Todo lo que es fútbol se hace inigualable e irrepetible, todo se jerarquiza hasta la cresta de los sueños, la alegría se escurre como arena entre las manos mientras ensayamos un paisaje acaso más real con la clasificación brillando cual resplandor de sol sobre las dunas del desierto.
Filosas sensaciones deshilachaban las fibras aparentemente firmes de la táctica polaca. Con Molina y Di María por derecha, Acuña y Mac Allister por izquierda, Fernández y De Paul por el medio, todos atacando como lanzas fatales que viajaban venenosas hacia la portería rival, la selección aprovechó los vientos de cola de la victoria ante México para soltar todo su repertorio estratégico y técnico que primero sometió al rival hasta que recién en el comienzo del complemento consiguió vencer al extraordinario arquero europeo cuando ya Polonia dejaba de estar colgada de los guantes de su héroe que había desviado aquel penal de Messi, siendo ese único instante el que por un momento nos hizo presagiar lo peor.
Sin embargo al partido se veía que le pesaba todo lo que la selección de Scaloni quería que le suceda. Lewandowski una sombra perdida entre Romero y Otamendi, Messi moviendo la orquesta mientras se lo veía disfrutar con la mirada esa armonía dinámica de las segundas guitarras que llegaban al gol como consecuencias totales del sistema argentino que desarrollaba su juego con esplendor e identidad. Mac Allister y Álvarez hicieron lo que hacía falta, transformando la profundidad en eficacia con todo dentro del arco polaco. Ahora sí, el resultado final consumado mientras Polonia quería un segundo “Pacto de Varsovia”, relojeando lo que sucedía entre México y Arabia sabiendo que al menos lo salvaba una tarjeta amarilla.
La causa de la euforia no es el conocimiento del misterio, sino la tensión previa de su ignorancia, y ahí es desde donde las palabras se dan la mano y nos dejan esa imagen indispensable de la proyección.
Entramos al segundo mundial con los “patitos en fila” y las cosas en su lugar, como debía ser, ganando el grupo, pero cuidado, aunque los deseos estén soltando todas sus locuras nuevamente, está prohibido perder la prudencia, pues ya nos curamos en el debut con la trampa de la accesibilidad que ahora tendrá puesta en frente la camiseta australiana: la primera gran sorpresa de la fase de grupos que postergó a Dinamarca para entrar en los octavos de final.





