"...Me gustan los que se matan por ganar y se agarran de las paredes para salvar un empate pero al otro día están de vuelta por la victoria, con perseverante ingenuidad. Me gustan esas victorias que se arrinconan un ratito para después salir de contragolpe y golpe al mentón para que el destino se pegue un susto. Si hay que ponerse a atajar penales una buena revolcada nunca viene mal porque estar atrás no significa dejar de mirar hacia adelante.
Me gustan los que saben y asumen que la derrota es necesaria y que la victoria es un azúcar que a veces no endulza cuando lo que te llevás para el vestuario, es un resultado que se mete en el bolso, mañana se lava, se cuelga y se seca. Sucede que a veces ganar no te hace feliz aunque uno esté contento. Disfrutar del juego es la única victoria que destina a la gloria...". ("El gol menos pensado", Gustavo Borsato).
Si la caída ante Arabia Saudita fue una derrota a tiempo, si ganarle a México significó un exorcismo de goles que fueron suficientes para vencer al conjunto azteca, ponerse de pie y empezar el mundial desde otro lugar, si el 2 – 0 frente a Polonia dejó fragancias de aquel seleccionado que llegó a Qatar con 36 partidos invictos, el pase a cuartos ha sido mucho más que un triunfo y un partido menos rumbo al sueño de "la tercera".
Ganar en las instancias eliminatorias de un Mundial a medida que el juego se va desarrollando se hace lo más importante, pero superarse a sí mismo y conseguir una prestación integral con todos los planos vivos de un equipo significa esa consagración que expone de qué está hecho un seleccionado, saber si está o no para llegar a la final de un Mundial. Ante Australia sucedió todo eso que está bien para la esperanza, algo así como celebrar con la certeza sobre cualquier síntoma de adversidad.
La certeza de que De Paul está en el Mundial con su incansable despliegue, con su inquebrantable picardía y ahí cerquita, siempre al lado de Messi para lo que sea, para una broma a tiempo que le dibuja una sonrisa a la felicidad de la “Pulga” a la vez que para juntar pases en un rincón que puedan ser el arranque de una jugada que finalice en gol, o esos minutos en los que hay que pinchar el partido jugando para que el reloj corra y los australianos no lleguen al empate cuando inesperadamente hubo que aguantar con las cicatrices de un descuento, batallando con las garras del "picadito" en el descampado, dejando la piel y el alma embarradas como en un baldío jugando barrio contra barrio.
La certeza de que el “Dibu” Martínez es el mismo de "mirá que te como hermano" y está listo para atajar lo que venga en las circunstancias que sea.
La certeza de que Julián Álvarez creció lo suficiente en Manchester City junto a Guardiola y tiene el olfato sagaz para presentir un gol con la sensibilidad criminal de los goleadores que no erran, y que hoy nos ofrece más garantías de pólvora caliente respecto al “Toro” Martínez, quien igual se merece convertir en alguna oportunidad que le quede de este Mundial: porque es un goledor y un pibe querible, porque Lautaro aun fallando es de esos jugadores que definen la estructura de la era Scaloni.
La certeza de que lo demás quedó más claro: que la defensa titular, incluido todo el sistema defensivo del equipo, deberá mejorar ante nuevas y más intensas situaciones de presión y ataque, pues ahora ya entramos en el “The game of thrones” contra rivales del mismo poder, tal cual lo es Países Bajos.
Y acaso la certeza más importante. La que nos habla del “Milenio Messiánico”, con Messi después de 1.000 partidos jugados y su mirada hacia la zona del estadio donde está su familia, especialmente sus hijos, sintiendo que la foto final es posible, que el cuento podría estar a solo tres partidos de tener un final feliz y que es ahora cuando Mateo, Thiago y Ciro entienden de qué se trata esta aventura de ser campeón mundial.
En el triunfo ante el combinado oceánico, el cuadro que define la clasificación del sábado es el del rostro del capitán argentino enfocado como nunca, con el gesto entero del artista decidido a dejarlo todo por gestar su mejor obra en todos los aspectos: mentales, físicos, técnicos, deportivos y emocionales. Ese cuadro, esa imagen de Messi jugando y peleando contra los “canguros”, es la del guerrero que ha entendido al tiempo cuando nos deja la certeza de que todo valió la pena.
Con Países Bajos tenemos un historial muy particular. El enfrentamiento que viene será el décimo, cinco con el del viernes en el contexto de las Copas del Mundo y en todas las instancias: fase de grupos más eliminatorias incluida la final de 1978. Hay triunfos europeos con la inolvidable “Naranja Mecánica” de Rinus Michels que manejó en Alemania '74 como un director de orquesta Johan Cruyff y aquella del '98 que nos propinó en cuartos la gran selección de Guus Hiddink con gigantes en cancha como Dennis Berkamp, Patrick Kluivert, Clarence Seedorf y Phillip Cocu, tanto como hazañas argentinas, caso de la final del '78 con nuestra primera selección campeona del mundo en el Monumental con resolución en el suplementario tras los goles de Mario Kempes y Daniel Bertoni, igual que en la semifinal del 2014 por penales en Brasil mediante el liderazgo de Javier Mascherano que transformó en héroe a “Chiquito” Romero en la definición por penales. Jugaremos en cuartos ante una potencia con estilo histórico, la que se arma en cada ciclo mundial para llegar a eso que se le negó ya en tres definiciones ante Alemania, Argentina y España: subir a lo más alto del podio.
Llega la hora de competir contra uno de los grandes como nosotros, un cruce clásico de la era moderna. Dos escuelas técnicas, el jugo sagrado de la “vieja” Holanda versus el juego sagrado del “potrero” argentino fraguado en la garra de un equipo que ha sabido entender la derrota para ir por la gloria.
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