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Política Alberto Fernández | Corte Suprema de Justicia | Congreso de la Nación

Alberto Fernández en el Congreso: del elogio de la moderación a la guerra franca con la oposición y la Corte

El discurso del presidente osciló entre la reivindicación de la moderación contra las críticas del cristinismo, a cerrar filas en defensa de la vicepresidenta "perseguida". Muy duro con la oposición, pero más aún con la Corte.

Al principio fue un elogio de la moderación. Luego se pintó la cara y fue de frente contra la oposición y la Corte Suprema de Justicia. En esos dos grandes momentos puede resumirse el discurso del presidente Alberto Fernández en la apertura de sesiones ordinarias del Congreso de la Nación. El primer tiempo fue dirigido hacia los propios, a la interna del Frente de Todos, al cristinismo particularmente que desde el primer día cuestionó la moderación en el ejercicio del gobierno. El presidente, en una remake de otros tiempos que podría titularse “Dicen que soy moderado”, reivindicó sus formas y enumeró logros que considera que le reportó: desde la llegada de vacunas durante la pandemia hasta el rol de Argentina en el concierto regional para garantizar la paz y la democracia.

Afuera del Congreso, también fue moderada la movilización de organizaciones sociales afines al gobierno. La poca pimienta estuvo en los carteles pegados en los alrededores del Congreso, que proclamaban Alberto 2023. Pero cuando dio vuelta de página y se metió en el segundo tiempo, cambió el tono del discurso y se alteró el clima en el recinto de la Cámara de Diputados. Esa segunda parte estuvo destinada, ahora sí, a cerrar filas con el resto del Frente de Todos.

Como viene ocurriendo en casi todos los órdenes y niveles de la política argentina, la diferenciación del otro es el punto de unidad con los propios. Alberto Fernández no fue la excepción, y así fue que levantó el tono para desplegar una narrativa combativa y contestataria. Una combinación entre la reivindicación de su gobierno, la defensa de Cristina y la guerra total contra Macri, Rodríguez Larreta y la Corte Suprema.

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A la oposición le facturó desde el espionaje político y judicial durante la presidencia de Macri, hasta la degradación y achique del sistema de salud pública. Uno de los momentos más tensos fue cuando les enrostró a los legisladores santafesinos de la oposición no haber apoyado la reforma de la justicia federal. La chicana hizo saltar de su silla al rosarino del PRO Federico Angelini, entre otros, que la emprendió a los gritos contra el presidente. Casi un incidente menor si se lo compara con los insultos y las faltas de respeto del inefable Fernando Iglesias.

Pero el capítulo más duro fue el dedicado a la Corte nacional. Los jueces Carlos Rosenkrantz y el santafesino Horacio Rosatti soportaron impertérritos e impávidos los cuestionamientos del presidente y el aplauso estruendoso de la bancada oficialista al mando del rosarino Germán Martínez.

La transmisión oficial de Tv seguía de cerca a Rosatti y Rosenkrantz, pero estos no le cedieron ni una mueca. Por momentos daba la impresión que iban a levantarse y retirarse por el zarandeo discursivo al que eran sometidos, pero no. En otros tramos permanecían tan inmutables, vista fija al frente, como si no estuvieran hablando de ellos a pesar de las imputaciones presidenciales, que hacían dudar de si realmente eran ellos los que estaban sentados allí o era un holograma. Llegaron al Congreso sin hablar y se fueron sin hablar.

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El presidente defendió la quita a CABA de una parte de los fondos que el gobierno de Macri le dio en su momento y que la Corte revirtió.

El presidente defendió la quita a CABA de una parte de los fondos que el gobierno de Macri le dio en su momento y que la Corte revirtió.

Probablemente, no haya antecedentes en la historia argentina de una situación similar, tan directa, explícita, en la que toda la plana mayor de un gobierno, con presidente y vice a la cabeza, cuestionen y acusen en esos términos a los miembros de la Corte Suprema de cuerpo presentes.

Para completarla, la Corte mandó a los dos ministros con vicio de origen. Rosenkrantz y Rosatti son los que aceptaron ser designados por decreto y de forma inconstitucional por el expresidente Macri en 2016: pan comido para el actual mandatario, que se los recordó como quien aperitivo antes de desplegar la extensa sábana de acusaciones.

