martes 20 de octubre de 2020
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Covid en casa

En una nueva entrega para La Bitácora, Luciana Trinchieri nos relata en primera persona cómo fue su aislamiento por covid-19 y su lucha familiar contra el enemigo invisible.

23 días adentro. Y cuando digo “adentro” digo en casa sin salir o tener contacto físico, sin miedo, con otro ser humano desde mediados de septiembre. Acá en mi hogar, sin querer que nadie se acerque por temor a contagiar este bicho que no conocemos y del que, la verdad, no sabemos nada. Jornadas levantándonos pensando: “hoy aparecerá algún síntoma?”, sin saber si te duele la garganta o te estás sugestionando, y si el agotamiento físico que sentís es producto de la situación o del Covid. Llevo varias noches sin dormir, por ayudar o acompañar a mi hija con sus dolores y descomposturas, y otras tantas pensando en qué podría pasar si la enfermedad se complicaba más (esto recién hace una semana, porque antes pensaba “es una adolescente, tiene que pasarla nomás, no va a tener ningún problema seguro).

El famoso enemigo invisible...

Yo lo conocí hace 23 días y me parece tan retorcido, que el miedo que nunca tuve empecé a sentirlo al saberlo acá. ¿Si me cuidé? Sí claro, más de lo recomendado. ¿Y entonces? ¿Cómo carajo se metió en mi casa? Es una de las preguntas que seguramente no tendrá nunca respuesta, pero que me demostró que es de temer, como sabíamos. Y encima se metió con mi hija, que es peor todavía a que lo hubiera hecho conmigo. Porque si me enfermaba yo, el dolor era mío, el ardor era mío, las descomposturas y no hubiera me asustaría tanto todo lo que pasa. Pero no, se metió con mi sana, grandota y pequeña hija de 15 años, y ahí a todos se nos quemaron los papeles. Y cuando digo a todos, me refiero a todos: algunos médicos, bioquímicos, curanderos y periodistas cansados de leer sobre el tema.

Primera recomendación: sigan siempre su intuición que a veces es más importante que lo que algunos pueden decir. Después de una semana de ver que mi hija no podía casi levantarse de la cama, llegué a sentirme una loca por insistir para que alguien me diga o explique qué tenía, no había diagnóstico y entonces sí, peleaba contra un enemigo invisible.

Arrancamos mal cuando a la criatura se le ocurrió tener menos de 37.5 de temperatura, tuvo 37.3 y parecía que entonces no era significativo para pensar un contagio, mientras yo sabía que algo no andaba bien, además del dolor de cabeza intenso, que - aún con el temor de parecer una exagerada - me hizo llamar al 0800. Sí me atendieron, hablé con un médico y nos dijo que esperáramos 72 hs para ver si sumaba otro síntoma. Al otro día apareció el dolor insoportable de cuerpo, los vómitos de noche y los problemas gastrointestinales. Pero el olfato y el gusto impecable. Me encargaba de acercarle perfumes para ver si sentía el olor, y si, lo hacía. Los días eran eternos, con dolores fuertísimos que para un adolescente son difíciles de manejar, porque quería abrazos, caricias y cosas que no se podían, pero estaban igual porque no la iba a dejar sola, pero no curaban.

Siete días pasaron de mucho dolor, descompostura, dolor de garganta, algo de tos y el hisopado que llegó para desconcertar a todos: negativo. Y entonces ¿¿qué tenía?? Lo que yo escuché de los médicos durante 12 horas no lo puedo repetir, pero me demostró que no sabemos nada de esta enfermedad. Desde que tenía migraña, hasta que estaba somatizando el aislamiento. Llamé a mi médico clínico llorando por las cosas que había escuchado, preguntándole qué hacía por lo que me decían, mientras yo veía a mi hija hecha un trapo. A ella, que se le ocurrió ser joven para enfermarse, y alguien dijo que a los chicos no les afecta tanto, así que seguro tenía otra cosa.

Todo puede ser un llamado de alarma y tenemos que estar atentos para escucharlo.

Hubo un error en la notificación del estudio, el negativo era en realidad un positivo, que casi constituyó un alivio, porque al fin sabíamos qué tenía. El “enemigo invisible” se iba materializando y recién empezaba la batalla. A la semana, sin mejoría, terminamos en la guardia Covid del hospital Cullen donde le diagnosticaron además neumonía producto de este bicho, y más días de incertidumbre, miedos, ahora dolor de pecho, agitación y respirar por la boca buscando aire como los pescaditos, esperando que todo terminara al fin.

Déjenme decirles algo sobre este bicho. Como mamá de un paciente más que como periodista, que es casi inseparable a esta altura. Es inesperado, impredecible, mentiroso, silencioso, sabe que sólo lucha con las defensas de los pacientes, y qué realmente nadie sabe bien cómo puede atacar. Si piensan que no les puede pasar porque so jovenes, yo les puedo contar esta historia; si no creen en que este bicho sea tan grave, te puedo replicar mis pensamientos y preocupaciones de estos días. Puede enfermarte levemente o quizá hasta sin síntomas, pero... ¿y si no es así?

Hubo un error en la notificación del estudio, el negativo era en realidad un positivo, que casi constituyó un alivio, porque al fin sabíamos qué tenía.

Apenas empezamos a conocer sus caprichos, y que no sólo te da temperatura alta, te quita el gusto o el olfato, sino que se manifiesta como quiere: también con dolor de cabeza, de cuerpo, manchas en la piel, fatiga, agotamiento. Todo puede ser un llamado de alarma y tenemos que estar atentos para escucharlo.

Uno de los tantos médicos geniales que me cruce con esta enfermedad me dijo “los pacientes no tienen que tener miedo en consultar, ni quedarse en su casa sin atención médica con esta enfermedad”, pero también “los profesionales tenemos que estar preparados para entender que muchos de los malestares que nos cuentan están relacionados con el coronavirus”. Una conclusión que a mí me hubiera ahorrado la angustia de no saber, más después la de tomar conciencia que lo que más querés libra una batalla sola, sin remedios ni antibióticos, contra un virus que asusta en las noticias, pero más en la vida real.

Siempre decir gracias

Me tomo esta licencia para agradecer la preocupación, la atención y la contención de todos aquellos profesionales a los que recurrimos para consultar dudas y hasta pedir ayuda física o psicológica (ja): el Jefe de Neumonología del Hospital José María Cullen, Dr. Ariel Ballina ) gracias doc por la paciencia, sus palabras y sus conocimientos! y al director del nosocomio, Dr. Juan Pablo Poletti, que la pelea todos los días en el centro de salud más grande de la región. A la Dra. Luciana Saldaña, del área de Epidemiología con quien hablé todos los días para seguir el caso de Guille. A los Dres. Hugo y Bruno Moroni así como Eduardo López que siempre están ahí para nosotros. A Rubén Mayo, que fue el primero que nos recordó que no había gripes ni otros virus dando vueltas. Y a los bioquímicos que le tuvieron paciencia para pincharla, a los enfermeros y profesionales que respiran detrás de esos trajes de astronautas que tan fundamentales son en esta lucha de miles.

Gracias a nuestras familias que nos trajeron comida, ayuda y apoyo; a nuestros vecinos por la solidaridad de siempre; a nuestros amigos por estar con nosotros y a nuestros compañeros de trabajo que nos hacen el aguante, son absolutamente necesarios.

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