Paradoja: mientras Omar Perotti y Miguel Lifschitz se empeñan en aferrarse a sus diferencias, la sociedad comienza a percibir que quizá no sean tan distintos. Tal vez se trate da una percepción desacertada, pero a la distancia ambos parecen estar hechos de una madera parecida.
La interminable puja por una ley comienza a generar consecuencias impensadas en la Provincia de Santa Fe. Tan desgastante y tortuosa viene siendo esta disputa -que ya lleva más de tres meses-, que a lo largo del camino la ley cambió de nombre: pasó de ser una Emergencia, a transformarse en sutil Necesidad. Un maquillaje sin efectos de importancia.
La vicegobernadora Alejandra Rodenas acaba de utilizar la palabra "traidor" para referirse a Miguel Lifschitz. Y el secretario general del socialismo, Enrique Estévez, salió a responderle. Es que, en la medida de lo posible, Perotti y Lifschitz hablan de este tema a través de otras personas. Saben que el desgaste es un riesgo siempre latente y prefieren evitarlo.
La política suele encerrarse en sus propios enredos con demasiada frecuencia. El problema es que, lejos de ser un problema de la política y de los políticos, esta cerrazón interminable viene generando una serie de consecuencias indeseadas desde el mismo día en que Omar Perotti asumió como gobernador de Santa Fe: la obra pública quedó paralizada, las clases nunca comenzaron con normalidad y los docentes siguen sin saber cuál será su sueldo, los empleados públicos quedaron rezagados en materia de paritarias, la inseguridad recrudeció mientras el jefe de Policía decía que no tenía patrulleros ni dinero para repararlos.
El primero que pareció sufrir el desgaste por esta puja interminable fue Perotti. Básicamente, porque es él quien debe gobernar. Quizá suene a pasado lejano, pero hace apenas dos semanas una frase comenzaba a retumbar a modo de latiguillo en cada uno de los ámbitos de la provincia: "Que arranquen. Con o sin ley, pero que arranquen".
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Los problemas eran reales. La crisis existía. Pero la estrategia del peronismo de ir por todo ante a un Frente Progresista recientemente derrotado, tambaleaba. El tiempo y las necesidades comenzaron a hacer mella en los planes del gobierno.
Otro mundo, otra realidad
Y entonces, cuando comenzaban a percibirse ciertos indicios de cambio de rumbo en la estrategia peronista, apareció el coronavirus. La pandemia se convirtió en emergencia y se transformó en prioridad. Luego de algunos días de titubeos, Omar Perotti resolvió con acierto ponerse al frente de la comunicación y de la toma de decisiones. Apareció, al fin, el gobernador que se encontraba agazapado, especulando más allá de la cuenta en un vano intento de lograr un contexto ideal e inalcanzable de gobierno.
El coronavirus lo cambió todo. Aceleró los tiempos, incrementó las urgencias y sacudió el tablero de la política. Las miradas se posaron sobre Lifschitz. Hoy, el gobierno se esfuerza por colocar sobre las espaldas del exgobernador la responsabilidad por las consecuencias de los malos tiempos que se avecinan. El peronismo eleva la vara, pide más dinero y nuevas autorizaciones. No sólo porque la gravedad de la crisis es real, sino también porque huele la incomodidad de su contrincante.
Omar Perotti y Miguel Lifschitz parecen haber tensado demasiado la cuerda. Se han jugado tanto en esta contienda, que a estas alturas de las circunstancias ninguno de los dos puede permitirse una derrota política. La Cámara de Diputados, con mayoría frentista, volverá a sesionar este martes de manera extraordinaria.
En estos momentos, la pandemia de coronavirus desplazó a cualquier otra preocupación entre los santafesinos. Y mientras esto sucede, una nueva grieta parece estar emergiendo: de un lado, la política del desacuerdo; del otro, el ciudadano que observa y espera.
Ya habrá tiempos para nuevas disputas y debates. Sólo los líderes verdaderos son capaces de ver más allá del presente, de medir prioridades y de actuar con la grandeza suficiente como para que, en medio de las diferencias, no haya vencedores, ni vencidos.
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