Los platos están a punto de romperse, pero no lo hacen. La foto que acompaña este artículo presenta una descripción gráfica de lo que sucede en la economía argentina desde mi visión. El sinceramiento de algunas variables será necesario para contar con una macroeconomía ordenada, lo cual no quita del centro de la escena el impacto negativo en el corto plazo que puede llegar a tener el citado proceso. Un ejemplo concreto lo marca el dólar y sus múltiples cotizaciones, con sus consecuencias en el comercio exterior y el libre acceso al mercado de cambios.
El cepo tiene efectos colaterales que impactan en el normal funcionamiento del sistema económico, en un contexto donde las múltiples cotizaciones de un solo activo generan todo tipo de distorsiones. Por otro lado, cabe preguntarnos si en algún momento estarán dadas las condiciones para eliminarlo gradualmente.
Cuantas más restricciones y trabas tiene una economía, la misma va presentando desajustes que complican su normal desenvolvimiento. En este sentido, sincerar las variables macroeconómicas es un paso necesario, pero no suficiente, para que nuestro país se encamine hacia un proceso de crecimiento económico que sea sostenido en el tiempo y se asiente sobre bases firmes. Ante tal descripción, surgen algunos interrogantes necesarios a poner arriba de la mesa:
¿Quién pagará el costo político de llevar adelante estas medidas que, en un principio, son muy difíciles de digerir por la sociedad? y, por otro lado, ¿Se cuenta hoy en día con la confianza suficiente para dar un cambio hoja de ruta rotundo en relación al rumbo económico elegido?
Pensar en el mediano y largo plazo requiere de condiciones de partida donde las distintas variables macroeconómicas se encuentren coordinadas y visibilicen números coherentes. En este sentido, la política fiscal y monetaria deben pensarse y diagramarse en un marco integral. Contar con cuentas públicas ordenadas, así como también un mercado de cambios unificado, son la base para pensar un plan de estabilización que aborde problemáticas como la inflación y la falta de inversiones, entre otros desajustes que tiene nuestro país.
Cuantas más restricciones y trabas tiene la economía, la misma va presentando desajustes que complican su normal desenvolvimiento.
El costo de que los platos no se rompan quizás sean mayores a que sí lo hagan, aunque suene un poco difícil de escuchar. En este sentido, la decisión política y el consenso deben ser cuestiones previas para avanzar en el hecho de sentar las bases necesarias para diagramar un plan de estabilización. No puede pensarse un crecimiento económico sostenido si no se tienen en cuentas las precitadas condiciones que dan sustento a estos programas.
El proceso de deterioro que presenta nuestro país en cuestiones económicas tiene su explicación, desde mi análisis, en la falta de continuidad de medidas coherentes y una escasa planificación, materializado mediante “parches” que no funcionan como herramientas integrales para la solución de problemas de larga data.
La gran deuda argentina, se inscribe en la necesidad de pensar un programa que aborde los desafíos macroeconómicos desde sus múltiples aristas. Esto requiere dejar de lado las mezquindades políticas, y aunar la técnica económica con la política en la búsqueda de las mejores soluciones a las urgencias que presenta nuestro país.
Dilatar el tiempo en la búsqueda de soluciones que sean integrales y duraderas solo trae como efectos el deterioro de las variables económicas y sociales en forma gradual, sin contar con un horizonte en el cual las cosas mejoren en el mediano plazo.
Todas las medidas, aquellas que se toman y las que no, tienen efectos. Hacerse cargo de los mismos y abordarlos es responsabilidad de la clase dirigencial, a la cual se le debe exigir el compromiso y que estén a la altura de los desafíos que presenta nuestro país.
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