Les achacó entrometerse en el manejo presupuestario de la Nación y dañar los recursos del estado nacional, invadir la esfera de decisiones de los otros poderes, favorecer a grandes corporaciones de comunicaciones y “tomar por asalto” el Consejo de la Magistratura. “Si la Corte Suprema no hubiera tomado por asalto al Consejo de la Magistratura, hoy Santa Fe no estaría padeciendo la carencia de tribunales que impiden enjuiciar con rapidez al crimen organizado que se ha expandido en su territorio”.

Las críticas se extendieron a parte de los tribunales inferiores, a los que acusó de “simular un juicio (contra Cristina Fernández) con imputaciones “absurdas jurídicamente”, y sin respetar garantías, con el solo fin de “inhabilitarla políticamente”.

“Intención de inhabilitarla” y “persecución” fueron los términos que usó el presidente. Dejó de lado la palabra “proscripción”, que es la que usó Cristina el día que la condenaron y con la que batalla el cristinismo. También reclamó profundizar la investigación del atentado a la vicepresidenta.

En este segundo tiempo del discurso, el presidente la emprendió también contra el gobierno porteño. Un par de horas antes Horacio Rodríguez Larreta se había despedido de la Legislatura porteña con un discurso en tono de candidato presidencial, diferenciándose todo el tiempo del oficialismo nacional y en clave antigrieta.

El presidente defendió la quita a CABA de una parte de los fondos que el gobierno de Macri le dio en su momento y que la Corte revirtió. Argumentó jurídica y políticamente, insistió en aquello de ser “el más federal de los porteños” y marcó la necesidad de revertir “el centralismo que provoca enormes desigualdades y que tanto rechazo genera en el interior de nuestra patria”. Desde el interior de la patria se podría decirle que es el gobierno nacional el que tiene herramientas para empezar a corregir esas asimetrías. Si la Corte lo deja, claro. Amontonados e incómodos, a la izquierda del estrado donde estaban Alberto y Cristina, un puñado de gobernadores lo aplaudió.

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Entre esos gobernadores no estaba Perotti. El rafaelino está en plena estrategia de “santafesinar” su gobierno para llegar a las elecciones lo menos pegado posible al oficialismo nacional. Si siguió el discurso a la distancia debe estar conforme con no haber ido: la neutralidad no es una opción cuando el enfrentamiento llega a estos niveles: de un lado está el oficialismo al que pertenece, y del otro dos jueces cercanos en términos geográficos y políticos, como Ricardo Lorenzetti y Horacio Rosatti.

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Si Alberto Fernández va a ir a la reelección o no, nadie puede asegurarlo hoy. Pero el presidente este miércoles hizo como si así fuera.

Si Alberto Fernández va a ir a la reelección o no, nadie puede asegurarlo hoy. Pero el presidente este miércoles hizo como si así fuera.

El diputado Roberto Mirabella, su mano derecha y precandidato a gobernador, sí estuvo sentado en la banca, pero al salir se posicionó a una distancia astronómica de la Casa Rosada: “Santa Fe no está en la agenda nacional”, dijo en un comunicado de prensa. Incluso echó mano a un informe de la Fundación Apertura sobre reparto de fondos de seguridad que en los días previos usó la oposición; y hasta afirmó que el ministro de Seguridad Aníbal Fernández debería estar viviendo en Rosario para ocuparse de la seguridad. Lo mismo que el intendente Javkin le exigía al ministro de Seguridad provincial Rubén Rimoldi.

Si Alberto Fernández va a ir a la reelección o no, nadie puede asegurarlo hoy. Pero el presidente este miércoles hizo como si así fuera. Quizás porque se siente con derecho a intentarlo hasta el día mismo del cierre de listas, o quizás sólo se puso el traje para conservar poder hasta entonces. Como sea, se mostró como el presidente moderado que le gusta ser y el presidente combativo que le reclama ser el cristinismo.

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Fue una apertura de sesiones guionada, casi interactiva, con invitados de carne y hueso que quienes planificaron el discurso lo pensaron como un recurso que aporte realidad al discurso y no sólo verosimilitud: un directivo de la firma de base científica-tecnológica rosarina Bioceres, un veterano de Malvinas, una cooperativista, una víctima de violencia de género, dos rectoras de universidades, entre otros. El amplio abanico de las apuestas por políticas públicas que el presidente autoreivindica, ante la falta de socios que hagan esa labor.

Tal vez el que más preocupado haya salido del Congreso sea Sergio Massa. El alto nivel de confrontación entre gobierno y Corte, oficialismo y oposición, no contribuye a la certidumbre y estabilidad que puertas adentro viene reclamando el ministro de Economía.