miércoles 5 de agosto de 2020
Economía | pandemia | cuarentena | Coronavirus

Quedarse sin trabajo en la pandemia: seis historias detrás de las frías estadísticas

La cuarentena por el coronavirus paralizó los gimnasios, el turismo y los bares, entre otros sectores, y dejó a miles de santafesinos encerrados y sin ingresos.

Gisela cumplió uno de sus sueños en enero, cuando se convirtió en mamá. Dos meses más tarde, en marzo, cumplió su otro sueño al abrir un estudio de yoga y pilates. Se animó a dar el salto después de haber trabajado muchos años en gimnasios ajenos y hasta en su propio living. No lo hizo de manera improvisada: alquiló un local pegado a su casa tras asegurarse un buen número de alumnos. Lo que ella no anticipó fue lo que nadie pudo anticipar. Su negocio debió cerrar a poco de inaugurado, en el marco de las restricciones para frenar el avance del Covid-19.

“Desde el inicio de la pandemia quedamos absolutamente varados en lo económico con mi marido, que es pianista y tuvo que cancelar todos sus conciertos este año. Fuimos tironeando todo lo que pudimos pero ya agotamos los ahorros y se nos hace cada vez más pesado”, reconoce. Gisela y su marido son dos de las muchas, muchísimas personas que la están pasando mal en la Argentina. El mismo #QuedateEnCasa que los preserva de un virus desconocido los dejó sin trabajo, por lo que enfrentan una matemática imposible para llegar a fin de mes.

A pesar de la vigencia del decreto presidencial -recientemente prorrogado- que prohíbe los despidos desde abril, hubo muchos que en esta cuarentena perdieron sus empleos. Hubo suspensiones y contratos no renovados, además de trabajadores independientes que se quedaron sin ingresos. La peor parte se la llevan quienes integran la economía informal, porque viven al día. La lógica del mundo (laboral) se modificó y muchos que quedaron en el camino, sin chances incluso de acceder al Ingreso Familiar de Emergencia (IFE). Una situación que se complica aún más con la prolongación de las medidas restrictivas.

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Los comerciantes de Santa Fe volvieron a abrir las puertas este lunes pero sin un protocolo oficial.

Los comerciantes de Santa Fe volvieron a abrir las puertas este lunes pero sin un protocolo oficial.

¿Qué hacer cuando las cuentas se acumulan y no se tienen ingresos? Pensar nuevas estrategias para mantenerse a flote hasta que pase la tormenta. Gisela no pudo organizar clases online porque sus alumnos son adultos mayores -”no son demasiado amigos de las tecnologías”, aclara- pero su marido mantuvo varios de sus estudiantes a través de lecciones online. Decidieron además no pagar impuestos para poder concentrarse en cubrir los gastos diarios. “Las tarjetas no dan flexibilidad, las prepagas tampoco”, lamenta.

Pese a todo, Gisela hace un intento por ver el lado positivo: “No hay mal que por bien no venga, ahora todo nuestro tiempo es para la beba. Se hace difícil el aislamiento pero ella cubre mucho del vacío y la angustia que uno siente”, resalta. Y no pierden la esperanza de recuperar terreno una vez que vuelva cierta normalidad. “Estamos esperando que vuelvan los espectáculos, aunque sabemos que falta, y también la habilitación de los estudios pequeños, que no son gimnasios. No entendemos que hayan permitido la apertura de espacios de estética y peluquerías, que tienen contacto directo con sus clientes, y nos hayan dejado fuera cuando podemos hacer la actividad sin contacto”, critica. Cuenta que pertenece a un grupo de “pilateros” que se unieron para pedir la reapertura de sus locales y presentaron al gobierno un protocolo de seguridad e higiene, pero aún no tienen respuesta.

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El panorama también es complejo en el sector cultural: productores, técnicos, iluminadores, sonidistas y agentes de prensa se quedaron sin ingresos. La mayoría no trabajaba en relación de dependencia pero tenía -como el marido de Gisela- agenda completa de shows para este año. Una agenda que ahora está vacía. Algunos artistas consiguen pagos por shows online, pero son pocos. Otros cambian de rubro, como Andrés: pasó de tocar en una banda rosarina a realizar deliveries de panadería y diseñar barbijos. “No creo ya que podamos tocar este año, vi que está programado en unos meses Fito Páez pero en el marco de esta pandemia no creo que se pueda hacer un recital hasta que la gente no esté inmunizada, ya sea con vacuna o naturalmente”, analiza. “Creo que se podrá hacer streaming con sponsors, por ejemplo, pero no creo que ingrese mucho dinero de esa forma”, acota.

