Es decir, que no son los únicos ni los principales responsables de la mejora o el deterioro de las condiciones laborales y salariales de los y las trabajadoras, aunque puedan hacer mucho, poco o nada para defenderlas.
Convengamos también que no existe una sola central sindical, sino dos (o tres, pero que pueden ser dos). La Central de los Trabajadores Argentinos (CTA) –al cierre de esta nota sigue negociando los términos de una fusión con la CTA Autónoma– convocó a numerosos paros, de manera conjunta o separada de la CGT y representa otro modelo de confrontación política.
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No son esos los paros que contaremos y compararemos con otras variables, sino los que declaró la conducción de la CGT que en pocos meses cumplirá 10 años en formato triunviro, con variaciones en la mesa chica, pero siempre conducida por Héctor Ricardo Daer, proveniente de la Federación de Asociaciones de Trabajadores de la Sanidad Argentina. Y una consideración final: sin sindicatos, las regulaciones laborales y las condiciones reales de trabajo serían similares o iguales a las de cualquier enclave colonial semi esclavista de Asia, África o América Central.
Veamos ante todo un cuadro comparativo de los últimos seis períodos de gobierno (21 años), de lectura simple y que nos permite hacer varias lecturas preliminares. Lo hemos denominado el cuadro de las tres P: Paros realizados, Pobreza registrada oficialmente y Pérdida o ganancia salarial para salarios registrados, de 2003 a 2024.
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Como puede verse claramente, la CGT les hizo seis paros a cuatro gobiernos peronistas y siete a los dos no peronistas (anti kirchneristas, básicamente). La explicación es bastante sencilla, los sindicatos mayoritarios suelen identificarse políticamente con el peronismo, dialogan mejor con presidentes y ministros con esa identificación política y suelen no perder en la carrera salario contra inflación.
Siguiendo los datos aportados por la consultora Mirador de la Actualidad, el Trabajo y la Economía (MATE), en promedio, los trabajadores durante los tres gobiernos kirchneristas registraron una ganancia acumulada de $669.401, ganando incluso en el segundo período de Cristina Fernández, a quien le propinaron cinco paros en cuatro años, todos con la baja o quita del impuesto a las Ganancias como bandera.
La pobreza durante esos tres períodos fue bajada del 62% en que la dejó Eduardo Duhalde, a un promedio del 31%. La anomalía de la serie peronista no es el kirchnerismo, sino el peor gobierno peronista desde 1946: el del Frente de Todos (2019-2023).
Ningún paro para una administración sin programa ni conducción, que empeoró casi todos los indicadores recibidos del gobierno que produjo el desfalco del siglo (aunque falta aún y Javier Milei apenas empieza): la toma y fuga de deuda más ilegal, grande y perjudicial de la historia argentina y acaso mundial.
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Si restamos lo que Alberto Fernández les quitó a los trabajadores registrados (públicos y privados), la cuenta peronista sigue dando positiva, con más de medio millón de pesos contra el efecto de la inflación.
Pero si miramos la evolución de la pérdida salarial acumulada en los últimos nueve años y de la pobreza que suele acompañar esos ciclos de deterioro continuo de la capacidad de compra de los y las trabajadoras, vemos que la cifra asciende a $1.494.344, es decir cinco salarios mínimos u 11 canastas básicas alimentarias.
Siete paros generales en casi nueve años parece poco, no tanto durante el macrismo (en el que impaciencia y la furia de las bases produjo el escándalo del copamiento del palco de la CGT y el robo del atril al grito de “se va a acabar la burocracia sindical” y “ponele fecha la p…que..t..p”) como durante una gestión panperonista a la que la CGT le tuvo toda la paciencia que no le tuvo a Cristina Fernández, y más también.
El daño que la experiencia fallida del Frente de Todos le hizo al legado peronista (el de los años más felices) y a la credibilidad del sindicalismo tradicional, no puede medirse sólo por el triunfo de Milei ni la tolerancia a su máquina de producir pobres (29 mil por día), aún no hay distancia histórica para mensurarlo.
