lunes 10 de agosto de 2020
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Pedro Alonso O'choro, de Berlín en "La casa de papel" a la literatura

Acaba de publicar "El libro de Filipo", un texto que surge de una regresión a una vida pasada que hizo con su pareja, Tatiana Djordjevic, que es hipnoterapeuta. Allí Pedro fue Filipo, un soldado romano, y la historia se convirtió en novela.

“Mi vida es una ronda de entrevistas”, dice Pedro Alonso O’choro y se ríe. Desde su casa de Madrid, atiende vía Zoom. Su rostro, su sonrisa, su mirada son inconfundibles. Es Berlín, uno de los personajes más interesantes —si no es el más interesante— de La casa de papel, la serie española que fue y es furor en los países hispanoparlantes, sobre todo en Argentina. Y si bien es actor, formado en el arte dramático y con una larga trayectoria en cine, teatro y televisión —Gran Hotel, El silencio del pantano y El ministerio del tiempo, por nombrar algunos de sus trabajos—, el motivo de esta conversación es otro. Acaba de publicar un libro, el primero. Se titula El libro de Filipo. ¿De qué trata? Habría que empezar diciendo que no es una simple novela donde una serie de personajes bailan al ritmo de una trama —que también lo es— sino que hay más elementos que la envuelven.

De la mano de Tatiana Djordjevic, hipnoterapeuta, su pareja, Pedro hizo lo que se conoce como regresión. Mediante hipnosis, viajó a una de sus vidas pasadas. Luego de varias regresiones se dispuso a contar esa historia, la de Filipo, un caballero del Imperio Romano. El libro está dividido en dos planos. Por un lado, el tiempo presente, marcado en la edición con letra en cursiva. “El 29 de enero de 2018 aterricé en París. Al salir del hotel, en el barrio de Montmartre, ya por la tarde, y sin apenas un plan previsto, acabo subiendo hasta la plaza de los pintores y la basílica del Sacré-Coeur. Y arriba, me encuentro con «la vista», sin tener ni idea antes de llegar de que desde allí podía ver lo que la vista ofrece. París a tus pies”. Así comienza la novela, luego del prólogo en el que Djordjevic explica en qué consiste el proceso de regresión.

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También hay un segundo plano que tiene que ver con el pasado, con la regresión propiamente dicha, con la vida de Filipo: “Tengo todo lo que es necesario para la guerra. Esto es así. ¿Qué mal puede golpearme? Estoy hecho para ganar cada batalla. Soy lo que cotiza. Y mis compañeros lo saben. Un elegido. Mi mentor lo sabe. Quien me mire a los ojos, lo sabe. Pero nunca nadie sabe o ha de saber qué es eso difuso e incierto que me falta. Me carcome. Eso que convierte mi no siempre tan alegre fuego en una corriente amarga de ruido y furia”, se lee en una de sus páginas. Ambos tiempos irán acercándose y la narración se mecerá entre un lado y otro formando una novela que, además, cuenta con pinturas a color de un tal Magü, simbiosis artística de Alonso O’choro y Djordjevic.

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El libro de Filipo comenzó en Giverny, Francia. Una noche de febrero. Tatiana Djordjevic, hipnoterapeuta, le propuso a su pareja hacer una regresión. “Para mí fue una sorpresa, porque una regresión a otras vidas no es algo que te ofrezcan en cualquier momento, pero no me pareció una locura. Y además, por cómo es ella y por cómo ella lo hacía, me ofreció toda la confianza. Hicimos la regresión en Giverny, que es un lugar donde Monet, un pintor que me fascina, construyó unos jardines para luego pintarlos. Pero no pudimos ver los jardines porque llovía y acabamos haciendo la regresión. Y lo que vi en aquella primera regresión fue una película increíble, poderosísima, emocionalmente potentísima, y que me contaba básicamente el arco narrativo que configura lo que es El libro de Filipo”, cuenta.

