentar con los escasos patrullajes policiales. Hace dos semanas que Lucio Belfiori lucha por su vida en el hospital Cullen, tras ser atacado a tiros por motochorros en inmediaciones de la avenida 7 Jefes.
La imagen en Rosario de chicos tirados cuerpo a tierra en una cancha de fútbol en barrio Ludueña mostró esta semana otra escena marcada por el terror. Un nene de ocho años está en estado crítico internado por un balazo en la espalda. Su cuadro de salud se complicó este viernes al sufrir una hemorragia en un pulmón. El barrio Ludueña está sitiado por los enfrentamientos entre bandas narco.
En Rosario se produjeron 42 asesinatos en lo que va de este año. La cifra muestra que la violencia está cada vez más en ascenso y tiene como matriz el crimen organizado, con bandas que muchas de ellas reciben órdenes desde las cárceles para ejecutar a personas y también planes de extorsiones, otro mal que llegó para quedarse desde 2018 y no parece tener freno.
En medio de todo este escenario complejo, remarcado con sangre y balas cada día, el lunes empezará el juicio en Rosario contra Esteban Alvarado, uno de los principales alfiles de esta guerra narco que se desató hace una década. Este juicio será emblemático, porque dejará expuesto cómo un hombre como Alvarado fue un intocable durante más de 15 años.
En las audiencias los fiscales Matías Edery y Luis Schiappa Pietra desgranarán el recorrido criminal de este narco, que fue formateado por la propia policía de Santa Fe. Las complicidades que asoman en este caso dan explicaciones precisas de cómo se moldeó este escenario atravesado por los disparos de 9 mm. Nada salió de un repollo, sino que fue obra de la propia policía de Santa Fe, que durante la gestión de Antonio Bonfatti empoderó a la División Judiciales, un cuerpo de “elite”, para enfrentar y perseguir a la banda de Los Monos, con una salvedad, la mayoría de los agentes trabajaban para Alvarado. La política compró ese anhelo de orden que vendió un sector de la policía que era el propio cartel mafioso. Nada es casualidad.
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