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Desde 2016, los trabajadores perdieron casi $1.5 millones, con tres presidentes y la misma CGT.
Y para ponerlos en la misma línea de tiempo, esos nueve años y fracción en que los trabajadores y la sociedad surgida de la democracia de la derrota, empezaron a palpar en sus bolsillos que “con la democracia ya no se comía, se educaba ni se curaba” (ni con el peronismo el poder), coinciden perfectamente con la conducción continua de Héctor Daer y un triunvirato que fue cambiando otros nombres (Carlos Acuña, Juan Carlos Schmid y Pablo Moyano). Casi una década de un “sindicalismo ibuprofeno”, un aliciente genérico y coyuntural contra los dolores persistentes del capitalismo.
Otro dato relevante acerca de la sociedad en la que paulatinamente nos estamos convirtiendo: hace casi cinco años en los que el promedio de la pobreza ya no es el “escándalo de un 30% de pobreza estructural”, sino un 43,2%. Vamos camino de una sociedad con niveles de exclusión social preperonistas, en donde la precariedad laboral (contratos temporarios, sin aportes, vacaciones ni aguinaldo, sin cobertura de riesgos laborales ni indemnizaciones por despidos arbitrarios o discriminatorios) no será la excepción o el horizonte aspiracional, sino la regla para mucho más que la mitad de la fuerza laboral activa.
El dialoguismo sin fin y el fantasma errante de Ongaro
Esta semana, después de los 5 millones de nuevos pobres y 3 millones de flamantes indigentes informados por el Indec y de una reglamentación del capítulo laboral de la Ley Bases que sólo produjo retrocesos para los derechos laborales conquistados durante décadas por los trabajadores, después de que el gobierno congelara por decreto 837/24 la paritaria estatal, la CGT volvió a reunirse con el Jefe de Gabinete, Guillermo Francos.
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El secretario de Trabajo, Julio Cordero, abraza a Gerardo Martínez en una de las mesas de “diálogo tripartito” en donde se perdieron conquistas laborales históricas.
Dos preguntas elementales:
- Si no pudieron arrancarle nada a favor de los y las trabajadoras a Julio Cordero ni a las patronales que redactaron el decreto 70 ni la Ley de Bases, ¿no habrán negociado otra cosa, más corporativa o directamente personal?
- ¿A qué se reúnen nuevamente? Porque el gobierno lo tiene claro: ofrecer migajas con ínfulas de grandes concesiones para evitar el tercer paro general que recién se debatiría el 8 de octubre venidero y cuya fecha podría ser el 17 del mismo mes.
Porque digámoslo sin cortapisas y atajando todo lo que nos tiren, la reforma laboral que Federico Sturzenegger vende como un “everyone wins” (todos ganan) es una derrota indudable para les trabajadores, que al igual que el deterioro salarial irrefrenable, sin la complicidad (¿digamos impotencia?) de la CGT no hubiese sido posible.
Con las perspectivas de empleo que ya hemos analizado en AIRE hace dos semanas, paritarias que –promediando sindicatos de la “aristocracia obrera” y otros plebeyos– cerrarán el año por debajo de una inflación estimada en 3,6% mensual (muy por encima del 1% presupuestado por el gobierno) y con la legalización del fraude laboral, es muy probable que se cumplan 10 infelices años de “Sindicalismo Ibuprofeno”, producto de un pactismo sin fisuras y de una confusión ideológica como pocas veces se ha visto en la historia sindical argentina.
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Allí anda, disfónico y erranbundo, el fantasma de Raimundo Ongaro, el secretario general de la CGT de los Argentinos que en 1968 enfrentó al vandorismo y sus aliados autodefinidos como “realistas y conciliadores”… con Onganía. El que iba a poner a Rodolfo Walsh al frente del periódico institucional de la CGTA y en una nota concedida a la revista política Primera Plana (en mayo de1969) iba a moldear la frase que hoy obliga más que ningún abucheo o afano de atril: “Más vale honra sin sindicatos, que sindicatos sin honra”.