“De alguna forma compuse un puzzle y luego me he pasado remando y picando piedras durante dos años para ponderar, en la medida de lo posible, la belleza de aquel material”, explica. Pero la historia viene de antes: “En los últimos catorce años de mi vida, después de algo que podríamos llamar crisis personal en toda regla, también profesional, empecé desde otro lugar, a otra velocidad, desde una vía menos racional. Para eso empecé a meditar mucho y en un determinado momento descubrí la pintura. Y la pintura me lo empezó a cambiar todo. La pintura como ejercicio en sí mismo pero también como metáfora. De hecho cuando trabajo como actor me paso todo el rato pintando, pero básicamente es porque yo estoy buscando una línea especial como más asociativa, más perceptiva, más liberatoria”.

Un día en París, Pedro y Tatiana, ambos pintores, se pusieron a pintar. Cada cual se paró frente a su lienzo y empezó a dar trazos. “No tenía nada que ver lo que estábamos pintando cada uno, pero de alguna forma había un punto de conexión”, cuenta. Al día siguiente fueron a la Casa Museo de Gustave Moreau, un artista que les gusta mucho a ambos, y hablaron de la posibilidad de pintar juntos una pieza. Cuando volvieron, se pusieron a trabajar: Pedro la parte figurativa, Tatiana la expresiva. “De pronto vimos la obra y había algo primitivo, arcaico, casi totémico. Era una especie de energía antigua que tenía que ver con las cuevas, si quieres. Una dimensión espiritual, pero en un lenguaje nuevo. Y dijimos: ¿qué haremos ahora con esto? Y Tatiana dijo: nos llamaremos Magü”. Las ilustraciones del libro son de Magü.

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En algún momento todos los hilos se trenzaron —pintura, escritura, actuación— y apareció la pregunta existencial. “De alguna forma empecé a pensar que me estaba convirtiendo en mi padre —cuenta— y sentí que le tenía que dar una vuelta más a lo que estaba haciendo en mi vida. En ese trance empiezo a escribir en mi celular, porque tenía amigos que me decían que escribía mensajes súper largos, y yo pensé que en WhatsApp escribía muchísimo más conectado con lo que a mí me movía, que no pretendía escribir de alguna forma, sino que me expresaba según mi punto de vista. Abrí un archivo en el teléfono y empecé a escribir, y tres años después de haber estado escribiendo con frecuencia sobre mi vida, sobre momentos pasados de mi vida, sobre la gente con la que me encontraba, sobre el proceso de trabajo, sobre lo que pintaba, un día dije: sea lo que sea, lo que estaba escribiendo acaba aquí”.

Y allí acabó: 575 páginas de un libro que se llama El potro noruego. “No he tenido el coraje de publicarlo porque es un ejercicio de exposición muy grande, no sólo para mí, sino también para gente que quiero. Entonces apareció Tatiana y seguí escribiendo en la misma clave de no ficción, que acaso en El libro de Filipo hay un estilo más destilado, intentando no contar nada más que lo que yo veía en las regresiones. Y ahora puedo decir que como me pasó con la pintura, voy a seguir escribiendo hasta que me duren las fuerzas porque me devuelve muchísimo y estoy en un momento en que la obra propia se está empezando a derramar. Estoy publicando artículos de opinión en prensa, y estoy desarrollando un documental que me va a hacer, si todo va bien, viajar mucho, sobre todo por Latinoamérica, un planazo”.

“Yo era Filipo, es como si de repente estás en un sueño”, dice Pedro Alonso O’choro volviendo a las regresiones. Y lo explica así: “La regresión tiene un protocolo de entrada donde básicamente te hacen una relajación profunda hasta que tú entras en algo que está entre la vigilia y el sueño. No es que estés hipnotizado y no te acuerdas de nada, te acuerdas de todo. Y yo literalmente era Filipo. Lo que puedo decir desde ahora es que mucho de lo que configura a Filipo ha estado en marcha en alguna parte de mi vida que yo la siento como ya pasada”.

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