Andrés no solo es músico. También es emprendedor. “Hago buzos de egresados y estampo gorras para cumpleaños de 15 y casamientos. Todo eso se cortó porque más allá de que hay algunos interesados es imposible pactar un precio y permitir pago en muchas cuotas ante un panorama tan incierto”, resume. Tampoco ayuda que la gente haya dejado de casarse y festejar cumpleaños.

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Sin recitales ni actividades culturales, las personas que trabajan en este sector están desempleados.

Sin recitales ni actividades culturales, las personas que trabajan en este sector están desempleados.

El artista decidió aprovechar las oportunidades que tenía cerca. “La familia de mi novia tiene una panadería, no ofrecían delivery así que agarré eso. Arreglé un precio y hago reventa de productos. También me puse a hacer barbijos de diseño con un amigo”, detalla. Cuenta que se anotó para cobrar los 10 mil pesos pero “nunca llegaron”, que con lo que saca entre ambos trabajitos “va zafando” mientras espera que todo cambie.

Más allá del decreto que impide despidos, hubo telegramas a principio de abril para los empleados del bar Paradiso, uno de los cinco sobre la Rambla Catalunya, una playa pública ubicada en el norte de Rosario. “La pandemia es una excusa porque la dueña nunca cumplió en tiempo y forma con los sueldos”, aclara Emanuel, cocinero, de 34 años. “En total, somos 15 empleados y solo 9 estamos en blanco. Con todos tiene deudas”, lamenta. Los trabajadores fueron al Ministerio de Trabajo y lograron dar marcha atrás con los despidos, pero ahora quedaron en una especie de limbo al no avanzar las negociaciones. “No podemos cobrar los 10 mil pesos del gobierno porque no estamos desempleados pero tampoco nos pagan lo que nos deben ni el sueldo”, se queja.

“Nosotros tenemos paciencia pero al empezar la cuarentena la dueña nos debía ya un mes y medio, ni siquiera nos ofreció mercadería del bar ni tuvo un gesto solidario cuando lo estamos pasando mal”, critica Emanuel. Hubo quienes sí escucharon sus reclamos. “Algunos compañeros están en muy mala situación, pero tuvimos la suerte de que algunos concejales nos dieron bolsones de mercadería”, agradece. Están decididos a no bajar los brazos. Anticipa que van a seguir difundiendo su situación hasta tanto les paguen lo que les deben o, en el mejor escenario, puedan volver a trabajar.

Quienes deberán tener más paciencia que el resto son quienes trabajan en turismo: saben que será uno de los últimos rubros en reactivarse.

A Nicolás, de 31 años, no le llegó telegrama porque nunca estuvo en blanco. Trabajó durante un año y medio como delivery de una coqueta heladería rosarina con tres sucursales pero lo despidieron apenas empezaron las restricciones. “Me dijeron no iban a trabajar con cadete, que suspendían todo por quince días. Nunca más me mandaron un mensaje y poco después me enteré que estaban trabajando con aplicaciones, me dejaron en banda”, resume. “Siempre nos pagaron poco, apenas 400 pesos por seis horas de trabajo, no tenía goyete pero sumaba”, acota.

Con una hija de seis años y muchas cuentas por pagar, Nicolás pensó qué podía hacer. Y decidió hacer lo que mejor sabía. “Siempre me manejé repartiendo cosas, tuve varios empleos en cadeterias y reparto de comida. Al quedarme sin trabajo, decidí salir a trabajar igual, me hice el permiso para poder salir y me organicé mi propia cadetería”, cuenta. Si los jefes no querían saber nada con él, él sería entonces su propio jefe. “Gracias a Dios me salió mucho trabajo porque soy muy cumplidor y aún ahora trabajo de eso, hay mucha demanda. Después no sé qué pasará, está complicado, ojalá se normalicen las cosas”, confía.

Quienes deberán tener más paciencia que el resto son quienes trabajan en turismo: saben que será uno de los últimos rubros en reactivarse. “Pasé de trabajar de lo que me gustaba a estar desempleada por tiempo indeterminado”, resume Paula, coordinadora de viajes grupales hace cuatro años y medio para una empresa del rubro. La última vez que trabajó fue hace dos meses. “El domingo 15 de marzo me avisaron que tenía que realizar un viaje. Todavía no había decreto de cuarentena obligatoria, pero aún así no se presentaron todos los pasajeros para viajar, el covid ya era noticia”, rememora. En el colectivo se agregó más alcohol en gel, lo mismo en hoteles, se dispuso distancia entre los asientos y entre las mesas del restaurante del hotel. No funcionó. “A los dos días de llegar la mayoría de los pasajeros ya querían volver, y el 17 de marzo emprendimos el regreso a Rosario”, cuenta.

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El derrumbe del sector turístico -que paralizó los aeropuertos- dejó sin fuentes de ingreso a las personas que trabajan en las agencias.

El derrumbe del sector turístico -que paralizó los aeropuertos- dejó sin fuentes de ingreso a las personas que trabajan en las agencias.

Habitualmente, Paula se la pasa viajando todas las semanas, yendo a diferentes lugares con diferentes grupos (de entre 30 y 60 personas), siendo el contacto entre la empresa y los pasajeros. Sus ingresos dependen de las comisiones de ventas de paseos y excursiones que ofrece durante el viaje. En su caso, la empresa le paga un básico de 5 mil pesos. En abril se lo pagó, no está segura de que lo hagan en mayo. “Si no viajás, no cobrás” es el lema de muchas compañías del sector. Y por estos días, se sabe, no viaja nadie.

“A algunos compañeros le otorgaron el IFE, a mi me lo rechazaron así que para pagar alquiler, servicios, obra social, gastos de tarjeta y comida, tuve que recurrir a los ahorros y a la ayuda de mi familia”, cuenta. “Se suma que no hay un sindicato, ni gremio, ni categoría para ponernos en blanco como coordinadores, en su mayoría estamos en negro o son monotributistas, así que tampoco entramos en la ayuda que está dando el gobierno a las empresas de turismo, pagando los sueldos hasta octubre”, lamenta.

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Al igual que Gisela y sus compañeros pilateros, Paula se unió a otros coordinadores para mandar una carta al Ministerio de Turismo: saben que no podrán trabajar, pero piden una ayuda económica hasta tanto se reactive el sector. Admite que no tiene muchas esperanzas de que respondan, por eso ya actualizó su currículum para enviarlo “a toda oferta laboral que aparece”. Sabe que no sobran ofertas de trabajo, pero confía que en algún momento algo saldrá.

Porque, aunque el futuro sea incierto, hay que seguir dando pelea. Así piensa Bruno, de 29 años, que perdió no uno sino dos trabajos durante la pandemia. Hasta hace dos meses, atendía por las mañanas el negocio de su papá y por la tarde era supervisor en un call center que ofrecía servicios bancarios. El anuncio de las restricciones por el avance del coronavirus lo agarró de vacaciones en Brasil. “La pasé un poquito mal en este proceso, estuve varado en Río de Janeiro, hubo mucha incertidumbre pero pude volver al país”, comenta.

“Ahora trabajo con un amigo que tiene una empresa de dispensers de agua, distribuyo por las tardes, y también me puse a vender alcohol en gel", cuenta Bruno.

Su vuelta lo metió de lleno un home office obligado por el #QuedateEnCasa, aunque no por mucho tiempo. “Seguimos trabajando en abril con el call center de manera remota. La empresa venía complicada, ya en agosto había entrado en convocatoria de acreedores pero los empleados nos pusimos la camiseta y lo sacamos adelante. Hace dos semanas, la empresa decidió cerrar”, relata.

Un día antes del primero de mayo, en la previa al Día del Trabajador, cuenta que llegaron los telegramas. El banco le había retirado la cuenta a la empresa de call center. “Cobramos abril pero ahora estamos luchando por la indemnización”, rescata. Tampoco sigue con su trabajo de la mañana. “El negocio es de mi papá, los ingresos disminuyeron bastante, él sigue trabajando pero por su cuenta, vive de eso”, sostiene.

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Bruno sabe que no es el momento ideal pero admite que podría ser peor. "Mi pareja trabaja, es médica. Eso nos asegura estabilidad, algo que no les pasa a todos. Tengo medios para sostener comida, alquiler y gastos”, precisa. De todos modos, él comenzó a analizar oportunidades y se le fueron abriendo algunas puertas.

“Ahora trabajo con un amigo que tiene una empresa de dispensers de agua, distribuyo por las tardes", detalla. "También me puse a vender alcohol en gel y hasta hago servicios técnicos de informática", acota. "Entre todo, junto algunos manguitos. Me la rebusco como puedo para juntar plata y seguir pensando a futuro”, concluye.

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